El dibujante japonés Susumu Higa recuerda como una epifanía el día de su adolescencia en que descubrió el Guernica con su imagen de un bombardeo sobre civiles. “Picasso me enseñó que es posible el compromiso social a través del arte. En mi caso, a través del manga”, explica en el salón de su casa, un edificio de cemento de una sola planta situado en su Naha natal, la capital de la prefectura de Okinawa. “Fue como si alguien hubiera encendido una luz”, añade en una de las escasas entrevistas que concede. Entre otras cosas, por la dificultad de contactar con él: no usa móvil ni correo electrónico, tampoco tiene coche. Para hablar con uno de los dibujantes más celebrados del país, hay que ir a verle. Seguir leyendo
El autor de ‘Okinawa, el viento habla’, célebre novela gráfica ahora editada en castellano donde narró la posguerra en su región, comparte su pasión por Picasso, su existencia al margen de redes y tecnologías o las huellas que dejó el conflicto en su tierra
El dibujante japonés Susumu Higa recuerda como una epifanía el día de su adolescencia en que descubrió el Guernicacon su imagen de un bombardeo sobre civiles. “Picasso me enseñó que es posible el compromiso social a través del arte. En mi caso, a través del manga”, explica en el salón de su casa, un edificio de cemento de una sola planta situado en su Naha natal, la capital de la prefectura de Okinawa. “Fue como si alguien hubiera encendido una luz”, añade en una de las escasas entrevistas que concede. Entre otras cosas, por la dificultad de contactar con él: no usa móvil ni correo electrónico, tampoco tiene coche. Para hablar con uno de los dibujantes más celebrados del país, hay que ir a verle. Se publica en español Okinawa, el viento habla (Reservoir Books, que ha colaborado en la organización del viaje), una novela gráfica de seis relatos en los que Higa muestra las desgracias colaterales tras la Segunda Guerra Mundial y la ambigüedad moral que atrapa por igual a soldados norteamericanos, japoneses y civiles.La obra fue galardonada en 2003 con elGran Premio del Manga en el Festival de Artes Mediáticas, el mayor reconocimiento oficial a un mangaka en Japón.Higa ha dedicado su vida a ilustrar la historia de su provincia, un antiguo reino llamado Ryukyu anexado por Japón en el siglo XIX y hoy convertido en centro imprescindible de operaciones militares de Estados Unidos en el Pacífico. Ochenta años después de la última gran contienda global, Okinawa aloja el 70% de las bases militares estadounidenses en Japón, pese a ocupar solo el 0,6% del territorio nipón.Nada más sentarse, Higa pide deponer el título de sensei —maestro en japonés— habitual para dirigirse a artistas, académicos o médicos. “Que me llamen sensei me da repelús”, dice y sonríe con una mirada cómplice detrás de unas gafas de cristales azulados que usa por prescripción. Viñeta de ‘Okinawa, el viento habla’, de Susumu Higa.El primero de los seis episodios de su libro, titulado Kajimunugatai (El viento habla, en el idioma de Okinawa), cuenta la historia de tres soldados americanos destacados en una base okinawense un año después del fin de la guerra. En su tiempo libre recorren en jeep las plantaciones de una aldea vecina y siembran el terror violando a sus mujeres. Las autoridades de la base se niegan a castigarlos. Los residentes de la aldea deciden tomar la justicia en sus manos y les tienden una emboscada usando trampas artesanales.Higa se define como un autodidacta que dibuja con pluma y tinta negra y desdeña convenciones del manga más conocido en Occidente, como los personajes de ojos grandes y onomatopeyas que ocupan toda una página. El uso ortodoxo de primeros planos para transmitir tensión psicológica, planos medios para los diálogos y planos generales para dar protagonismo al paisaje, responde a la preferencia del autor por la gramática cinematográfica. “Apenas leo manga. Mi referencia principal para dibujar
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