En este trepidante noir histórico el escritor ruso se pregunta qué le queda al individuo cuando el poder pretende administrar también su conciencia Leer
En este trepidante noir histórico el escritor ruso se pregunta qué le queda al individuo cuando el poder pretende administrar también su conciencia Leer
En El corazón negro, continuación de la serie negra inaugurada con Samsón y Nadiezhda, Andréi Kurkov (Leningrado, 1961) vuelve al Kyiv convulso de 1919, cuando la joven República Popular Ucraniana se desmorona bajo la presión del Ejército Rojo, los restos de las fuerzas blancas, las tropas de ocupación y toda una constelación de milicias. La ciudad cambia de manos, cada nueva autoridad lo es solo de forma interina, y la vida cotidiana se organiza en torno a colas, requisas y apagones.. El título original, «el corazón no es carne», sugiere que ni el hambre ni el miedo deberían convertir el centro metafórico de nuestra humanidad en un mero órgano. Las novelas de Kurkov insisten en que el «orden» prometido por una ocupación siempre se cobra el precio de la libertad. Y Kyiv ha aprendido la lección a costa de demasiadas muertes. Por eso, un siglo más tarde, la ciudad ya no se rinde: sabe que aceptar la paz del invasor significa su propia desaparición.. Traducción de Jorge Ferrer Díaz. Alfaguara. 368 páginas. 22,90 € Ebook: 9,99 €. Puedes comprarlo aquí.. Samsón Kolechko no es un héroe de manual, sino un funcionario meticuloso, algo perplejo ante el poder al que sirve -la milicia de un distrito de Kyiv-, con un cuerpo marcado por la historia: en la primera novela perdió la oreja de un sablazo, que ahora descansa en una caja de hojalata. Vive con Nadiezhda, a quien le une un amor tímido. Esa relación introduce otra escala en la novela, la de los afectos en tiempos turbulentos.. Sobre este fondo, Kurkov se sirve del entramado policial para proponernos realmente un mapa íntimo de la ciudad ocupada. Desde el inicio, Kyiv aparece fragmentada: retazos de conversaciones, corredores mal iluminados, cervecerías abarrotadas, soldados del Ejército Rojo arrancando un trozo de tocino de entre los colmillos del perro que acaban de matar. La violencia no está en el frente, sino en los gestos bruscos, en la burocracia represiva, en las pequeñas traiciones, en el control hasta del hambre y los intercambios clandestinos para atajarlo. Ahí es donde Kurkov muestra toda la paleta de respuestas humanas: quién baja la voz, quién delata, quién finge no entender…. El caso que constituye la trama es aparentemente modesto: una denuncia insinúa un posible asesinato -«un hilo de sangre fresca salía de un cobertizo, lo que provocó inmediatas e inequívocas sospechas»- y, cuando Samsón y su compañero, Jolodny, se personan allí, se encuentran un cerdo sacrificado, y eso cuando las matanzas clandestinas, según órdenes de comisiones de nombres y acrónimos estrambóticos, lo prohíben tajantemente debido a la especulación y el trapicheo.. En medio de estos juegos del hambre, la historia (y la investigación) se bifurca: Nadiezhda, que trabaja en la Oficina de Estadística, desaparece. El dossier sobre la distribución de carne ilegal convive con la búsqueda desesperada de Nadezhda. Samsón deja de ser un mero agente del sistema para convertirse en un individuo que interroga al sistema que le ha arrebatado a su compañera. Jolodny -exsacerdote charlatán, a ratos lúcido- y el chequista Abyazov -lento, meticuloso- completan el triángulo moral: la conversación permanente entre fe, miedo y obediencia.. En un momento dado, un fotógrafo aconseja a Samsón retratarse sin uniforme: «Ya ve cuántos cambios de gobierno hemos tenido aquí en poco tiempo», proponiéndole una ética de la invisibilidad por lo que pueda venir después.. El diálogo con La guardia blanca no necesita subrayados. Bulgákov fijó la acción durante el invierno de 1918-1919 en un interior burgués que intenta preservar sus ritos mientras la ciudad cambia de bandera. Kurkov gira el punto de vista, desde dentro del aparato soviético manteniendo los rasgos característicos de la ciudad, como la avenida Kreschátik, las cuestas, los tranvías y el hogar como última unidad de sentido, del confort heredado de los Turbin al eco empobrecido del piso de Samsón, donde la riqueza se mide en leña, gramos de sal y ropa conseguida por trueque.. Si La guardia blanca es una elegía histórico-familiar, Kurkov transforma ese legado en un noir histórico: ya no se pregunta quién ganará la ciudad, sino qué le queda al individuo cuando el poder pretende administrar también su conciencia.
Literatura // elmundo
