Tres son las veces que el chef José Andrés ha ido a El Hormiguero. Cada vez que va, Rafael Vidal, gran amigo suyo, prepara una paella para todo el equipo del programa. Este martes, Pablo Motos no pudo disfrutar de ella por otros compromisos. Él, defensor a ultranza, como buen valenciano, de uno de los platos estrella de la gastronomía española. Se quedó Pablo Motos sin paella, pero a cambio José Andrés le dio una entrevista pausada, patriótica, realista y, en cierta manera, algo happy flower. ¿Qué necesidad había de echar más leña al fuego en un ambiente ya suficientemente caldeado? José Andrés fue a El Hormiguero con una premisa muy clara: no había que entrar en el barro, pero sí había que darle la vuelta a la tortilla. Nada que ver con su última visita, donde el chef estuvo acelerado de por más.
El chef universal visitó El Hormiguero para recordar que la emergencia fue ayer, que los líderes deben dejar de alimentar a nuestros demonios y que, si no saben arreglar el caos, lo mejor es que se echen a un lado
Tres son las veces que el chef José Andrés ha ido a El Hormiguero. Cada vez que va, Rafael Vidal, gran amigo suyo, prepara una paella para todo el equipo del programa. Este martes, Pablo Motos no pudo disfrutar de ella por otros compromisos. Él, defensor a ultranza, como buen valenciano, de uno de los platos estrella de la gastronomía española. Se quedó Pablo Motos sin paella, pero a cambio José Andrés le dio una entrevista pausada, patriótica, realista y, en cierta manera, algo happy flower. ¿Qué necesidad había de echar más leña al fuego en un ambiente ya suficientemente caldeado? José Andrés fue a El Hormiguero con una premisa muy clara: no había que entrar en el barro, pero sí había que darle la vuelta a la tortilla. Nada que ver con su última visita, donde el chef estuvo acelerado de por más.Hay noches en las que El Hormiguero deja de ser ese circo de experimentos científicos imposibles y hormigas gamberras para convertirse en un diván de la cordura. Ocurre pocas veces, no nos engañemos, pero ocurre cuando se sienta en el plató alguien que tiene más verdad en el delantal que muchos políticos en el Congreso.Sin embargo, la magia del directo o, mejor dicho, la arrolladora verdad de ciertos invitados consigue romper la escaleta. Anoche ocurrió. Sentar en el plató a José Andrés es jugar a otra cosa. El asturiano universal, el hombre que ha convertido la cocina en la primera línea de defensa humanitaria del planeta, no va a la televisión a vender un producto; va a contagiar una forma de vivir. Y, de paso, a darle un baño de realidad a Pablo Motos en una especie de pacto entre caballeros que pasaba por no hablar de política, ni siquiera si la política tiene que ver con la paella. Imposible. José Andrés vive en EEUU, Pablo Motos en España y hubiera sido muy necio no pensar que la política, hasta con la paella, no iba a estar presente. Es necesario que esté presente.El pretexto de la visita era de relumbrón: el chef se encuentra en España porque la revista Vanity Fair le ha otorgado el premio a la Persona del Año, un galardón que coincide, además, con la concesión de la Orden Europea del Mérito. Cualquiera en su posición habría entrado en el plató sacando pecho, ensayando esa sonrisa de suficiencia tan propia de las celebridades que se saben intocables. Pero José Andrés apareció con la americana abrochada y una sonrisa pícara que escondía un secreto maravillosamente humano: «Me he comido unas gambas al ajillo, me he manchado y por eso traigo la chaqueta abrochada (…) Yo le daba las gambas a otro y me quedaba con el aceite, el ajillo y a mojar», confesó entre risas. En ese solo gesto, en esa confesión de barra de bar y servilleta de papel, el chef ya se había metido al público en el bolsillo.Esa misma naturalidad la aplicó para desmontar la pomposidad de los reconocimientos institucionales. Frente a los halagos de Motos, José Andrés opuso el pudor y la justicia del líder que sabe que n
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