Aunque no se haya crecido junto al Mediterráneo, unas estrofas de Joan Manuel Serrat puede servir para simbolizar hasta qué punto el arte ha mimado e idealizado el verano: “Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa / Escondido tras las cañas duerme mi primer amor / Llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya”. Los cuadros de los impresionistas, de Renoir a Monet, están llenos de cielos brillantes y campos de trigo. El verano en Bougival, de Alfred Sisley, refleja toda la paz de una estación benigna y tranquila, durante la que los paisajes estallaban de vida.
Pocos autores han descrito de una manera tan certera el paso a la edad adulta como el narrador estadounidense en su relato autobiográfico ‘El cuerpo’. Pero también refleja el miedo que produce una estación cada vez más amenazante
Aunque no se haya crecido junto al Mediterráneo, unas estrofas de Joan Manuel Serrat puede servir para simbolizar hasta qué punto el arte ha mimado e idealizado el verano: “Quizá porque mi niñez sigue jugando en tu playa / Escondido tras las cañas duerme mi primer amor / Llevo tu luz y tu olor por donde quiera que vaya”. Los cuadros de los impresionistas, de Renoir a Monet, están llenos de cielos brillantes y campos de trigo. El verano en Bougival, de Alfred Sisley, refleja toda la paz de una estación benigna y tranquila, durante la que los paisajes estallaban de vida.
El verano es también la estación del descubrimiento de la vida, desde la obra autobiográfica de Fernando Fernán Gómez Las bicicletas son para el verano, hasta la película Belle Époque, de Fernando Trueba, pasando por El vino del estío, un extraño y bellísimo libro de Ray Bradbury que transcurre en los años veinte, o por Verano del 42, de Robert Mulligan, que empieza con la voz en off del narrador: “Cuando yo tenía quince años y vine con mi familia a pasar el verano no había ni tantas casas ni tanta gente como ahora. Entonces se podía apreciar mejor la geografía de la isla y la belleza del mar…”. Y luego continúa el guion por el que Herman Raucher recibió una nominación al Oscar: “Aquella casa de allá arriba era la casa de ella, y nunca, desde el primer día en que la vi, me ha sucedido nada tan sobrecogedor ni tan desconcertante, porque nunca he conocido a ninguna otra persona que me haya hecho sentirme más seguro y más inseguro, más importante y más insignificante…”.
Pero pocas novelas reflejan la emoción y el vértigo del verano como un relato largo de Stephen King, ‘El cuerpo’, que forma parte del libro Las cuatro estaciones (DeBolsillo, traducción de Ángela Pérez Gómez y José Manuel Álvarez Flórez). Fue llevado al cine en 1986 por Rob Reiner bajo el título de Stand by me. Otro de los relatos de ese volumen, ‘Rita Hayworth y la redención de Shawshank’, se convirtió también en una película clásica: Cadena perpetua, de Frank Darabont. Pocos autores han descrito de una manera tan certera, y a la vez inquietante, el descubrimiento de la vida y el difícil paso a la edad adulta como Stephen King en estas páginas, al contar la historia de cuatro muchachos de 12 años que se escapan para encontrar el cadáver de un chico atropellado por un tren. Uno de ellos es el propio King.
La novela y la maravillosa película de Reiner describen con crudeza la violencia contra los niños, pero también la emoción de la amistad y de la aventura en unos tiempos que estaban cambiando a toda velocidad. Describe el verano como un espacio de libertad y búsqueda que no debería acabarse nunca: “Recuerdo que de niño siempre me parecía que los días de septiembre terminaban demasiado pronto, tomándome por sorpresa; era como si algo en mi interior esperara que fuera siempre junio, que la luz del día permaneciera en el cielo casi hasta las nueve y media”. Y contiene alguna de las frases más emocionantes sobre el verano de la literatura estadounidense: “En aquellos largos atardeceres púrpura de béisbol y rock and roll, el tiempo cambió. Creo que aquel verano se prolongó por espacio de años, conservándose mágicamente intacto en un entramado de sonidos”.
Pero ‘El cuerpo’ describe también la otra cara del verano, como no podía ser menos en el gran autor de la literatura del terror. Porque, según avanza el calentamiento global, una parte importante de lo que significaba el verano se está convirtiendo en una pesadilla distópica: el Danubio convertido en un secarral; los incendios que están más allá de la capacidad de extinción; las carabelas portuguesas y otras medusas que navegan a sus anchas por aguas que antes desconocían; el Mediterráneo de Serrat transformado en un caldo, a más de 30 grados; las olas de calor sucesivas que parecen no acabarse nunca hasta convertirse en una sola ola intensa de tres meses… Sobre el cuento sobrevuela en todo momento algo profundamente inquietante, encarnado en el cadáver de aquel niño arrollado por un tren, abandonado en las profundidades de un bosque. El lector se enfrenta también al dolor que padecen los protagonistas. Pero hay algo más ahí fuera.
En ‘El cuerpo’, el terror no emana del más allá, o de criaturas monstruosas escondidas en algún rincón de nuestro mundo o de nuestra mente; el miedo surge de la propia naturaleza, de las fuerzas incontrolables que esconde. “Hay algo terrible y fascinante en la forma en que cae la noche en el bosque”, escribe. Y así describe aquel verano en el que transcurre su relato: “Según los periódicos, era el verano más caluroso y seco desde 1907, y el último viernes de vacaciones, víspera del Día del Trabajo, hasta las varas de oro de los campos y las cunetas de los caminos estaban resecas y sedientas. Aquel verano, ningún huerto había producido lo suficiente para hacer conservas, y las grandes estanterías de material de enlatado de Red & White de Castle Rock esperaban en vano acumulando polvo. Nadie tenía gran cosa que conservar aquel verano, a no ser que quisieran hacer vino de diente de león”. La llegada de las largas sombras de septiembre y de los atardeceres que se adelantan ya no son una amenaza, sino casi una bendición porque el calor se disuelve antes. Seguramente entonces no lo sabía, pero King hablaba del futuro, del resto de los veranos de nuestras vidas si no le ponemos rápidamente remedio.
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