El arte, también el literario, tiene como objetivo traer algo nuevo a la existencia de la manera más auténtica posible. Nos habla de lo verdadero y, como tal, roza lo sublime. Puede ser incómodo, subversivo, pero no debería ser tan impúdicamente grosero Leer
El arte, también el literario, tiene como objetivo traer algo nuevo a la existencia de la manera más auténtica posible. Nos habla de lo verdadero y, como tal, roza lo sublime. Puede ser incómodo, subversivo, pero no debería ser tan impúdicamente grosero Leer
En plena resaca de torrijas, resulta un sacrilegio elevar cierta literatura a la condición de becerro de oro valorado en un millón de euros. La santificación la convierte en un objeto hueco, secuestrado por el marketing, mientras la plebe cultural reza, oh, señor, con gran desesperanza.. Aena, empresa aeroportuaria nacional con capital mixto -inversión pública y gestión privada-, ha decidido instaurar un premio dotado con una cifra estratosférica destinada a la mejor obra literaria en español. El gesto resuena a eufemismo corporativo: toda una estrategia de autobombo y branding, con aroma a hotel de congresos. Lo artístico queda al margen y el ego de la élite, simplemente, se infla.. El mecanismo es conocido. La excelencia calculada donde se invocan calidad y prestigio: una selección de autores solventes, el jurado impecable, los sellos de grandes grupos editoriales repartiéndose todos los cachos del pastel. La celebración correrá a cargo de una empresa experta en gestión de eventos. Que corra el vino, oiga, que no falte aquí de nada. Porque los premios también compiten en estos fastos paganos, a menudo envueltos en una fealdad inusitada: convites de postín para que los privilegiados luzcan el traje del bautizo, literatos con pasmina al cuello, caterings en manos de chefs de suplemento dominical. Exhibiciones atroces por donde apenas corre el aire fresco.. El arte, también el literario, tiene como objetivo traer algo nuevo a la existencia de la manera más auténtica posible. Nos habla de lo verdadero y, como tal, roza lo sublime. Puede ser incómodo, incluso subversivo, pero no debería ser tan impúdicamente grosero. No se trata de un acto de caridad berlanguiana, pero quizá sería más honesto desvincular la creación del brillo obsceno de la alhaja y apostar por una redistribución más justa: fragmentar esas cuantías desmesuradas y proyectarlas en fórmulas más humildes, en aquellos ángulos ciegos que apenas reciben la luz.. Porque al tiempo que se levantan estos altares, el sector editorial sobrevive en una precariedad asfixiante y necesita cuidados paliativos de manera urgente. Vivir bajo la presión de un capitalismo voraz que fagocita cualquier resquicio, unido a un reparto desigual entre autores, distribuidores, librerías y editoriales más modestas que apenas aguantan es un negocio sin compasión donde lanzamientos y novedades se apilan como quincalla barata. Nacen y mueren cada día sin que nadie tenga tiempo siquiera de mirarlas. Y otros, a lo suyo, siguen bailando en la fiesta.
Literatura // elmundo
