El antiguo juguete dañado de la literatura británica ha encontrado su lugar y ahora presenta su ‘obra madura’ titulada El orden natural del mundo (Blackie Books). Esta novela cuenta la historia de una familia que se ve destrozada por la ideología del altruismo racional: «Una vez fui una entidad aislada, sin una preocupación real por los demás, ya que solo me centraba en mí». «Como padre, todo se transforma» Leer
El antiguo juguete dañado de la literatura británica ha encontrado su lugar y ahora presenta su ‘obra madura’ titulada El orden natural del mundo (Blackie Books). Esta novela cuenta la historia de una familia que se ve destrozada por la ideología del altruismo racional: «Una vez fui una entidad aislada, sin una preocupación real por los demás, ya que solo me centraba en mí». «Como padre, todo se transforma» Leer
Ben Brooks ha crecido. Parece que fue ayer cuando revolucionó las letras británicas con la muy gamberra y a la vez tierna Crezco, publicada por Blackie Books. Pero han pasado ya tres lustros y a los 32 años Brooks presenta su «obra de madurez» El orden natural del mundo. Puede parecer extraño tratarlo de escritor «maduro», pero es lo que tiene haber empezado tan pronto como para haber publicado cinco novelas antes de cumplir los 20.
Afincado en Berlín desde hace ya algún tiempo, Brooks nos recibe virtualmente en su casa de Wansee, un lugar apacible pero de siniestras reminiscencias, ya que todavía puede visitarse la villa junto al lago donde los nazis diseñaron la Solución Final: «Una extraña sensación», ríe. «Es muy tranquilo, pero con un fondo aterrador…». ¡El lugar perfecto para fundar una familia! Brooks ya tiene dos hijos, de cuatro y dos años, y otro más de camino. Cada dos años, una criatura: un ritmo que no se podría sostener si uno va siempre ciego de alcohol y drogas como cuando vivía en Barcelona, ciudad con la que mantiene vínculos a través de sus editores, Alice Incontrada y Jan Martí, que le publicaron Hurra cuando su editor británico renegó de ella.
«No sé qué pasó con aquella novela. Entonces bebía mucho y no recuerdo gran cosa de aquella época. Cuando la escribí todo era un caos absoluto. Ahora quiero mirar al futuro. Hace ya siete años que estoy sobrio. Mi mujer, que es alemana, me dijo: ‘Si no dejas de beber, no vas a poder tener hijos’».
Los vaivenes de su biografía explican la naturaleza de una obra como El orden natural del mundo, su novela más extensa -supera las 400 páginas- y clásica: cual Jonathan Franzen de ultima generación, nos muestra el devenir de los cuatro miembros de la familia Candlewick, un matrimonio más que acomodado y sus dos hijos que viven en una casa de diseño cerca de Gloucestershire, la ciudad natal de Brooks. «Habitan uno de esos pueblecitos por los que pasábamos en coche preguntándonos qué clase de gente podía tener casas tan bonitas y tan distintas de las nuestras», rememora.
Hay indudablemente algo de Brooks en el pequeño de los Candlewick, Emil, que además de ser un apasionado de las matemáticas y de llevar a Aphex Twin en los cascos también siente algo más que mera curiosidad científica por las sustancias tóxicas y, además, ha escrito un libro: «A mí también me interesan las matemáticas, pero sólo para comprender que no las entiendo. Admiro su pasión. Me parece algo mágico que le permite adentrarse en una verdad más profunda. También me representa en cuanto a que tiene cierta ambición y, a la vez, no tiene ganas de hacer absolutamente nada».
Como suele pasar, en realidad hay un poco del autor en cada uno de los Candlewick. «Evangeline ha ido a la universidad, algo que yo no hice y que me pesa», dice, y luego están los padres. Yadda es una ex programadora de gran éxito y Arthur, un empresario maderero a punto de jubilarse. Todo se va al traste cuando el marido, después de sufrir un accidente, decide donar su fortuna a organizaciones benéficas siguiendo los preceptos del profesor de bioética australiano Peter Singer, que entre otros asuntos, como los derechos de los animales o la más polémica eutanasia para niños seriamente discapacitados, promulga Una vida ética -título de su colección de ensayos, publicados en España por Taurus-, que pregona las bondades de donar de manera controlada.
Singer abre así una tercera vía entre la acción política revolucionaria y la limosna que se da para lavar la propia conciencia, y Brooks recoge el guante: «Me interesé por el tema cuando empecé a ganar dinero con los libros para niños, que fueron muy bien en todo el mundo. Por primera vez tenía más dinero del que necesitaba, así que empecé a donar, pero de manera un poco random. Si creía que en la India faltaban escuelas, buscaba por Google una organización un poco al azar. Luego apadriné a algunos niños, algo que en principio está bien, porque puedes ver el efecto en personas específicas, pero luego leí algunas críticas sobre su ineficacia y perpetúan el complejo del salvador blanco. Así llegué al altruismo racional, el más eficiente, porque das tu dinero a empresas que se encargan de gestionarlo y de repartirlo en función de necesidades reales. Tu dinero, simplemente, se va, y tú tienes que pensar que está haciendo el bien en alguna parte».
Nada como un buen golpe en la cabeza, como el que se da Arthur al caer, para abrazar el altruismo eficiente. Arthur no sólo lo abraza, sino que se convierte en un santo varón: la novela, que podría ser su hagiografía, acaba con campanadas en la catedral de Gloucesterhire. Pero la generosidad de Arthur choca con Yadda, que prefiere pensar en su propio futuro, y el de sus hijos. He ahí el conflicto. «Representan dos polos de la cuestión: a veces pienso que debería donar más, pero luego pienso que yo también tengo una familia», suspira el escritor. La novela nos interroga con astucia sobre dónde acaba nuestra generosidad y dónde empiezan los problemas familiares (siempre y cuando no sepamos qué hacer con nuestro dinero, caso de tenerlo), y recuerda a Este libro te salvará la vida, de A.M. Homes, no sólo porque también va de un millonario al que, de repente, le da por hacer el bien, sino porque la americana también había sido una escritora muy punki y escribió aquella novela, más humanista, en respuesta al trauma del 11-S y a la sanación de algunas heridas familiares, como la de conocer a su madre biológica.
En el caso de Brooks, que confiesa haber leído todas las novelas de Homes salvo esta, está claro que El orden natural del mundo se ha escrito en respuesta a esa sobria paternidad en serie: «Esta historia nace del hecho de haberme convertido en padre, porque tener hijos te lleva a replantearte tu relación con el mundo. Hay gente que no los necesita para madurar, pero en cualquier caso consiguen que lo hagas», reconoce. «Yo antes era como una isla, nada era importante porque sólo me afectaba a mí. No me sentía especialmente conectado con el mundo. Sólo me preocupaba por mí y por las cosas que me interesaban. Pero cuando eres padre empiezas a pensar en el tipo de mundo en el que van a crecer tus hijos, en lo que van a heredar. Te pones a reflexionar sobre el papel que deberías desempeñar e intentas, en la medida de lo posible, dar otra forma a ese mundo». En la medida de sus posibles, Arthur también trata de cambiar el mundo. Pero nadie lo entiende.
«El altruismo racional es el más eficiente. Tu dinero, simplemente, se va, y tú confías en que está haciendo el bien»
Además de los cuatro Candlewick, aparecen otros personajes que no tienen desperdicio. Nuestro favorito es Hugo, el youtuber vigoréxico. Al principio no es más que una caricatura pero poco a poco, va dando muestras de conmovedora humanidad. «Me basé en uno de mis, digamos, padrastros. Mi madre tuvo un par de novios en esa línea que sentía increíblemente distintos a mí porque no leían ni se interesaban por nada de lo que a mí me interesaba. Aunque yo también soy de clase trabajadora, nunca logré identificarme con ellos. Lo primero que pensé al conocerlos fue: ‘¿Quién es este tipo tan tonto?’. Luego aprendes que las personas son distintas a cómo las juzgaste, especialmente si eras un adolescente arrogante», confiesa Ben Brooks, el escritor maduro.
En líneas generales, la extensión decimonónica de la novela hace, como ocurre con algunas series, que nos encariñemos con los personajes, hasta el punto de que, cuando a uno le pasa algo grave, se siente como una desgracia en la propia familia. Exagero, por supuesto, pero sólo un poco, porque la ternura que subyacía en las primeras y más gamberras historias de Brooks alcanza aquí cotas de emoción bastante más elevadas. «Así es», confirma él. «Cuando inviertes un tiempo para familiarizarte con los personajes empiezas a sentir que los conoces y les deseas lo mejor, por lo que cabe esperar que el final de la novela te sacuda emocionalmente. Pero tampoco fue algo muy premeditado. Tenía una serie de ideas flotando en mi cabeza, en un momento me puse a ello y escribí el primer capítulo. Luego, todo lo demás fue surgiendo bastante rápido».
Traducción de Miguel Temprano. Blackie Books. 408 páginas. 24,90 €
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