El exitoso escritor alemán, experto en reinterpretar el pasado de su país y de Europa, publica ‘El director’, una biografía novelada del pionero del cine G. W. Pabst que explora sus años haciendo películas para el Tercer Reich y reflexiona sobre la complejidad de separar arte, vida y moral. «Los Estados Unidos de Trump no son comparables a la Alemania nazi» Leer
El exitoso escritor alemán, experto en reinterpretar el pasado de su país y de Europa, publica ‘El director’, una biografía novelada del pionero del cine G. W. Pabst que explora sus años haciendo películas para el Tercer Reich y reflexiona sobre la complejidad de separar arte, vida y moral. «Los Estados Unidos de Trump no son comparables a la Alemania nazi» Leer
Hijo y nieto de personalidades relacionadas con el cine -su padre Michael fue uno de los directores más famosos de Austria, su madre Dagmar Mettler fue actriz y su abuelo Eduard, escritor, llegó a hacer guiones para películas mudas en los años 20- no es extraño que Daniel Kehlmann (Múnich, 1975) volcara sus ojos hacia este arte para escribir una novela. Su idea original era, justamente, ambientar una historia en ese cine mudo alemán de los años 20, ese expresionismo que, como dice, «cambió la naturaleza de este arte incipiente y fue tan influyente y aún hoy reconocible».. Sin embargo, se topó de pronto con algo que le hizo cambiar de idea. «Vi muchas películas de esa época e investigué a los grandes directores. Entonces me topé de pasada con la historia de G. W. Pabst, un auténtico maestro, muy respetado, que tras rodar una película en Hollywood en 1934 regresó a Austria y terminó rodando para el régimen nazi y para Goebbels», explica sonriente a La Lectura desde Nueva York, donde desde hace una década imparte clases en la Cátedra Eberhard Berent en la Universidad de Nueva York.. «Me quedé de piedra, porque quién en su sano juicio volvería a la Alemania nazi desde Estados Unidos en aquellos años. Así que me puse a contar su historia». El resultado es la ambivalente y descarnada El director (Random House), una biografía novelada absorbente y llena de claroscuros que explora a través de la figura de Pabst las complejidades de separar el arte y la moral y reflexiona sobre las pequeñas casualidades que determinan nuestras vidas. No tan reconocido hoy como sus contemporáneos Fritz Lang, F. W. Murnau o Walther Ruttmann, Pabst era en los años 30 uno de los grandes cineastas del mundo, con obras maestras como Bajo la máscara del placer (1925), la película que hizo famosa a Greta Garbo, La caja de Pandora (1929), el filme que convirtió a Louise Brooks en un mito, La ópera de los tres centavos (1931), basada en la obra de Bertolt Brecht o Don Quichotte (1933), rodada en Francia, tras la cual al tomar los nazis el poder, huye a Estados Unidos.. Traducción de Isabel García Adanez. Random House. 376 páginas. 22,90 € Ebook: 9,99 €. Puedes comprarlo aquí.. Es allí donde arranca El director, con un Pabst ninguneado por la industria del cine hollywoodiense, de pronto plagada de emigrantes europeos de lustre en busca de una oportunidad. «Allí se sintió profundamente insultado. Los estudios le obligaron a dirigir una película horrenda, Un héroe moderno [1934], insoportablemente mala, terrible en todos los sentidos, los actores, el montaje, el guion… todo es insoportable. Ni siquiera le dejaron editarla a él, que fue uno de los inventores del montaje cinematográfico. Quienes editaron mal la película en Estados Unidos habían aprendido a editar con las películas de Pabst, pero a él no le permitieron montarla. ¡Una locura!», explica Kehlmann, quien reconoce: «duele pensar que uno de los grandes maestros de la historia del cine haya hecho esta película».. Con el orgullo herido, el cineasta decide entonces, en contra de los consejos de compañeros como Billy Wilder o Fred Zinnemann regresar a Francia para rodar. «Fue un error garrafal. Si habías logrado salir de Europa antes de 1939, no tenías que volver. Y después, cuando visitaba a su enferma madre en Austria, comenzó la guerra. Y ya no hubo marcha atrás», resume el escritor sobre este controvertido episodio que la novela presenta como mala suerte y casualidad. Sin embargo, hay otras opiniones. «El guionista Carl Zuckmayer, por ejemplo, afirmaba que era imposible que hubiera regresado a la Alemania nazi, ni siquiera por un día, sin contactar con el Ministerio de Propaganda y sin asegurarse de que no lo arrestarían. Y Lotte Eisner, la gran crítica de cine y fundadora de la Cinemateca Francesa creía que era un colaboracionista dispuesto», apunta.. «Paradójicamente, Pabst tuvo más libertad artística en la Alemania nazi de la que hubiera tenido en el Hollywood de la época». «Yo opto en el libro por una versión más beningna, que Pabst simplemente comete un error tras otro, se ve envuelto la telaraña nazi y termina obligado a hacer películas que realmente no quiere hacer. Eso es lo bueno de ser escritor de novelas. En una biografía, tienes que presentar todas las explicaciones posibles y luego simplemente encogerte de hombros y decir: no lo sabemos. Pero esa es la maravillosa libertad que tienes como novelista. Puedes elegir la versión que prefieras», sostiene Kehlmann risueño.. Mundialmente reconocido desde que en 2005 su novela La medición del mundo -un irónico retrato de las ideas de la Ilustración a través de las vidas del naturalista Alexander von Humboldt y el matemático Carl Friedrich Gauss- desbancó a El perfume de Patrick Süskind como el libro más vendido en lengua alemana de la historia, Kehlmann ha seguido retratando épocas pasadas con solvencia y viveza. En 2017 su novela Tyll, otra biografía ficticia sobre un personaje del folklore germano, Till Eulenspiegel, ambientada en la Guerra del los Treinta Años, le valió ser finalista del Booker Internacional.. En El director, no todo se centra en Pabst, sino que la novela alterna capítulos protagonizados por los puntos de vista de diversos personajes -su mujer, su hijo, un burócrata nazi del Ministerio de Propaganda e incluso un trasunto del escritor británico P. G. Wodehouse, quien pasó la guerra como prisioner de lujo de los nazis- que retratan con crudeza y elegancia, a través de situaciones cotidianas, el opresivo clima ideológico y moral del Reich, plagado de silencios incómodos, nombres prohibidos y sutiles humillaciones.. «El arte no puede justificarlo todo. Aunque sea una obra maestra, no querríamos ver una película donde los extras fueran presos de un campo de concentración». «Quería acercarme a aquellos terribles años pero no desde los grandes hechos históricos o los episodios traumáticos que hemos visto mil veces, sino explorando cómo se infiltró el regimen en el día a día, en cada aspecto de la vida de la gente. No me interesaba la tanto la adhesión incondicional a un régimen totalitario, que en libro representan personajes caricaturizados hasta el abusrdo como la cineasta Leni Riefenstahl o el escritor Alfred Karrasch, como esas pequeñas complicidades que se forjan a través de concesiones, silencios, sobreentendidos», desgrana Kehlmann. «Y también, la voluntad de Pabst, una vez atrapado en la red, de seguir creando en medio de la barbarie, y no contra ella. Esa idea del artista que se aferra a una ilusión, a la neutralidad del arte, sin ser consciente de su desintegración moral».. Daniel Kehlmann retratado en Múnich en 2024.HEIKE STEINWEG. Coaccionado por el régimen [la escena de su charla con Goebbels es de un surrealismo expresionista total], Pabst hará tres películas, Los comediantes (1941), Paracelso (1943) y la desaparecida El caso Molander (1945), y poco a poco se verá implicado indirectamente en algunos de los crímenes nazis. «El libro refleja una paradoja interesante. En Paracelso, una obra maestra indiscutible, Pabst tuvo más libertad artística en la Alemania nazi -gracias a los delirios de Goebbels empeñado en hacer arte de verdad- de la que hubiera tenido en el Hollywood de la época», reflexiona Kehlmann. «Sin embargo, muchos extras de sus películas eran mano de obra forzada, pues con todo el mundo en el frente no había otros actores disponibles. Eso, claro, es inaceptable, pero cuando ya estás rodando por la pendiente… Él llego a un punto en el que pensaba que el arte justificaba casi todo».. Un viejo tópico defendido por muchos, desde Nietzsche hasta George Bernard Shaw, de cuya veracidad el escritor no está tan seguro. «Objetivamente, hay obras de arte que sabemos que fueron creadas en condiciones terribles, a menudo por personas terribles, y aun así solemos alegrarnos de que existan. Pero eso no es del todo cierto. Si el compromiso moral se vuelve demasiado drástico… Estoy seguro de que no querríamos ver una película donde los extras fueran presos de un campo de concentración, aunque fuera una buena película», sostiene. «E iría más allá, por alguna extraña razón, siento que tampoco podría ser una buena película. No obstante, es una pregunta sin respuesta clara, yesas son las que más me gustan cuando escribo novelas».. Preguntas, la relación entre creatividad y poder o hasta donde debe llegar el autoengaño, que no son cosa del pasado, parece. Presentada en Estados Unidos hace pocos meses, Kehlmann sigue sorprendido por el debate suscitado en el país por una novela que han recomendado desde Robert de Niro a Stephen Colbert. «Me agrada y a la vez no me gusta esta lectura tan contemporánea y me resulta muy sorprendente cómo tantos estadounidenses se sienten identificados con una situación similar, sobre todo en lo que respecta a hacer pequeñas concesiones en el día a día», reconoce Kehlmann, que opina tajante: «en ningún caso es comparable la Alemania nazi con los Estados Unidos de Trump. La forma en que se instauró la dictadura en mi país, la rapidez, la fuerza, la brutalidad y la implacabilidad fueron muchísimo más intensas que cualquier cosa que veamos en Estados Unidos».. «Aunque haya similitudes, los Estados Unidos de Trump no son comparables a la Alemania nazi». No obstante, si reconoce cierto clima de desconfianza y miedo. «Hablo con gente que trabaja en los medios de comunicación, en la prensa, y sobretodo en la televisión, que están adquiriendo multimillonarios cercanos a Trump, y me dicen: ‘No puedo publicar esta historia ahora mismo porque me metería en problemas y me despedirían. Y entonces alguien que apoya fervientemente a Trump ocuparía mi lugar, así que es mejor que esté yo aquí’. Y no les falta razón. Eso no deja de ser una oscura concesión moral», opina el escritor, que ve también en el país una «distribución asimétrica de la dictadura.. «Si eres ciudadano y blanco, todavía te sientes muy seguro en Estados Unidos, incluso si estás en contra de Trump. Pero si eres latino o de otra minoría, o un inmigrante indocumentado, que suelen ser dueños de pequeñas empresas y opagan sus impuestos, pero no tienen la nacionalidad… puedes ser arrestado en la calle por el ICE (Servicio de Control de Inmigración y Aduanas). Estas personas se encuentran ahora en la misma situación que los judíos en la Alemania nazi, no en 1940, por supuesto, sino en 1933», razona Kehlmann.. Volviendo a Pabst y a su legado, el escritor asegura que no escribe novelas con moraleja, pero que sí hay una enseñanza en la vida de Pabst. «Mi idea era reflejar que todos podemos acabar atrapados por el mal, pero no firmando un pacto con el diablo como Fausto, sino a través de pequeños pasos, de concesiones cotidianas. En ningún momento hace nada terrible, pero enconjunto, la pendiente resbaladiza que recorre, le lleva al mal», opina Kehlmann. «Por eso, es mejor poner límites claros desde el principio, solo así evitas acabar envuelto en dilemas morales. El verdadero peligro está en esos pequeños detalles insignificantes, no en los grandes hechos».
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