El Premio Nacional vasco regresa con ‘Golondrinas’, una audaz fábula donde lo inmortal y lo humano se entrelazan con una pluma penetrante y creativa Leer
El Premio Nacional vasco regresa con ‘Golondrinas’, una audaz fábula donde lo inmortal y lo humano se entrelazan con una pluma penetrante y creativa Leer
Hay casi siempre algo inmediatamente encantador en cuanto se comienza a leer un libro de Bernardo Atxaga (Asteasu, Guipúzcoa, 1951), la sensación de estar entrando de golpe en un sortilegio que presume de serlo y que, no habiendo olvidado las mejores conquistas de la literatura tradicional y de su modo de encandilar, coherentemente podrían comenzar con un «Érase una vez…», a modo de portal acogedor. Y si la segunda palabra ha sido «casi» es porque alguna vez (en El hombre solo, Esos cielos, Casas y tumbas…), siendo siempre bueno, lo hemos notado más sombrío.. Alfaguara. 256 páginas. 20,90 € Ebook: 9,99 €. Lo que propone Atxaga ahora, con estas nuevas Golondrinas, es algo así como una mezcla: lo que se cuenta es grave, traumático, a veces sórdido, pero el lugar desde el que está contado hará torcer el gesto a los fanáticos de la «literatura seria» y nos hace la boca agua a quienes ante todo anhelamos magia (que no necesariamente fantasía) e imaginación (que perfectamente puede presentarse anclada a hechos reales), es decir literatura primitiva, literatura esencial, literatura consciente de la literatura.. El boxeador Urtain, presente en varias otras narraciones de Atxaga. se ha tirado por la ventana de su casa tras una buena borrachera y un mal sueño y, como ocurría en Desde el otro lado, la anterior novela del autor, la acción de ésta comienza en el cementerio, donde hay una disputa entre la vieja admiración hacia el campeón y el rechazo ante alguna de sus decisiones recientes o ante sus visitas aduladoras a Franco. Varios ángeles vigilan el entierro, pero sucede que no son precisamente adorables querubines sino espantosos agentes del infierno, violentos y muy malhablados súbditos de Luzbel, y sus propósitos y encargos son muy distintos a los asignados a los benéficos y blancos ángeles de ese a quien el cronista Uzariel, el narrador de esta novela, llama «el Tirano», del mismo modo que, desde su siniestra perspectiva, las oraciones de la gente son graznidos, las iglesias son fortalezas de la mentira y la Biblia es un panfleto.. Ha sido uno de sus compañeros del Mal quien, de hecho, ha insuflado en Urtain la pesadilla que le ha hecho defenestrarse, y con ello comienza a desenredarse un ovillo de personajes secundarios que van ganando precisión, de tramas aparentemente pequeñas (sobre todo la de la muerte del flamante buey llamado Jaun) que van importando, de tiempo que corre muy rápido para los «seres inmateriales» y también para la novela, que es breve, pero despacio para el argumento, que acaba siendo amplio (tanto que de hecho alcanza hasta el futuro año de 2042).. Cada una de las secciones segunda y tercera comienza con otro sepelio, que se produce veinticinco años después del anterior, y es a través de los tres «informes» infernales que traen esos tres bloques como la novela se hace tal. El tema de la novela es, me parece, la corrupción, el choque entre los buenos sentimientos y los malos intereses, los conflictos que genera el egoísmo, las flaquezas o los vicios de algunos.. Pero, una vez más en Atxaga, lo que más importa para que esta lectura sea una delicia son las innovaciones, las bromas internas, el lenguaje particular que crea, que en este caso es el anti-angelical, basado en la agresividad verbal pero también en la exactitud y la «clarividencia» extremas de esos curiosos e inmortales pajarracos. Así, por ejemplo, el divertido uso de la palabra «ítem», la concreción de los colores (Pantone en mano), la insistencia en las marcas y en los modelos de casi todo lo que se menciona o el modo de ir introduciendo documentos o niveles distintos de la narración (que, por el modo de utilizar los epígrafes, recuerdan mucho a lo que el autor hizo en las historias para niños del intrépido perro Bambulo). Por otra parte, leyendo los detallados inventarios que se hacen en el molino natal de Urtain y en otros espacios es difícil no recordar algunas partes de aquel tremendo poema de Atxaga titulado «Henry Bengoa, Inventarium».. «¿Qué vas a hacer con todo este paisaje?», pregunta en cierto momento un personaje a otro, que es pintor, y creo que en ese interrogante puede agazaparse cierta actitud literaria. Creo que es algo que algún día, hace ya mucho, se preguntó Bernardo Atxaga, y lo que ha ido haciendo mediante muchos libros de diversos géneros y para distintos públicos es llenar ese espacio de historias de muchos colores, de seres decididos o desorientados, de personajes avispados o enfermos, de alegorías poderosas. Da un poco igual el punto de partida e incluso el punto de llegada: en lo primordial, en el fondo todo es Obaba.
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