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El escritor alavés Ignacio Aldecoa murió el 15 de noviembre de 1969 a los 44 años, en mitad del talento (expresión de Manuel Vicent). Por entonces irrumpía la literatura del boom desde Latinoamérica, suntuosa, rica en flúor y ríos navegables, en selva y mosquiteras. Aldecoa era mucho menos espectacular. Manejaba un español riquísimo, poético, recio, sensible, preciso. De aquel grupo de escritores socialrrealistas de finales de los años 50 ( Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, el Juan Goytisolo de La resaca, Alfonso Sastre o Jesús Fernández Santos) fue el de existencia más breve y el de prosa más ancha. Durante años su obra ha estado en un olvido rocoso. Sólo por El fulgor y la sangre o Gran Sol o Los pájaros de Baden Baden o Con el viento solano tendría que estar encuadernado en todas las casas de España. Ignacio Aldecoa es un escritor necesario.. Cayó fulminado en casa de Domingo Dominguín, en sábado, antes de marchar juntos a un tentadero. Estaba buscando nuevos dominios para la escritura y tanteaba la opción de hacerlo sobre el asunto de los toros. Aldecoa fue un maestro también del relato. Con el tiempo, cuando quedan pocos testigos de aquel hombre seco y moderno, sólo queda la literatura para celebrarlo. Aldecoa ha pasado de olvidado a enigma por revelar y a asombro. La Biblioteca Nacional le dedica una estupenda exposición: Ignacio Aldecoa. El oficio de escribir. (Hasta el 14 de junio). De vivir aún, el año pasado habría cumplido 100. Le faltaron 56 para cruzar el siglo. De Aldecoa se acuerda poca gente, aunque sea un narrador tan estimulante. Sólo por Gran Sol habría que ponerle su nombre a un trozo de mar, a un puerto pesquero, a un nudo de red marinera.. Esto sucede con frecuencia: vamos descubriendo (cada generación las suyas y los suyos) a creadores que en su tiempo quedaron fuera de juego, echados a la cuneta por los caminos. Y entendemos que por ahí hay un camino. Una expresión renovada. Puede que las estructuras literarias de Aldecoa estén algo oxidadas ahora, pero por debajo de su escritura (y sobre todo por dentro) hay un idioma contando algo con formidable expresión. Como a sus compañeros de tertulia en el Café Comercial, le daba duro al chato de vino dispensado en mostradores de estaño mojado. En las mejores ocasiones podía llegar un whisky con sabor a ramaje. El día de su muerte fue uno de esos raros en los que no había bebido, dicen. Más o menos como le sucedió a Fernando Pessoa en Lisboa. Lo que daría yo por descubrir de nuevo a quien escribió lo que ya he leído. Y a quien tanto debo.
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