Hay nostalgias extremas. En una bella película de Louis Malle, Atlantic City USA, el viejo gangster jubilado que interpreta Burt Lancaster le va mostrando a un joven discípulo lugares de los bajos fondos de la ciudad que fueron memorables en su juventud, y que están siendo rápidamente arrasados por la modernidad inmobiliaria de los grandes casinos sobre los que años después tuvo su reinado de corruptelas y quiebras Donald Trump. En el paseo marítimo, dominado ahora por grúas y excavadoras, el delincuente retirado, que viste como un gangster de película en blanco y negro, se queda mirando pensativamente hacia las olas que rompen en la playa y le dice a su discípulo:. Seguir leyendo
Hay nostalgias extremas. En una bella película de Louis Malle, Atlantic City USA, el viejo gangster jubilado que interpreta Burt Lancaster le va mostrando a un joven discípulo lugares de los bajos fondos de la ciudad que fueron memorables en su juventud, y que están siendo rápidamente arrasados por la modernidad inmobiliaria de los grandes casinos sobre los que años después tuvo su reinado de corruptelas y quiebras Donald Trump. En el paseo marítimo, dominado ahora por grúas y excavadoras, el delincuente retirado, que viste como un gangster de película en blanco y negro, se queda mirando pensativamente hacia las olas que rompen en la playa y le dice a su discípulo: Seguir leyendo
Hay nostalgias extremas. En una bella película de Louis Malle, Atlantic City USA, el viejo gangster jubilado que interpreta Burt Lancaster le va mostrando a un joven discípulo lugares de los bajos fondos de la ciudad que fueron memorables en su juventud, y que están siendo rápidamente arrasados por la modernidad inmobiliaria de los grandes casinos sobre los que años después tuvo su reinado de corruptelas y quiebras Donald Trump. En el paseo marítimo, dominado ahora por grúas y excavadoras, el delincuente retirado, que viste como un gangster de película en blanco y negro, se queda mirando pensativamente hacia las olas que rompen en la playa y le dice a su discípulo:. —Tenías que haber visto el océano Atlántico en los años cuarenta.. Yo he pensado algo parecido viendo estos días las imágenes del muy limitado viaje a la Luna de Artemis 2, acordándome de los vuelos de la misión Apolo, que seguí cuando apenas dejaba de ser un niño, y que me exaltaron una imaginación alimentada por Julio Verne y H.G. Wells, y por las novelillas baratas y las películas y series más baratas aún que solían situarse en un futuro que daba vértigo por su lejanía: en 1999, en el inconcebible 2001, etc. Como las versiones modernas del viejo cine fantástico, la misión Artemis 2 ha disfrutado de una sobreabundancia de medios y efectos especiales, pero ha perdido en gran parte la poesía de aquellas transmisiones que para nuestros ojos inexpertos y no abrumados por incesantes imágenes estaban llenas de misterio. Se ha repetido mucho la foto de ese gajo azulado de Tierra que aparece más allá de la cara oculta de la Luna, pero no creo que su efecto sea comparable a la imagen de nuestro planeta suspendido en la negrura espacial que tomaron en diciembre de 1968 los tripulantes de la Apolo 8, que de verdad orbitaron la Luna, durante más tiempo y mucho más cerca de ella que los de la Artemis, y sobre todo las del último vuelo, el del Apolo 17, en 1972. Esa imagen mostraba lo que nunca hasta entonces habían visto unos ojos humanos: una esfera casi perfecta, como ingrávida en una oscuridad ilimitada, hecha sobre todo de agua y de nubes, una gota irisada de agua, lejos de todo, una isla más remota y más hermosa que todas las islas, con un aspecto desde lejos de paraíso intocado, porque a esa distancia no podían distinguirse las villanías y las maldades de los seres humanos, las guerras y los crímenes que en aquel 1968 asolaban el mundo.. Nadie había podido ver nunca la belleza y la fragilidad de un planeta que es el único hábitat posible para la humanidad. La imagen de la Tierra activó utopismos de universalidad que luego se fueron desacreditando, y fue crucial en el despertar del movimiento ecologista. En julio de 1969, cuando el extraño vehículo lunar de la nave Apolo 11 por fin se posó en una de aquellas llanuras volcánicas —el vehículo se parecía en su tosco futurismo a los aparatos de las series de bajo presupuesto— Richard Nixon ejercía ya como presidente de Estados Unidos y en sus noches de soledad etílica en la Casa Blanca fantaseaba con lanzar una bomba atómica sobre Vietnam del Norte. Mientras Neil Armstrong y Buzz Aldrin aprovechaban la baja gravedad lunar para dar saltitos y clavar sin esfuerzo alguno una bandera (provista de la adecuada barra horizontal para que se mantuviera extendida), el tercer viajero de la misión, Michael Collins, permanecía en órbita en la cápsula espacial, y vislumbraba formas de montañas y cráteres durante los 45 minutos que tardaba en pasar por la cara oculta de la Luna, el ser humano nunca ha estado más solo y más lejos de sus semejantes.. El proyecto Apolo era ciencia y proeza tecnológica y propaganda de la Guerra Fría: la bandera de las barras y estrellas tenía que ser plantada en la Luna antes que la bandera roja de la URSS. En el proyecto Artemis el adversario es China, y la propaganda sirve sobre todo para ocultar la situación de crisis en que se encuentra la NASA, igual que todo lo que tenga que ver con la ciencia en Estados Unidos. La pirotécnica visual distrae del hecho traumático de que el presupuesto de la NASA pudo reducirse a la mitad bajo el Gobierno de Trump, y que se han marchado de ella, despedidos o por voluntad propia, varios miles de científicos, en particular todos los que tuvieran algo que ver con un campo de investigación en el que la agencia espacial ha sido puntera durante muchos años, el cambio climático. Alguna vez visité el Earth Institute de la NASA en Nueva York, y puedo atestiguar la seriedad y el entusiasmo que ponían en sus investigaciones los que trabajaban en él. Especialistas en todo tipo de saberes, desde la física de las corrientes marinas a la de las partículas de polvo de los desiertos, constataban casi minuto a minuto los efectos del calentamiento acelerado de esa límpida esfera azul que ha recibido tantos millones de toneladas de dióxido de carbono desde aquella foto de 1968.. Fue Richard Nixon quien creó la Agencia de Protección del Medio Ambiente (EPA, en sus siglas en inglés) en 1972, haciendo caso de las evidencias científicas sobre el envenenamiento progresivo del aire y de las aguas y la destrucción de los entornos naturales. Se ve que en aquellos años quedaba algún tipo de conexión entre el derechismo y la racionalidad. El actual administrador de la EPA, un ejecutivo de multinacionales del petróleo, acaba de afirmar en un simposio que no hay energía más limpia que los combustibles fósiles, y que el dióxido de carbono, lejos de ser dañino, es muy beneficioso, sobre todo para la agricultura y los bosques, y la salud humana.. Otro miembro eminente de la Administración de Trump ha dado testimonio de un viaje que quizás habría merecido más titulares si el de la misión Artemis no los hubiera acaparado casi todos. Gregg Phillips, uno de los directores de la Agencia Federal de Gestión de Emergencias (FEMA) ha explicado que en varias ocasiones ha vivido episodios de lo que él llama teleportación, gracias al favor divino. Antes de que lo nombraran para este puesto, Philips se había dedicado con ahínco a denunciar el supuesto fraude electoral que llevó a la presidencia a Joe Biden, sobre quien publicaba en Truth Social, la red social de Trump, comentarios como éste: “Me gustaría romperle la boca de una patada a ese hijo de puta. Es un asqueroso, una basura, una mierda, y merece morir”. Una vez, yendo por la autopista en su coche, no sabemos si en el ejercicio de sus tareas oficiales, Gregg Philips se vio levantado en el aire, por una fuerza que al principio no sabía si era benévola o malvada, y aterrizó suavemente unos minutos después, sin duda con un modesto ahorro de combustible. Pero su teleportación más prodigiosa, y sobre la que ha hablado más extensamente en los medios, llevó su cuerpo a una distancia de 40 millas, traslado asombroso, aunque quizás no espectacular, que tuvo la ventaja añadida de depositarlo en la ciudad de Rome (Texas) y en una sucursal de Waffle House, una de esas cadenas de comida que sirven raciones enormes a personas enormes llegadas en coches o camionetas enormes que dejan en aparcamientos gigantescos. A quienes le ponen alguna objeción, el iracundo Gregg Philips les responde que en la Biblia son frecuentes los casos de teleportación. The New York Times cuenta la historia con sorna contenida, y recuerda otras aportaciones de republicanos distinguidos, como el exdiputado Matt Gaetz, que ha denunciado un programa secreto para criar híbridos de humanos y extraterrestres capturados con la finalidad de facilitar las comunicaciones intergalácticas. Dado que la teleportación es, con diferencia, el método más barato de viajar, una vez que la NASA se quede por fin sin presupuesto, a los próximos astronautas de la Artemis 3 los pueden teleportar a la Luna con el asesoramiento científico y teológico de Gregg Phillips.
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