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En el número 21 de la calle de Hilarión Eslava (Chamberí) existe un museo. Un museo dulce y mínimo. Un museo que aloja rastros vivos de gente muerta. Un museo caprichoso confeccionado a golpe de retales, de objetos, de recuerdos de la vida de los escritores según sus cosas. Un cenicero de Oliverio Girondo, un bolígrafo de Borges, un calentador de pies de Jacinto Benavente, un libro subrayado por Alejandra Pizarnik, dos plumas y dos tinteros de José Hierro, un azulejo de Cernuda, las gafas de Cortázar, un broche aviar de Carmen Conde… El Museo del Escritor. Lo echaron a rodar dos argentinos afincados en la ciudad desde el año 2000, Claudio Pérez Míguez y Raúl Manrique Girón. Y han logrado acumular unas 5.000 piezas de algunas y algunos de los imprescindibles de la literatura en español del último siglo, más o menos.. Quien entra podría decir para sí o hacia fuera aquel verso de Juan Ramón Jiménez: «Qué quietas se están las cosas y qué bien se está con ellas». Porque el patrimonio de este lugar es cuanto a veces se olvida o deshecha o traspapela. Lo inmediato: la pipa, el mechero, los tirantes, un bastón, la máquina de escribir, el puzle de sobremesa, la corbata, el adorno sencillo, la muñeca de trapo, el espejo convexo de Ramón (Gómez de la Serna). Un fetichismo obsesivo y delicado para invocar a quien se admira, de quien se aprendió, a partir de los objetos que tuvo a mano y son un rastro de vida cuando la vida los deja.. La minuciosa labor de Claudio y Raúl es algo más que fervor acumulativo. De los escritores hacen unos parientes a quienes guardan en custodia los objetos y los exponen a la gente por si quieren ver la ceguera de Max Aub o cuánto cabía en el carro de la compra del poeta chileno Gonzalo Rojas. Este es un museo chiquito y generoso. Vale para lo que valen los museos: fijar un fragmento de vida, un puñado de tiempo. Y hacerlo en este caso desde lo minúsculo, lo insignificante, desde la expresión menestral del hombre según sus artilugios o herramientas o utensilios. Una arqueología curiosa.. Pero estos dos hombres hacen más. Fundaron en Buenos Aires El Centro de Arte Moderno y lo trajeron también a Madrid como parte de su expedición. Desde ese batiscafo, con dos sellos editoriales, arman unos libros y artefactos delicados, artesanos, cuidadísimos. Hace nada publicaron la correspondencia entre dos poetas siderales: Tristan Tzara y Vicente Huidobro. Una caja esmerada con las cartas facsimilares cruzadas entre ambos. Qué formidable pasión más de otro tiempo. De otro tiempo mejor.
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