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Venía de nadar y pasé por la calle de Santa Clara un día cualquiera de este marzo. Un lunes del mismo mes en 1837 sonó en el segundo piso del número 3 de Santa Clara un disparo seco: se suicidó Mariano José de Larra a los 27 años, como las estrellas del rock. Unos minutos, Dolores Armijo le anunciaba el fin de su historia de amor y el joven Larra no pudo soportar el abejeo negro del abandono. Larra vestía levita azul afrancesada, camisa de volantes y jaretas. La pistola era chiquita, de duelo, tipo cachorrillo, con el acero rayado y pavonado, y la empuñadura de madera tallada quizá de nogal. Larra se suicidó y con él arrastró al foso una manera de ser español, de pensar y creer y descreer de España.. He vuelto a visitar otra vez la pistolita en el Museo del Romanticismo, en la calle de San Mateo, 13. Este es uno de los espacios más bellos de Madrid, este museo elegante, reformado, con ecos fabulosos de un tiempo en que el mundo estaba, de otro modo, al borde de todos los vértigos. Larra no era un poeta, pero lo parecía. Nunca hizo carrera burocrática por eso mismo, por la anomalía de alma. Larra fue un escritor de periódicos, un susto de hombre por sus desengaños y melancolías. Todo eso está desplegado en el festivo Museo del Romanticismo, que es el punto y coma de los museos de la ciudad. En la vitrina de la pistolita, pues aquella no sólo es un arma sino un kilómetro cero del desánimo por la combinación del exceso de pasiones y el exceso de lucidez. Utilizó por máscara el seudónimo Fígaro.. De la calle de Santa Clara al Museo del Romanticismo hay un kilómetro y medio caminando. Un paseo extraordinario, aunque Madrid ya no se entera de estas cosas. El recorrido lo hacía Larra a pie con su desencanto de bien vestido, dejándose ver aquejado (pues era famosísimo) por una sucesiva traición de la alegría. Ahora que todo en la vida se destroza porque sí en favor de una frivolidad criminal, permanecen lugares, rincones, cobijos como el de este museo que aloja la pistolita con la que se quitó de en medio Larra. Era un romántico de verdad y no sólo de nómina, y paseaba levemente cogido del brazo de algún amigo que en verdad lo sujetaba un poco.. Me gusta mi Madrid tanto como el que ya no existe. Entre uno y otro tiro hacia delante como quien pasa de la sombra a la luz, según el ánimo. Ahora me acuerdo de Larra porque en su calle creí escuchar un disparo al regresar de la piscina municipal. No existió el disparo, está claro, pero sí la posibilidad de invocar (lejos de la estupidez del día entre evangelizaciones y culpas aztecas) a un hombre de osamenta diminuta, fuera de sitio en su tiempo, agudo, irónico, certero, herido. Y con un museo donde cuelga su camisa con rastros de sangre. Y la pistolita.
Literatura // elmundo
