Periodista combativa y escritora de prosa lírica, refinada y contundente, la autora, que publica ‘Nazarena’ (Alfaguara), nos recomienda tres novelas muy distintas sobre el dolor, el pasado y la familia Leer
Periodista combativa y escritora de prosa lírica, refinada y contundente, la autora, que publica ‘Nazarena’ (Alfaguara), nos recomienda tres novelas muy distintas sobre el dolor, el pasado y la familia Leer
Narrar el derrumbe del amor. Cuando escribe, Manuel Vilas se confiesa, se desuella, se muestra, se expone, se lastima, se conmueve y nos conmueve. Lo hizo en Ordesa, también en América y España. Pues su más reciente novela, Islandia encaja con naturalidad en ese territorio emocional. La novela parte de una frase devastadora -«Ya no estoy enamorada de ti»- y desde ese instante construye una narración que no relata el amor, sino su derrumbe. Como en sus libros anteriores, Vilas convierte la experiencia privada en una forma de mito doméstico: el desamor no es solo una ruptura sentimental, sino una caída, una grieta que obliga al narrador a revisarse por dentro. Hay aquí esa intensidad emocional que ya nos ha demostrado: una escritura que no teme el exceso, que bordea el sentimentalismo y, precisamente por eso, alcanza momentos de verdad desnuda.. La novela funciona como viaje interior -y también como desplazamiento físico- donde el paisaje frío y remoto dialoga con la intemperie afectiva del protagonista. Vilas vuelve a su territorio habitual: la memoria, la identidad herida, la necesidad de reconstrucción tras la pérdida. Su prosa mantiene esa cadencia casi poética, insistente, reiterativa a veces, que puede resultar arriesgada pero que construye una música reconocible.. Si algo confirma Islandia es la coherencia de un proyecto literario basado en la exposición emocional extrema. Vilas escribe desde la fractura y convierte el dolor en relato. Como he señalado al hablar de él en otras ocasiones, su literatura busca una redención posible a través de la palabra. En esta novela, esa redención no es luminosa: es apenas un aprendizaje de la soledad. Pero es, sin duda, profundamente humana.. El peso de la Historia en las vidas privadas. Koljós es un ejercicio de arqueología familiar. Parte del encuentro entre los futuros padres de su madre y se adentra en un pasado marcado por guerras, exilios y fracturas culturales. La joven germano-rusa protagonista procede de un linaje aristocrático derrumbado por la Revolución y el estalinismo, mientras su pareja representa la Francia burguesa de posguerra. Ese choque permite a Carrère explorar la Europa convulsa del siglo XX: migraciones forzadas, pérdida de identidad, pobreza de los apátridas y peso de la historia sobre las vidas privadas. La suya incluida.. El título, referencia a las granjas colectivas soviéticas- simboliza el trasfondo político que configura la biografía de su familia. No es solo un lugar, sino un sistema que determina destinos y fractura genealogías. La novela conecta ese paisaje histórico con el presente del escritor, que reconstruye la vida de su madre para entender su carácter y su aspiración a ser reconocida por Francia. El argumento se sitúa en el marco de la historia europea del siglo XX, donde identidad, memoria y afectos quedan unidos. El camino de ascenso está marcado por el punto de vista de Carrère: él es el macizo donde ocurre esta exploración.. A Carrère el yo le resulta tan natural como familiar. Para él, la novela es aquello que se pone al servicio de una exploración. No entiende que «a un autor se le reproche hablar de sí mismo», ni que se discuta si una obra es ficción o no ficción. «La novela es algo increíble, porque no tiene una definición. Cuando cuentas algo sobre la vida, se acerca más a la no ficción. Esa es la ventaja de la realidad: la libertad de lo que hacemos con ella», explica. El yo es su territorio, la ladera por la que avanza o la cima a la que se sujeta con la escritura. Le basta su circunstancia.. La memoria íntima convertida en pantalla. Los ilusionistas es la mejor novela de uno de los narradores más elegantes de la literatura española contemporánea. Nada sobra. Está escrita con lo esencial. El relato se articula en torno al intento del narrador por comprender la relación entre sus abuelos, marcada por la ambición, el desarraigo y la desigualdad simbólica, y de examinar cómo la figura de Gonzalo Torrente Ballester -como creador, como patriarca y como mito literario- condicionó a sus hijos y nietos. Qué se hereda o a quién se desposee es la pregunta más honda de este libro.. El argumento avanza mediante la reconstrucción fragmentaria de una vida dedicada en gran medida a la literatura y al reconocimiento público, frente a otra vida -la de la abuela- relegada a un segundo plano, sostenida con sacrificios y renuncias. Torrente Ballester influyó en la vida de cada uno de sus cuatro hijos, a quienes Giralt dedica sendas narraciones. En Los ilusionistas amor y devastación se dan la mano. El tratamiento narrativo convierte esa asimetría afectiva en un eje central del libro y su mayor acierto estructural. Mucho más que una novela familiar, es un bastidor en el que cada personaje eclosiona y se transforma hasta conmover a quienes los ven transformarse desde fuera.. El valor estilístico es absoluto. Lenguaje y estructura ponen en pie una catedral literaria. La prosa recoge y desvía la presión vital de los personajes. La nervadura del estilo soporta el peso. Ofrece al lector el tiempo necesario, sin obligarlo. Giralt estiliza la novela familiar a la vez que convierte la memoria íntima en una pantalla mucho más grande sobre la cual el lector puede proyectar sus propias grietas. Es un libro inusual e inesperado en unos tiempos editoriales reacios a la lentitud y la profundidad. Se comporta como un clásico contemporáneo.
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