En ‘El palacio de los astrónomos’ la historiadora británica recorre los albores de la Revolución científica que cambiaría para siempre la historia europea y mundial. «En los siglos XVI y XVII ya había redes internacionales de conocimiento sorprendentemente amplias» Leer
En ‘El palacio de los astrónomos’ la historiadora británica recorre los albores de la Revolución científica que cambiaría para siempre la historia europea y mundial. «En los siglos XVI y XVII ya había redes internacionales de conocimiento sorprendentemente amplias» Leer
Entre mediados del siglo XVI y finales del XVII, junto a muchos de los cambios que conformarían la modernidad, se produjo en Europa una auténtica transformación del conocimiento que destruiría siglos de dogmas religiosos, cuestionaría la tradición grecolatina y propiciaría avances sin precedentes en todos los campos del conocimiento humano. La llamada Revolución científica cambiaría para siempre la sociedad europea y, con ella, la historia mundial. Pero ¿cómo se produjo ese tránsito del mundo medieval al moderno y quienes fueron sus protagonistas?. Esto mismo se preguntó la historiadora británica y escritora residente en Oxford Violet Moller, experta en poner el foco en algunos de los puntos ciegos de la historia como hizo en su ensayo La ruta del conocimiento (2019), donde reconstruyo el periplo medieval del saber grecolatino de autores como Euclides, Ptolomeo y Galeno a través de ciudades como Alejandría, Bagdad, Córdoba, Toledo, Salerno, Palermo o Venecia. Ahora hace lo propio, dando un salto en el tiempo hasta finales del siglo XV, en El palacio de los astrónomos (Taurus), un asombroso viaje a un mundo en tránsito de lo medieval a lo moderno, en el que magia y ciencia se confunden, las ideas revolucionarias podían costar la vida y en el que unos cuantos pioneros batallaron por despejar muchas de las sombras que todavía opacaban el entendimiento humano.. Traducción de Álvaro Marcos. Taurus. 304 páginas. 22,90 € Ebook: 10,99 €. Puedes comprarlo aquí.. «No fue algo planeado, la verdad, sino quizá un paso natural tras mi anterior libro, dar ese salto más allá del mundo medieval», explica sonriente Moller desde su despacho oxoniense. «Además, en su día elaboré mi tesis sobre el polímata John Dee, crucial en este periodo en mi país, por lo que estaba al tanto de la increíble red de investigadores y estudiosos que se estaba desarrollando por esa época en toda Europa, la primera tan nutrida y con tanta relación entre sí de la historia», prosgigue la autora quien, tras desemolvar su tesis y releerla -«lo que fue bastante raro,» admite entre risas- simplemente fue tirando del hilo.. «Realmente sólo seguí la increíble cantidad de material sobre las relaciones entre estos científicos, cartas, anécdotas, visitas… Tycho Brahe, Dee y Johanes Kepler, por ejemplo, se conocieron en Praga, Georg Joachim Rheticus fue a visitar a Copérnico a Polonia…», cita Moller. Igual que en su otro libro, más allá de estos nombres Moller articula el libro en base a ciudades, los grandes centros de saber del norte de Europa: Núremberg, Lovaina, Kasel, Praga, la isla de Hven, hoy sueca, entonces danesa…. Como decíamos, el viaje que propone la historiadora empieza en Núremberg en una fecha tan llamativa como 1471, unos años bisagra entre la caída del Imperio bizantino y el Descubrimiento de América. Y lo hace siguiendo a una figura que para muchos lectores será desconocida, el astrónomo y matemático alemán Regiomontano. «Auténtico niño prodigio, diría que él fue realmente un pionero en todos los sentidos», defiende la autora. Viajero buena parte de su vida, fue a su paso por Italia, donde sirvió en Roma al cardenal Besarión como diseñador de astrolabios y relojes de sol.. «Este cardenal era de origen griego y en Roma Regiomontano pudo acceder a muchos manuscritos del mundo griego que los intelectuales refugiados de la toma de Constantiopla por el sultán turco Mehmed II habían llevado a Italia y que en la Edad Media no se conocían en Occidente», explica Moller.. «Tras la caída de Constantinopla se pudo acceder a muchos manuscritos del mundo griego que eran desconocidos en Occidente». Instalado en Núremberg, la cuna de la imprenta, no lo olvidemos, Regiomontano estableció un gran centro de conocimiento en base a la impresión de textos propios y ajenos – se le considera el primer impresor de literatura científica- y a aprovecharse de los famosos talleres metalúrgicos de la ciudad, donde empezó a construir también sus propios instrumentos astronómicos.. «Su muerte prematura y oscura dio al traste un poco con todo, pero Núremberg fue espejo de muchos otros lugares posteriores», concede Moller, quien visitó la ciudad donde la huella de esta efervescencia cultural pervivió y es hoy visible en la casa del pintor y grabador Alberto Durero, que trabajó en alguno de aquellos talleres. «Esa casa, que compró un astrónomo discípulo de Regiomontano es hoy un museo sobre esa época en la que las ciencias y las artes estaban todavía muy mezcladas».. Igual que, aunque se sabe, no se incide lo suficiente en la importancia que tuvo el fin de Bizancio y la emigración de sus intelectuales en el Renacimiento italiano, hay más figuras que se quedan fuera de la nómina de los tradicionales Galileo, Copérnico o Newton. Por ejemplo, al hablar de empirismo, la metodología que cambiaría radicalmente el pensamiento de entonces, vienen a la mente las teorías de Francis Bacon y René Descartes, muy pocos se acuerdan de un precursor sin el que quizá nunca hubiéramos oído hablar del método inductivo del inglés o la duda metódica del francés: Teofrasto Bombastus von Hohenheim, mejor conocido como Paracelso.. «Hoy se le conoce como alquimista y médico, pero fue un pensador muy radical, de los primeros en cuestionar que el conocimienhto no había que buscarlo en los libros antiguos, sino en la naturaleza», apunta Moller. Una intuición que comenzó a cristalizar en toda Europa tras un hecho clave, el Descubrimiento de América. «Por supuesto, los antiguos griegos y romanos no sabían nada de este continente, así que tras el viaje de Colón la gente empezo a pensar que si desconocían la mitad del planeta, igual tampoco sabían tanto sobre todo lo demás. Eso, unido a los errores de pensadores como Aristóteles y Ptolomeo, que empezaron a comprobarse, puso patas arriba todo», asegura.. «Tras el Descubrimiento de América muchos de los intelectuales se apartaron del saber grecolatino al darse cuenta de que no era infalible». Otro elemento que fomentó la duda fue, como no, el nacimiento del protestantismo y del cuestionamiento de los seculares dogmas religiosos y eclesiásticos. «Parte del proyecto del protestantismo fue la revitalización del sistema educativo porque, por supuesto, tuvieron que formar a los clérigos y también a los burócratas, por lo que realmente transformaron la educación», razona Moller, «especialmente la universitaria se amplió, de modo que ahora la gente podía estudiar matemáticas en lugar del sistema medieval del trivium y el quadrivium, que era bastante estrecho en cuanto a la ciencia y se basaba mucho en las antiguas ideas escolásticas».. No obstante, al decir ciencia, no debemos pensar en el concepto tal y como lo entendemos hoy. Como explica Moller la transformación fue gradual y en el siglo XVI la astronomía, todavía muy mezclada con la alquimia y la astrología, era la reina de las ciencias de estos pioneros, por encima de unas incipientes matemáticas y de una física todavía apenas independizada de la filosofía.. En esas aguas bastardas navegó otro protagonista de este ensayo, el matemático, astrólogo, ocultista, alquimista y mago John Dee, que tuvo una vida nómada por los principales centros de conocimiento europeos ya citados. «Más allá de las muchas controversias, para mí fue muy importante para la Inglaterra de su tiempo. Tras sus muchos viajes trajo a su casa de Mortlake multitud de instrumentos y también las ideas del continente y, además, un montón de libros que nunca se habían visto en Inglaterra. Esa casa fue el primer centro intelectual y científico realmente importante del país».. ‘La aparición del conocimiento en la corte de Rodolfo II’, de Aegidius Sadeler II. c. 1604. Y, sin embargo, como también destaca la autora, Dee murió en la pobreza y todos sus logros se esfumaron. Y no fue la excepción, sino más bien la norma de aquellos pioneros que construían efímeros laboratorios en sus casas. Por eso, la última gran clave que nos ofrece El palacio de los astrónomos aborda un aspecto que nunca debe descuidarse al hablar de ciencia, lo material, pues como tristemente sabemos hoy en día, la investigación y la exprimentación son actividades caras.. Actividades que en este siglo XVI encontraron mecenas en hombres curiosos y talentosos como el landgrave Guillermo IV de Hesse-Kassel o el emperador Rodolfo II del Sacro Imperio, que hizo de Praga un centro de sabiduría y misticismo cuya leyenda llega hasta el presente.. «Guillermo, del que casi nadie ha oído hablar, fue un un astrónomo realmente talentoso que, de hecho, diseñó y fabricó sus propios instrumentos. Sin tener mucho poder político, pues era el regente de uno de los cientos de pequeños principados alemanes de la época fue uno de los primeros en atraer eruditos de todo el continente, darles buenos contratos y pagarles adecuadamente», explica Moller. «El caso de Praga fue muy diferente, pues Rodolfo, que tuvo un final trágico y terminó siendo depuesto y muriendo encerrado, era uno de los hombres más poderosso de su tiempo y reunió en su corte a los grandes científicos de entonces como Brahe, que murió allí, o Kepler».. A su modo, ambos dirigentes también fueron pioneros, en este caso de la profesionalización de la ciencia y de la posibilidad de conservar el conocimiento de generación en generación. Un legado que, para Moller, todavía continúa vigente. «Gente como Rodolfo II y Guillermo IV fueron importantes porque se dieron cuenta de que para avanzar en la ciencia hay que proporcionar financiación, hay que pagar a la gente. No pueden vivir del aire y necesitan dinero para comprar los instrumentos y el equipo», insiste la autora. «Y, por supuesto, la normalización de esa idea fue muy importante cuando llegó el siglo siguiente en el establecimiento de los primeros centros oficiales de investigación científica como la Royal Society inglesa o la Académie des sciences de Francia».. «Poco a poco, los gobernantes comenzaron a ser conscientes de que la ciencia era muy valiosa y podía generar riqueza». Esa profesionalización, que comenzó en el siglo XVII y se disparó en el XVIII durante la Ilustración, fue, para la autora, la base del dominio que nuestro continente ejercería durante varios siglos. «Poco a poco, los gobernantes comenzaron a ser conscientes de que la ciencia era muy valiosa y que, de hecho, podía generar riqueza y mucho poder para el país, algo que hoy entienden gobiernos como el chino o el estadounidense quizá mucho mejor que nosotros», lamenta Moller.. «Esta historia que cuento debería servir para que recordemos que los países del norte de Europa lograron dominar el mundo durante siglos gracias a la ciencia. Y, por eso, debemos preservar el legado de estos pioneros y no quedarnos atrás», concluye.
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