El periodista de EL MUNDO se estrena en la novela con Angie de las Torres Blancas (Harper Collins), una vibrante historia de iniciación, aspiraciones, decadencia y resurrección alrededor del mítico edificio de Sáenz de Oiza Leer
El periodista de EL MUNDO se estrena en la novela con Angie de las Torres Blancas (Harper Collins), una vibrante historia de iniciación, aspiraciones, decadencia y resurrección alrededor del mítico edificio de Sáenz de Oiza Leer
Camina por los pasillos de la redacción con una ligera inclinación de nave. A veces se deja escuchar y otras desaparece por dentro de sí mismo sin necesidad de moverse. Luis Alemany es uno de los redactores principales de la sección de Cultura de EL MUNDO. Un ciudadano delicado, educado, extravagante, portador de una sofisticación que asoma a primera vista, pero si tienes cuidado en la manera de aproximarte promete mucho más. Luis Alemany nació en Las Palmas en 1977, hijo de arquitectos, alumno de colegio privado, inquilino de un edificio singular en un barrio pintón y bohemio de la isla. Estas coordenadas vitales condicionaron su infancia, su lugar en el mundo y facilitaron la extrañeza de la que se siente dueño, juez y parte. Luis Alemany es un hombre bien rematado y con un atractivo surtido de extrañezas, de contradicciones. «Siento desde muy joven que estoy fuera de sitio, un poco como lo estuvo (o lo está) Torres Blancas», dice.. Sus dominios en el periódico acumulan distintos frentes de acción. Pero son dos disciplinas las que le dispensan más gozo como periodista, como escritor: la historia del siglo XX (sección nazismo y Segunda Guerra Mundial) y la arquitectura. Alemany sabe mucho de alzados, de construcción, de materiales, de escuelas y estilos, de sociologías alrededor de un edificio. Es un hombre inteligente, de silenciosa curiosidad y de ideas propias. Parecía raro que no escribiese más allá del periódico o de algunas colaboraciones externas. Maneja una escritura caprichosa cuando suelta los textos por la página. Una voluntad de juego, una imaginación bien trabajada y una intención de estilo propio. Por eso era extraño, insisto, que no probase a inventar otras cosas. En silencio, casi con culpa a nadie sabe qué, descreído primero y obsesivo después, Luis Alemany, el del periódico, se lanzó a armar una novela y algo más de un año después, casi en secreto, lo comunicó cuando ya no tenía más remedio porque la editorial Harper Collins estaba a días de enviarla a librerías.. La novela lleva por título Angie de las Torres Blancas y es un artefacto capaz de asombrar y fijarte a la historia que cuenta porque en el fondo es Alemany danzando entre sus demonios, chocando sus ideas sobre este mundo y este tiempo y el pasado de anteayer y las cosas que mantienen su excepción y su hechizo, como le sucede al edificio mítico proyectado por arquitecto Francisco Javier Sáenz de Oiza en 1969, un símbolo del Madrid burgués de espíritu artista.. «Ese lugar, su origen, su condición icónica y cómo determina la existencia de quienes lo habitan me recuerda (aunque en la dimensión de una isla) a mi infancia y juventud en Las Palmas. Me lleva a evocar la casa de mis padres, aquella promesa de optimismo y sofisticación que no llegó a cumplirse del todo, igual que sucedió con el espíritu de Torres Blancas. Habitar Torres Blancas es un tesoro, pero también un reto por la amplitud de los pisos y la condición escultórica de las viviendas. Eso lo hacía todo difícil y, a la vez, atractivo. En ese espacio se vinculó aquella clase media que se afianzaba en la España de los últimos años de la dictadura de Franco y tomaron aquel lugar mítico como un signo de distinción y de excepción».. La novela está fijada en el verano de 1995 en casa de los padres de Angie, una adolescente que está en pleno paso del ecuador de la adolescencia al escalón siguiente. Y, a la vez, Alemany despoja al edificio de su fachada, como un 13 Rue del Percebe, y saca a la luz las existencias de sus inquilinos, cada cual con su seña de identidad, cada cual con su mundo en marcha, cada cual con el peso de vivir en Torres Blancas, un barrio que fue principal en La Movida por la sala Rock-Ola, donde la prostitución no se escondía, donde la heroína se hizo sitio… «Y en medio de ese territorio, un edificio que exige mucho amor por parte de quienes lo habitan. En los 90, la vida efervescente del primer Torres Blancas estaba ya en una visible cuesta abajo», explica. «Pero la realidad de una adolescente en ese entorno entre la nostalgia y la aspiración me parecía un buen contrapunto para la historia de un edificio que fue radical».. Angie vive los conflictos propios de la edad, los conflictos propios con sus padres, los conflictos (como espectadora) propios entre hermanos, los conflictos de no saber ya qué a los 15 o 16 años. Y alrededor, una colmena de gente en un farallón de la arquitectura postmoderna más significativa de Madrid. «Poner a una adolescente como protagonista es una manera de poner un velo para contar asuntos propios. Soy un novelista novato y sin mucha capacidad para separarme de la experiencia personal. La ficción pura sólo es aún una promesa futura… No diré que Angie soy yo, pero siente algunas de las cosas que sentí yo en mi adolescencia… Ese edificio es una mezcla de pesimismo vital y de refinamiento artístico que en su momento te causaba una cierta inseguridad, pero en la distancia lo ves con una mirada más poética y dulzura». Entre los personajes que cruzan por las páginas de Angie de las Torres Blancas están algunos inquilinos ciertos del inmueble: Marisa Paredes, Alejo Stivel, Bernardo Bonezzi… «Ese perfil de artistas sumaba también su punto al entorno», dice Alemany.. La novela habla al lector desde el nosotros. «Es una manera de apelar que tiene su razón en dos libros importantes para mí: Las cosas, de Georges Perec y Los cachorros, de Mario Vargas Llosa. La elección del nosotros me permite hacer virtud de la indecisión entre la primera y la tercera persona. También me permite ir directo a un asunto que le doy muchas vueltas, el conflicto entre el yo y el nosotros. Soy alguien que desde niño intenta encajar en el grupo, pero nunca le sale bien. Cada día salgo de casa con en anhelo de ser encantador y encajar por fin, pero… Así que ese conflicto es central en mi vida y en la de todos. Sentimos el nosotros como algo invasivo que te dice cómo vestir, cómo amar… Y, a la vez, sin el nosotros la vida es peor sin duda. Este libro, de algún modo, está en ese asunto. En las relaciones personales creo funcionar bien y en los grupos no tan bien, y cuánto me gustaría tener grupo…».. Porque Angie de las Torres Blancas es una novela de iniciación, hasta cierto punto levemente loca y suavemente cifrada en lo confesional, y altamente bien escrita y extrañamente híbrida entre la vida de los otros, el voyeur que los observa y un edificio totémico que determina la manera de mirar hacia afuera y hacia adentro. Otra de las bujías de la novela es esta: «¿Hasta qué punto vivir en una buena arquitectura, no complaciente, puede cambiar la vida de sus inquilinos?». Porque vivir en una obra de arte condiciona también tu relación con lo de afuera. Tal es el poder de los espacios que habitamos. Tal es la manera en que habitamos los espacios.. «¿Hasta qué punto vivir en una buena arquitectura, no complaciente, puede cambiar la vida de sus inquilinos?». En la escritura de Luis Alemany se despliega también, por norma, por vocación y por destino, una cauta ironía infiltrada que carga un poco de elegante maldad y de fina humanidad la historia de los muchos personajes que se cruzan en esta colmena de hormigón que en la década de los 2000 recuperó de alguna manera aquel espíritu originario de ser un edificio para otra manera de soportar y aceptar la ciudad. «Si echo la vista atrás, los 90 fueron unos años interesantes. O, al menos, así los recuerdo. Años de posibilidad. Años de algo por hacer. Y años del final de una alegría del mundo. El estímulo para hacer esta novela nace, mucho tiempo después, de un reportaje que publiqué en el periódico sobre un piso que habían rehabilitado manteniendo las líneas y formas de origen. Un trabajo interesante. Ahí entendí que todo lo que el edificio tiene de aspereza, de brutal, de violento hormigón, se nos ha vuelto a hacer muy valioso. Madrid es hoy una ciudad predecible y Torres Blancas no lo es. Ha recobrado su esplendor y nos permite cambiar de opinión. Los ricos educados han vuelto a ser los inquilinos del lugar».. Diría que Angie de las Torres Blancas es una novela osada, sin beatería hacia la literatura pero escrita con un pulso fuerte. Imaginativa y donde la realidad de algo tan singular como una arquitectura rotunda está captada con un mimo de notario. Lo que sucede dentro es vida y conflicto, como es normal. Personajes a los que las vidas les tropiezan y que a veces son tragados por la fabulosa garganta de un edificio en una ciudad como testigos melancólicos de un mundo hecho todavía a mano. Al fin y al cabo algo de esta misma historia que conoció, en otras latitudes, Luis Alemany. Y que dio contorno a su biografía. Esta es una novela llena de gente: algunos rotos, otros invisibles, otros resistentes; y Angie empezando a vivir. Hay aquí algo hipnótico en la manera de narrar. También algunos guiños prescindibles en la manera de cebar la atención de quien lee. Pero sobre todo asoma un sujeto que ha confeccionado una mirada de ángulo propio para hablar de lo que le sucede a mujeres y hombres encofrados en un coloso.. Luis Alemany se estrena en la narrativa, a veces se extravía y al poco se encuentra de nuevo antes de cumplir con el rito del naufragio. No es esta una novela sobre la arquitectura, ni para los arquitectos. También tiene su semilla en la revelación de lo que fue la Factory de Warhol o el piso teatralizado de César González-Ruano en la calle Ríos Rosas de Madrid. Así de raro es todo. Así de rico. Esta historia pone a prueba a quien se acerca porque a veces uno no puede evitar buscarse dentro.
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