En esta última novela de uno de los grandes autores británicos hallamos un perfecto destilado de sus grandes temas: la fragilidad de la memoria, el envejecimiento y la conciencia de la finitud, el amor, el deseo, la pérdida y la identidad Leer
En esta última novela de uno de los grandes autores británicos hallamos un perfecto destilado de sus grandes temas: la fragilidad de la memoria, el envejecimiento y la conciencia de la finitud, el amor, el deseo, la pérdida y la identidad Leer
«Dos cosas que mencionar en este punto», se apresura a decir Julian Barnes (Leicester, 1946) al principio de su última novela. Antes ha hecho una incursión en los recuerdos autobiográficos involuntarios a partir del artículo de una revista médica y ha confesado una filia personal (y literaria): el interés por «lo morboso y extremo». El artículo habla de un paciente cuya lesión en el tálamo posterior izquierdo le provoca reacciones memorísticas en cadena: al probar una tarta, se le acumulan en cascada los recuerdos de todas las que ha tomado en su vida, una suerte de magdalena de Proust multiplicada.. Pero ¿qué eran esas dos cosas? Primero, que si el lector está ante una novela, tranquilo, que la historia, o la «historia dentro de la historia», con sus personajes y su trama, llegará pronto. Segundo, que Despedidas será, sin rodeos, su último libro. ¿Deberíamos creer a Barnes cuando en Mis cambios de opinión proclamó que con el tiempo uno puede variar de parecer sobre cualquier cosa? Pero lo repite aquí, hacia el final: «Este será definitivamente mi último libro, mi despedida oficial, mi postrera conversación contigo».. Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. 216 páginas. 19,90 € Ebook: 10,99 €. Puedes comprarlo aquí.. Aun así, si es una novela, ¿no será quien habla un doble inspirado en el autor, diagnosticado con cáncer de sangre? Antes, una amiga le recrimina «esa cosa híbrida» que crea como autor. O ficción o ensayo, le aconseja, sin mezclas. «Te equivocas si crees que no sé exactamente lo que me traigo entre manos cuando escribo», es su respuesta. Así pues, mejor dejarse llevar, sea cual sea el Julian que nos anuncia que se acabaron las novedades editoriales como «una manera de negarle potestad a la muerte».. Una muerte entendida como «la Partida que no vendrá seguida por ninguna Llegada»; es decir, que rompe con la lógica del viaje. De ahí su título original Departure(s). Partida(s), la propia, y, antes, la de amores, amigos, familiares y gente admirada. Hay algo extrañamente desafiante en el gesto de un escritor que decide concluir su bibliografía, y reconoce que pronto no existirá «más que como una estantería llena de libros y un racimo de Anécdotas Biográficas».. Despedidas no es un testamento solemne, ni siquiera a pesar de la sombra de un cáncer «incurable pero tratable» diagnosticado en confinamiento. Y aunque destila humor e ironía, y no faltan anécdotas graciosas y réplicas tronchantes, la gravedad está ahí. En lugar de sorprendernos con un canto de cisne alejado de lo anterior, lo que hallamos es un destilado del autor en doscientas páginas de lo que han sido sus constantes: la fragilidad de la memoria y la verdad narrativa, el envejecimiento y la conciencia de la finitud, el amor y el deseo, la pérdida y el duelo, la identidad y la máscara social, la erudición y la ligereza, las citas y el juego metaliterario. Solo que aquí algunas de estas cuestiones dejan de ser una elucubración intelectual para ser vividas en carne propia.. Es inevitable volver la mirada a Nada que temer, cuando la muerte biológica la ponen los padres, y es con el hermano filósofo con quien discute la fiabilidad de la memoria: «Mi hermano desconfía de la verdad esencial de los recuerdos; yo desconfío del color que les ponemos. Todos tenemos nuestra barata caja de acuarelas, comprada por correo, y nuestros tonos preferidos». Reconoce que, salvo con el primero, ha escrito cada libro pensando en algún momento que podría morir antes de terminarlo. Ineludible pensar asimismo en Niveles de vida y el duelo por la pareja de tres décadas («el alma de mi vida, la vida de mi alma»), cuando ahora anota en el hospital que escribir, concentrarse en las palabras, le calma como en la muerte de su esposa, cuando «me protegí del terror y la angustia escribiendo sobre el terror y la angustia, que aparecían cuando no estaba escribiendo».. Y ahora, ante su diagnóstico: «Es solo el universo, haciendo lo suyo». No es nada personal, sino la falta de moralidad en los procesos naturales, esos que describió bien Chéjov, o su compañero de generación Christopher Hitchens, enfermo de cáncer: «A la pregunta estúpida de ‘¿Por qué yo?’, el cosmos apenas se molesta en responder ‘¿Por qué no?'».. La historia prometida («dentro de la historia» del diagnóstico de su enfermedad) es la de Jean y Stephen, excompañeros de universidad. Su peculiaridad es que solo tiene un inicio y un final. En su época de estudiantes, Barnes los presentó y hubo flechazo. Jean es vital, audaz, chispeante y coqueta, una mujer de carácter que enfrenta la vida de cara. Stephen es el contrapunto estático: alto, larguirucho, de amabilidad paciente y mente metódica. Se amaron en Oxford hasta llegar al punto en que debían decidir si para siempre. Tomaron caminos distintos.. Se perdieron la pista durante cuatro décadas y, con la intercesión de Barnes, vuelven a encontrarse. Ahora sí acaba en boda, pero también en desastre: el agujero de décadas en la historia acaba haciendo mella: «En ocasiones tenía la impresión de que trataban de injertar su nueva vida directamente en aquel tocón de tiempo que había acabado cuarenta años antes. Quizá no floreciese, ni siquiera como una metáfora». Barnes, como amigo de ambos, es su confesor. Y en el esfuerzo de entender esa relación atípica de dos «reavivantes» somos espectadores de una suerte de laboratorio literario, en el intento de unir todos los puntos: «Es lo que he buscado siempre, a lo largo de toda mi carrera de escritor: la historia completa».. El oficio de Barnes, la sutileza en conectar capas de lectura, explosiona en el tramo final, cuando afirma que nuestras vidas «se reducirían a una historia con un gran agujero en el centro», como la de Jean y Stephen. ¿Y eso? Cuando envejecemos recuperamos recuerdos de la infancia, mientras que los de los años intermedios se difuminan dejando «un largo espacio en blanco». En el otro extremo, «un plausible y fútil presente en el que los días repetitivos, y las confusiones reiteradas, se irían enturbiando». Ese es el ahora de este libro, de un pesimismo alegre, tranquilo y locuaz, cargado de humildad y sincero con las vulnerabilidades de la profesión, la «tentación de interpretar o elaborar metafóricamente lo cotidiano». Aunque eso signifique quebrar la promesa dada a Jean y Stephen, la de no escribir su historia en aras de la pulsión literaria.. Y en ese centro-agujero (el capítulo central «Tratable»), Barnes sitúa su personal experimento sobre la memoria, cotejando su paso por urgencias con distintas fuentes (la crónica a partir de lo recordado, las notas garabateadas, el diario personal y un primer borrador de libro), confirmando alteraciones, omisiones y añadidos. Ni siquiera el profesional de la palabra puede confiar en su herramienta.. Tras décadas de observar la vida propia y ajena y someterla «a un lento compostaje para convertirse en material utilizable», Barnes concluye que lo mejor que les ha ofrecido a sus personajes «es dejarlos contemplando una larga carretera sin saber adónde llevará, y al lector que decida lo que podrían descubrir en sus futuros viajes». Huye de didactismos. A lo sumo, que «las palabras produzcan efecto». Al lector lo imagina ahora sentado con él en un café contemplando «las numerosas y diversas expresiones de vida que desfilan ante nosotros», algo así como Martin Amis en Desde dentro, pero en una terraza y con una botella de vino. «No, no dejes de mirar», repite Barnes, a la manera de la madre de Nabokov en sus memorias.
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