Es el gran filósofo del presente, el que acuñó la idea de ‘hipermodernidad’ para definir la aceleración de nuestros tiempos. Pero el ‘siempre más’ conduce a una civilización del exceso que analiza en su último ensayo, ‘La nueva era del kitsch’ Leer
Es el gran filósofo del presente, el que acuñó la idea de ‘hipermodernidad’ para definir la aceleración de nuestros tiempos. Pero el ‘siempre más’ conduce a una civilización del exceso que analiza en su último ensayo, ‘La nueva era del kitsch’ Leer
Solo encadenando los títulos de los libros de Gilles Lipovetsky ya se forma una cadena filosófica que descifra el presente. En unos años 80 aún marcados por el nihilismo, retrató La era del vacío (1983) de una sociedad narcisista, hedonista y rendida al consumo, algo que siguió explorando en El imperio de lo efímero (1987), donde profundizó en la fugacidad de las modas y su reinado cultural. Mientras los filósofos más académicos desdeñaban lo trivial por superficial, Lipovetsky ha descrito la sociedad desde sus más diversas aristas: los programas de televisión que copaban las conversaciones en los 90, el miedo tras los atentados de Al Qaeda, la publicidad y la obsesión por la juventud eterna, el auge de los populismos, los tabúes de la pornografía, la pasión de los hinchas de fútbol o el fenómeno de las nails. Porque hasta los salones de uñas que proliferan en cada esquina dan pistas para entender hacia dónde vamos.. En su obra más esclarecedora y breve, el sociólogo y filósofo francés acuñó un nuevo concepto para definir la época histórica, líquida y ditital, que empezaba con el nuevo milenio: Los tiempos hipermodernos (2004). Desde entonces todo es hiper. Cada vez más hiper y más y más HIPER. Vendrían después La felicidad paradójica (2006), donde ya apunta a la angustia vital de una sociedad de hiperconsumo siempre insatisfecha o Pantalla global (2007), con las pantallas convertidas en ágora y espacio público. No hay tema que Lipovetsky no haya tocado: la idea de estética y la democratización del lujo (El lujo eterno, 2014), las estrategias del capitalismo de seducción (Gustar y emocionar, 2020) o la flamante fijación por ser auténticos (La consagración de la autenticidad, 2024).. ¿En qué momento estamos ahora?Después de dos décadas de un HIPER llevado al extremo llegamos a La nueva era del kitsch (en Anagrama, como todos sus libros). Junto a su colega Jean Serroy, crítico de cine y doctor en Letras Modernas, con quien ya había coescrito otros dos ensayos, Lipovetsky publica ahora un Ensayo sobre la civilización del exceso, tal es su significativo subtítulo. Desde el despacho de su casa de Grenoble, vestido con una elegante sudadera azul oscuro (sí, las sudaderas pueden ser elegantes), Lipovetsky teoriza sobre nuestra cultura kitsch.. Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, autores de ‘La nueva era del kitsch’.CATHERINE HELIE / GALLIMARD. ¿Qué entendemos por ‘kitsch’? Porque advierte que es una noción indefinida y algo fluctuante…. Lo kitsch es lo llamativo, lo ostentoso, el mal gusto, la sobrecarga, el exceso, lo disparatado, la falta de unidad. Hay también otra dimensión de falsedad, mala calidad, copia. En español, tenéis una palabra que lo ilustra bien: pacotilla.. Tenemos muchas palabras en español: baratija, esperpento, picaresca, churrigueresco… Pero ‘kitsch’ viene de Alemania y es un término relativamente nuevo.. El kitsch es moderno, sí: un neologismo acuñado en la Baviera de los años 1860 en el entorno de los marchantes de arte. Lo curioso es su éxito mundial: desde Japón hasta Latinoamérica pasando por Turquía, todo el mundo usa la palabra kitsch y la entiende. Eso dice algo de nuestra civilización moderna. Con este libro teníamos la ambición de sacar el kitsch de los estudios específicos, porque se ha tratado en el ámbito del cine, la pintura, la ópera… Pero todos los enfoques estaban muy ligados a dominios particulares y destacaban el exceso de colores, lo chocante, la falta de unidad. El kitsch es hoy el espejo de nuestro mundo, va más allá de la estética. Se ha dispersado, difundido en el consumo, en los objetos, en el cuerpo, en el lujo, en las imágenes… Los hinchas de fútbol se ponen purpurina, los jóvenes se tatúan todo el cuerpo, las mujeres pagan para hacerse pequeños cuadros en las uñas… El kitsch está por todas partes. ¡Y ya es un escándalo en los museos! Se ha convertido en una categoría mayor de la modernidad, con su propia historia y evolución.. El ‘kitsch’ del siglo XIX designaba ciertos objetos de sobrecarga decorativa, muebles que imitaban el estilo Biedermeier. ¿Cómo pasa a convertirse en una estética y en la bandera de la sociedad de consumo, con los centros comerciales americanos como sus templos?. El kitsch histórico, en general, es una copia: la burguesía media compraba alfombras, muebles, vajillas y objetos que antes eran solo para la aristocracia. Una clase inferior podía acceder a esos objetos con una copia degradada, de menor calidad. A partir de 1950 y 1960, con el auge de la sociedad de consumo el centro axial de lo kitsch se desplaza hacia Estados Unidos, donde empiezan a proliferar los centros comerciales que, efectivamente, se convierten en templos del consumo de masas. Ya no se copian modelos prestigiosos, se toma un prototipo y se producen millones de ejemplares. Al mismo tiempo el producto se vuelve desechable y se tira, manda la invención permanente de nuevos prototipos, pero no tienen valor. Un modelo elimina inmediatamente el anterior y hay que cambiar constantemente. Ya estamos inmersos, más que nunca, en una civilización de lo desechable y de la pacotilla. Y está en todas partes:en cualquier tienda de souvenirs de Barcelona tendrás una Sagrada Familia made in China. Lo mismo con la Torre Eiffel o el Empire State. El kitsch se ha globalizado. Antes era europeo. Ahora el mundo entero se ha vuelto kitsch.. El mundo entero pero también nosotros mismos: como individuos nos hemos vuelto ‘kitsch’. Incluso habla del ‘homo kitschicus’ como nueva especie. ¿Es preocupante que el ‘kitsch’ se infiltre en todas las esferas, desde la más íntima hasta la propia arquitectura de las ciudades?. Lo preocupante es cuando adquiere un tamaño gigantesco. Hoy vivimos en una civilización del hiperkitsch, del megakitsch, del kitsch XXL. Ya no se trata de cosas minúsculas como la bola de nieve con Notre Dame dentro. En China copian barrios enteros de París o Suiza. En Dubai hay pistas de esquí en los centros comerciales: es la ciudad de todos los superlativos, de todos los delirios artificiosos, de todos los excesos de gran lujo, un bosque de rascacielos. Es un kitsch grotesco. Las Vegas también es una ciudad íntegramente kitsch, todo está mezclado: la Torre Eiffel, el templo de César, los canales de Venecia… Nietzsche detestaba el mundo moderno porque decía que no había unidad, que era completamente ecléctico. El kitsch le daba náuseas, como a Flaubert, porque era algo degradado.. Los intelectuales denostaban el ‘kitsch’ por su falta de profundidad y artificialidad. No parece lo mismo hoy…. Los intelectuales como Flaubert y Baudelaire, las clases dominantes y las grandes vanguardias detestaban el kitsch. El arte era lo anti-kitsch: la creación, lo original, el valor, la calidad. Todo el arte moderno se construyó contra el kitsch. Hasta los años 80, el kitsch era una categoría que no interesaba mucho. Es en el mundo del arte donde ocurre una verdadera revolución. Al principio, el kitsch era lo que se rechazaba. Los artistas querían deconstruir, romper los códigos y eso chocaba: los impresionistas fueron rechazados, Picasso destrozaba la unidad del rostro humano, la abstracción y los cuadros de Malevich, Kandinsky o Mondrian eran un horror para la burguesía… El kitsch rechazaba lo comercial y no entraba en los museos. ¿Qué sucede a partir de los 80 y 90? Que las estrellas como Jeff Koons, Damien Hirst o Paul McCarthy se alzan como estandartes del arte contemporáneo y el kitsch entra en los museos, algo inimaginable. En el Guggenheim de Bilbao tenéis una escultura gigante de Koons, un perro de flores…. Sí, ‘Puppy’, todo el mundo se hace fotos con él… Koons también organizó una cena en las salas del mismísimo Louvre con estrellas de Hollywood para presentar su colaboración con Louis Vuitton que, básicamente, consistía en estampar cuadros de Da Vincci o Rubens en bolsos de más de 3.000 euros. ¿Los museos han sido cómplices del triunfo del ‘kitsch’?. Más que cómplices han sido los artífices. Antes el kitsch existía pero era despreciado. Ahora se glorificaen los grandes museos. Es un cambio increíble glorificar el mal gusto. Comenzó con Andy Warhol, fue un precursor: toma productos de la civilización del consumo, como el póster de Marilyn Monroe o la sopa Campbell’s, y los convierte en arte. Duchamp no lo aceptaría, porque él cogía objetos simples, como la rueda de una bicicleta o un urinario, pero que no eran comerciales. Con Warhol lo comercial se vuelve digno del arte. Todos los puntos de referencia cambian, porque el arte moderno nació contra lo comercial. Ahora hay un matrimonio entre lo comercial y el gran arte, la alta cultura, cuando antes se reservaba a la baja cultura. Incluso en el mundo del lujo… Citabas a Louis Vuitton, pero ¿y Balenciaga? Con Demna se vuelve el gran exponente de lo kitsch, con un bolso de patatas fritas de 2.000 euros. Convierte un objeto sin valor, de usar y tirar, en uno de lujo.. Sin embargo a los jóvenes, y a los que no lo son tanto, les encanta. ¿Por qué atrae tanto la estética ‘kitsch’?. Porque no parece algo serio… Se integra en la lógica hedonista, cool, sin pretensiones. Y también es fácil. Lo kitsch obedece a un mensaje simplificado, que no exige esfuerzo. Además, es divertido.. ¿Las redes socialesy la tecnología han sido un factor clave en esta explosión del ‘kitsch’?. Completamente. Ha sido una forma de expansión del dominio del kitsch, como diría Houellebecq. Porque, ¿qué hace la gente ahora en las redes sociales? Fotos… Vivimos en una orgía de fotografías. Todo se fotografía:lo que comes, lo que tienes encima de la mesa, el bar donde estás… Lo trivial se convierte en un objeto para comunicar. Se trata de un proceso de afirmación y teatralización de uno mismo dirigido por una lógica radicalmente individualista.. ¿Qué papel juegan los ‘influencers’ como embajadores de este ‘kitsch’ ultrarápido y tecnológico?. El tuit, los emoticonos y el selfi componen un nuevo lenguaje simplista, al alcance de todos, que permite poner en escena lo más banal de la vida cotidiana de cada uno para transformarlo en relato y compartirlo con los demás. Entre los influencers hay de todo tipo y no todos están en la categoría del kitsch lúdico, muy presente en el mundo de la moda y el lifestyle de las estrellas estadounidenses, como las Kardashian…Es el kitsch de los peinados increíbles, los retoques faciales para parecerse a una Barbie, etcétera. Sin embargo, cada vez hay más influencers que, lamentablemente, difunden noticias falsas de extrema derecha o teorías conspiranoicas. El mundo de los influencers está muy fragmentado. También políticamente.. De hecho, el ‘kitsch’ ha sido un instrumento retórico de propaganda política, ya sea en el fascismo, el comunismo o en las modernas democracias parlamentarias, escribe en su libro. ¿El ‘kitsch’ conduce al populismo?. Estalinismo, fascismo y nazismo fueron grandes decorados, artefactos erigidos para dar ilusión de grandeza y esconder una realidad trágica. En el Mein Kampf, Hitler escribió que «quien quiera ganarse a la masa debe conocer la llave que abre la puerta de su corazón», abriendo la puerta al populismo. Hoy Donald Trump es la encarnación del kitsch en sí mismo: su pelo rubioteñido, sus torres de 30 pisos con nombres ostentosos, su esposa modelo y más joven… Tiene un discurso antielitista y habla en nombre del pueblo siendo él multimillonario. Luego existe un kitsch monárquico perfectamente encarnado por la reina Isabel con sus atuendos pastel, sus sombreros, su sobriedad… Pero no era ridícula, al contrario, representaba una tradición y unos valores que remitían al pasado, con toda su pompa pero inspirando respeto. Por eso la mayoría de los ingleses quieren su monarquía: la reina nunca intentó socavar la democracia británica. Trump sí lo hace, no respeta las tradiciones liberales estadounidenses, las detesta. Quiere conquistar a las masas y tal vez destruir la democracia liberal americana o, al menos, domesticarla. Y está fascinado por Putin porque es un autócrata.. En el libro también escribe que lo ‘kitsch’ no se muestra en ningún otro lugar con tanto brillo y exceso como entre los travestis, ‘dragqueens’ y personas ‘queer’. Incluso habla de un «proceso de reconocimiento, legitimación y consagración social de las desmesuras transgénero»…. Es un kitsch ya llevado al exceso de transformar el cuerpo físico. Las dragqueens y el queer extremo lo reivindican como tal: el exceso, lo demasiado. Es una especie de campirónico que muestra un cambio completo respecto al kitsch histórico. Era de mal gusto, pero para las personas cultas. Mientras que las dragqueens no lo ven como mal gusto sino como una especie de hiperbarroco. Es un juego con la apariencia, el exceso, la demostración, una categoría estética que puede no gustar pero que en realidad es un poco como la ópera…. Filosóficamente, en la Grecia Antigua se buscaba el punto de mesura, el ‘mden ágan’ (nada en exceso). Tres mil años después, estamos en el extremo opuesto: el exceso. ¿Cree que podría haber un punto de colapso?¿Un retorno a la sobriedad?. No lo creo. Para responder a la pregunta hay que ver cuál es la función del kitsch, para qué sirve. El kitsch se encarna en el universo del consumo. Yel consumo, en gran parte, es una terapia. Si estás deprimido, vas a comprar cosas, cosas sin valor. Si quieres olvidar o desconectar de los problemas del trabajo, te pones Netflix. El kitsch te ayuda a olvidar y desconectar. Vivimos en un mundo cada vez más difícil porque hemos perdido los puntos de referencia, todo cambia constantemente. Aunque antes pudiera haber miedo existían ámbitos donde la tradición aportaba un orden. En un mundo de ansiedad, hay una necesidad de respirar. Algunos lo encuentran en la meditación, el zen, el yoga… Otros ponen La isla de las tentaciones y se relajan. Porque te hace olvidar el horror del mundo. No podemos ver todo el tiempo imágenes de Gaza. El kitsch no va a desaparecer, se va a reinventar. Hay muchos tipos de kitsch. Lo de Almodóvar no es un kitsch estúpido, hay una profundidad. Tal vez no te guste Falete pero…. Perdón, ¿ha dicho Falete?¿Conoce a Falete en Francia?. [ríe] ¡Oh, sí!Siempre que lo digo en España la gente se sorprende… Me dicen que es horroroso pero me parece divertido. Condenar el kitsch es una actitud intelectualista excesiva. La ética griega es la ética de la sabiduría: magnífica, soberbia. Pero es invivible y los mejores sabios griegos decían que era un ideal hacia el que tender. Los seres humanos tienen pasiones… Mira el mundo contemporáneo: está gobernado por un presidente kitsch, capaz de decir que llueve cuando hay sol. Pensábamos que el progreso de las ciencias y de la técnica traería la razón. Pero es justo lo contrario. El kitsch nos hace olvidar, pero no necesariamente de manera estúpida.. Al final del libro,no condena el ‘kitsch’, incluso lo salva. ¿Por qué no hay ni que demonizarlo ni glorificarlo?. . Hagamos un experimento mental: ¿un mundo sin kitsch sería mejor, más deseable? No estoy seguro. Habría que tirar a Almodóvar…. No, por favor.. …y a Jean Paul Gaultier y los musicales americanos que han hecho soñar a la gente y a Joséphine Baker que canta con sus plátanos… Aún así, me niego a hacer la apología del kitsch porque la publicidad ya lo hace muy bien. Vivimos en un exceso de kitsch, pero es una categoría estética que tiene su lugar. Imagínate un mundo solo con filósofos… ¡Sería un horror, una pesadilla! Todo triste, conceptual, abstracto, frío. El kitsch es colorido, variado, excesivo, divertido… De vez en cuando, necesitamos a Falete.
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