En ‘Tinta y sangre’, novela escrita entre sus dos grandes obras, la Nobel surcoreana explora cómo podemos sobrevivir en un cosmos regido por el dolor, recurriendo al arte, la memoria, los afectos y la búsqueda de la verdad Leer
En ‘Tinta y sangre’, novela escrita entre sus dos grandes obras, la Nobel surcoreana explora cómo podemos sobrevivir en un cosmos regido por el dolor, recurriendo al arte, la memoria, los afectos y la búsqueda de la verdad Leer
A la imaginación humana se le dan mal las magnitudes extremas: se extravía en ellas, de lo infinitesimal a lo desmesurado. Una cifra recorre los márgenes de la última novela traducida de Han Kang (Gwangju, 1970) como un talismán o una advertencia: 10³ segundos, el tiempo de Planck, el primer latido del universo, cuando todo cabía en un punto y no existían aún ni el espacio ni el tiempo tal como los conocemos.. Traducción de Sunme Yoon. Random House. 312 páginas. 22,90 € Ebook: 10,99 €. En apariencia, Tinta y sangre cuenta una investigación: una dramaturga, Lee Cheonghee, se niega a aceptar que su amiga, la pintora Seo Inju, se suicidara al volante en un paso de montaña nevado, como sostiene un crítico de arte empeñado en convertir su muerte en un gesto romántico que encaje en la narrativa del mercado. Pero la trama es menos una novela negra que un tratado sobre la luz y la sombra. La astrofísica no es aquí un adorno, sino la escenografía de un trauma: una forma de medir lo que queda de nosotros cuando el lenguaje convencional se quiebra, obsesión recurrente en Han Kang.. En el segundo capítulo -titulado «El tiempo de Planck»-, la autora nos lleva a la adolescencia de Inju, cuando su tío Lee Dongju -un artista enfermo de hemofilia que tuvo que abandonar la física por la pintura- le enseña un libro sobre Rothko y le explica que el universo entero nació en esa fracción de segundo inconcebible. Casi sin transición, Kang equipara ese origen cósmico con otro: la concepción de la propia Inju, una célula invisible que se divide y se expande, el mismo verbo —expandirse— para el Big Bang y para el comienzo de una vida. Es una declaración de intenciones: lo inmenso y lo íntimo van a ser una sola cosa.. Tinta y sangre se escribió entre 2006 y 2010, entre la rebelión somática de La vegetariana (2007) y la herida social de Actos humanos (2014). Pero si en aquellas el conflicto es biológico o político, aquí es estrictamente ontológico: la novela explora cómo sus personajes intentan sobrevivir en un cosmos regido por el dolor, recurriendo al arte, la memoria, los afectos y la búsqueda de la verdad.. A medida que Cheonghee investiga la vida de su amiga se ve impelida a desenterrar la suya propia, la de una mujer sola que sobrevivió a una relación destructiva, que intentó quitarse la vida y que convive con un duelo interior: «Nunca se lo conté a Inju. No le dije que perdí tres bebés. Que todos murieron en mi vientre. Que uno de ellos aguantó hasta el séptimo mes». Cheonghee vive de traducir, oficio en el que el sentido siempre es provisional, y lleva años ocultando su voz. Su investigación se convierte en una prospección de dos vidas que se reflejan y se desconocen.. El centro gravitacional es Dongju, el tío de Inju. Aunque su hemofilia lo obligó a abandonar la física, la ciencia no lo abandonó a él. Se refugia en una técnica pictórica que bebe de la mecánica de fluidos, la capilaridad de la tinta sobre papel hanji. Una mancha del tamaño de la palma de la mano tarda entre diez días y tres meses en alcanzar su forma definitiva, pues sus fibras actúan como vasos capilares. Es Dongju quien descubre a Inju la obra de Rothko -los rojos incandescentes, los negros de sus últimos años, la esponja en lugar del pincel- y quien le enseña que la enfermedad y la creación pueden correr por el mismo cauce: la sangre que no coagula como equivalente de la tinta que se expande sin control. Cuando al final descubrimos que Inju, en sus últimos años, había vuelto a trabajar con la misma técnica reproduciendo las estrellas blancas de su tío muerto, el círculo se cierra.. Los diez capítulos llevan títulos de inspiración científica -«La paradoja del cielo negro», «La cara oculta de la luna», «Luz primordial»- y cada uno quiere iluminar un aspecto de la experiencia humana. «La cara oculta de la luna», que es también el nombre de la serie de lienzos de Inju, define la incomunicación radical: toda persona posee una zona de sombra donde la herida permanece lejos de la mirada ajena. Pero la acumulación de capas —la astrofísica, Mahler, el mundo del arte, el alcoholismo, el teatro— produce a veces saturación. Han Kang no siempre confía en que el lector haga sus propias conexiones, y el registro emocional es monocorde: grave, doliente, susurrado de principio a fin, sin una grieta de humor o de ironía. Comparada con La vegetariana, esta es una novela de transición donde la autora acumula materiales en lugar de destilarlos.. El título original -cuya traducción literal sería Sopla el viento, vete- no es una invitación a dejarse llevar, sino un imperativo: avanza pese a las inclemencias. Es lo que hace Cheonghee, arrastrarse fuera de la autodestrucción, no porque haya encontrado respuestas, sino porque seguir respirando en un universo indiferente es, a su manera, un acto de desobediencia. Que esa obstinación baste para sostener las trescientas páginas de la novela es otra cuestión.
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