Desde hace tres décadas el irlandés ha convertido a Charlie Parker en uno de los grandes del ‘noir’ actual. En ‘Hijos de Eva’ insiste en una de sus claves: el mal existe, pero también la capacidad de combatirlo Leer
Desde hace tres décadas el irlandés ha convertido a Charlie Parker en uno de los grandes del ‘noir’ actual. En ‘Hijos de Eva’ insiste en una de sus claves: el mal existe, pero también la capacidad de combatirlo Leer
Charlie Parker carga con los muertos desde la primera página de su vida. Antes de convertirse en detective privado perdió a su mujer y a su hija a manos de un asesino, un crimen que lo expulsó de la policía y lo condenó a perseguir durante décadas un mal que rara vez se limita a los culpables de un caso concreto. Ese dolor, lejos de agotarse, ha ido ensanchando una de las sagas más singulares de la novela criminal contemporánea. Desde Todo lo que muere, publicada en 1999, John Connolly (Dublín, 1968) ha convertido a Parker en el eje de un universo donde detectives, asesinos, fantasmas y viejas leyendas conviven con absoluta naturalidad. Una mezcla que desconcertó en su momento a parte de la crítica, pero que hoy distingue una de las voces más personales del género.. En Hijos de Eva (Tusquets), la vigesimotercera entrega de la serie, Parker investiga la desaparición de Wyatt Riggins, un ex soldado vinculado al secuestro de varios niños en México, una trama que se extiende hasta el tráfico de piezas arqueológicas precolombinas y vuelve a demostrar que, para Connolly, el crimen nunca es sólo un crimen, sino una excusa.. «Cuando empecé a escribir, muchos pensaban que era extraño mezclar la novela detectivesca con lo sobrenatural. A mí, en cambio, me parecía lo más natural del mundo, porque soy irlandés, soy católico y crecí rodeado de cuentos de fantasmas, hadas y leyendas», asegura el escritor, conocido además por ambientar buena parte de sus tramas en el continente americano. «Mientras otros escritores de mi país hablan de la tierra, de la religión o de nuestra relación con Inglaterra, Estados Unidos me ofreció un espacio imaginario donde podía juntar todas esas tradiciones».. Esa libertad explica también por qué nunca ha entendido la literatura de género como un simple mecanismo de evasión. Connolly no reniega del entretenimiento, al contrario, lo considera la condición indispensable para hablar de cuestiones mucho más incómodas. «Entretener no es un mala ambición, pero la ficción de género también sirve para contar la realidad, para comprenderla, sin dar sermones al lector. Mis opiniones sobre la justicia social o la política están presentes en todas mis novelas, solo que escondidas dentro de una buena historia. En el corazón de la tradición del detective siempre ha existido una pregunta fundamental: cuál es la diferencia entre la ley y la justicia. Eso sigue siendo lo que más me interesa».. En Hijos de Eva esa reflexión adopta la forma de una investigación sobre el tráfico de menores, inspirada en un descubrimiento fortuito durante un viaje a Argentina. Como suele ocurrir en su literatura, la realidad proporcionó la primera chispa. «Los escritores somos como cuervos, siempre estamos buscando cosas brillantes para robarlas y llevarlas a nuestros libros. Hace unos años visité un museo en Salta que hablaba de un episodio histórico muy doloroso y aquella historia se quedó conmigo durante mucho tiempo. Sabía que algún día encontraría la manera de utilizarla», recuerda. Lo mismo le ocurrió con otra de las tramas de la novela, el contrabando de piezas arqueológicas de las antiguas culturas precolombinas.. «Estaba con mi familia visitando unas ruinas incas en Perú cuando alguien intentó venderme objetos artísticos. Aquello despertó mi curiosidad y empecé a investigar ese mercado clandestino», explica. «Además, siempre he sentido una afinidad entre Irlanda, España y Latinoamérica. Compartimos una tradición católica, un gusto por los mitos y una relación muy particular con lo sobrenatural. Y eso encajaba perfectamente en esta historia».. A pesar de los asesinos, los mercenarios o los monstruos morales que atraviesan sus novelas, Connolly insiste en que el auténtico centro de la saga nunca han sido los villanos, sino quienes sobreviven después de haberlos encontrado. «Es curioso, porque al principio resulta mucho más fácil escribir sobre el mal, pero después de tantos años me interesan mucho más las personas que consiguen seguir viviendo tras chocar con él. Parker fue durante mucho tiempo un hombre dominado por la rabia, pero poco a poco ha aprendido la empatía. Ese cambio me interesa mucho más que cualquier asesino».. Quizá por eso también empieza a pensar en el final de un personaje que lleva acompañándolo más de un cuarto de siglo. «Las novelas de Parker forman parte de mi vida, pero esa historia tiene que terminar algún día. Lo difícil es decidir cuándo», reconoce sonriente el escritor, que está colaborando en la adaptación audiovisual de la saga. Mientras tanto, ha decidido espaciar las entregas del detective para ganar tiempo y explorar otros territorios literarios, entre ellos una novela sobre los Borgia que conectará directamente con España. «Si sólo escribiera novelas de Parker acabaría repitiéndome. Necesito experimentar, probar otras formas de ficción y obligarme a aprender cosas nuevas», afirma. En esa búsqueda también pesa el momento político que atraviesa Estados Unidos, país donde transcurren casi todas sus tramas. «Aún creo que las cosas pueden mejorar, hay que conservar la esperanza. Nunca me ha interesado esa idea de que el mal es inevitable y el mundo está condenado. No escribo novelas para demostrar que nada puede cambiar, al contrario, sin convertir la ficción en un discurso político, creo que las historias pueden recordarnos que siempre existe la posibilidad de hacer el mundo un poco mejor».. Quizá esa sea la singularidad de Connolly. Durante casi tres décadas ha escrito sobre asesinos, fantasmas y lo más oscuro del ser humano, pero nunca ha dejado que el mal tenga la última palabra. «La diferencia entre la ley y la justicia sigue siendo el territorio de mis novelas. Y mientras exista esa diferencia, todavía merece la pena seguir contando historias».
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