La heterodoxa autora publica ‘Escribir como si ya hubieras muerto’, un díptico donde narra su intento de escribir un ensayo sobre el artista Hervé Guibert. «Pienso en el lector, pero no vivo para hacerle feliz» Leer
La heterodoxa autora publica ‘Escribir como si ya hubieras muerto’, un díptico donde narra su intento de escribir un ensayo sobre el artista Hervé Guibert. «Pienso en el lector, pero no vivo para hacerle feliz» Leer
Escribir como si ya hubieras muerto (La uÑa RoTa) nació de la imposibilidad de ser escritor: Kate Zambreno (Illinois, 1977) tenía un contrato editorial para un libro sobre el escritor y fotógrafo francés Hervé Guibert (1955-1991), fallecido por complicaciones relacionadas con el sida. Zambreno estaba en el noveno mes de su primer embarazo, Donald Trump acababa de ganar las elecciones y ella no daba con la forma de narrar. «Al leer el libro de Enrique Vila-Matas sobre Sophie Calle [Porque ella no lo pidió], que tenía dos partes, pensé que podría hacer lo mismo: un libro que fuera primero una novela corta y luego tuviera una segunda que fuera más como de cuaderno de notas». Esa estructura en dos estaba también presente en su libro anterior, Derivas (La uÑa RoTa, 2023), con el que tiene muchos puntos en común. «Derivas iba a tener cuatro partes y acabó teniendo dos. Me atrae cómo un lector puede acercarse al espacio de un libro y maravillarse con la tensión o la relación entre las diferentes partes», explica Zambreno al otro lado de la pantalla.. Traducción de Montse Meneses. Dibujos de Clara Sancho. La uÑa RoTa. 228 pp. 22 €. Atiende la videollamada desde Nueva York, con una gorra verde grisácea que le tapa el pelo, pero no los ojos, y mueve las manos con decisión. Habla de su gusto por los dípticos, de que su primera novela, O Fallen Angel (2009), estaba inspirada en Francis Bacon, y de cómo su trabajo se alimenta también de las artes visuales: fotografías de Peter Hujar, collages, las películas de Chantal Akerman, Manet, Velázquez… «Creo que es porque crecí en un entorno muy católico, en los suburbios de clase media-baja a las afueras de Chicago, y salvo por las vidrieras, la belleza de los libros de confesiones o la visita anual al museo de arte de la ciudad, no crecí rodeada de arte. Mi pareja, que es crítico de arte y pintor, y yo, tenemos eso en común, y creo que lo buscamos tanto porque crecimos sin ello».. Como decíamos, Escribir como si ya hubieras muerto tiene también dos partes, la segunda casi el taller de escritura de la primera, Desaparición, que combina el estudio sobre Al amigo que no me salvó la vida, libro de Hervé Guibert donde habla del sida como enfermo y cuenta también la muerte y agonía de Foucault, con el relato del distanciamiento de la narradora (Zambreno) con una amiga de internet. Al amigo que no me salvó la vida hizo tremendamente popular a Guibert. En Apostrophes, en 1990, Bernard Pivot interrogó a un Guibert ya enfermo sobre si tenía derecho a contar la muerte y agonía de Foucault. Esa sospecha cala en la narradora en Escribir como si ya hubieras muerto: ¿está traicionando a su amiga al escribir sobre su amistad?. «La literatura trata sobre el riesgo y la ética, y lo que pasa con la ética es que no hay una respuesta fácil. Escribir puede ser una traición, pero no escribir también lo es. Puede ser una traición a uno mismo. Me crié, como decía, en un entorno católico, rodeada de mujeres que no hablaban de nada de sus vidas, oprimidas, homófobas… Yo era obediente y dócil, eso era lo único que sabía. Siempre he pensado que escribir tiene que ser un riesgo absoluto. Los amigos son muy importantes, pero también tenemos derecho a escribir sobre la verdad de nuestra existencia y, si no lo hacemos, entonces no hay ningún riesgo en escribir».. La fascinación de Zambreno con Hervé Guibert viene de atrás: «A pesar de su masculinidad y su hermosa juventud, de su pertenencia al círculo íntimo de Foucault y más allá de su trágica muerte por sida y de cómo fue demonizado, veo a Guibert como un artista y un escritor. Y me sentí muy cercana a él, al menos en cuanto al por qué escribía y a qué escribía. Cercana a cómo su proyecto de diario alimentaba su obra», apunta.. La escritora en su casa de BrooklynHeather Sten. Eso no implica que no vea las sombras: «Guibert también es muy complicado para mí, con esa especie de pedofilia de moda entre ese grupo de intelectuales franceses, por cómo trataba a las mujeres, especialmente a sus amigas mujeres. A veces, se interpreta mi libro como adoración hacia esos escritores hombres, pero es mucho más espinoso que eso. Es ventrilocuizarlos: convertirme en ellos. Es también saber que nunca se me permitiría entrar en su círculo. Para mí es, en gran medida, una actuación. Necesitaba escribir este proyecto para entender a Guibert».. La escritora y crítica literaria vive en Nueva York con su pareja y sus dos hijas. Da clase en la universidad -va a tener que enseñar Beloved, de Toni Morrison- y sufre la precariedad y la brutalidad del mercado inmobiliario. «Soy madre, trabajo en mil cosas a la vez, mil empleos y encargos: Nueva York es una ciudad en la que se sobrevive trabajando sin parar», explica. «Cada vez es más difícil para un escritor literario ganarse la vida como escritor. Aquí es imposible, absolutamente imposible. Pero si dejas eso de lado y dices: ‘Solo quiero poder continuar y encontrar a alguien que me publique’, entonces es posible», razona la autora.. «Antes pensaba que ser escritora era algo enorme, pero ya no creo que seamos más importantes que los demás». «He pasado por varias crisis. Cuando me mudé por primera vez a Nueva York, hace 12 años, y firmé el contrato para Derivas con una editorial grande -es gran parte de la tensión del libro: no querer escribir una obra comercial, no saber cómo escribir una novela que la gente considerara una novela- pensaba que ser escritora era algo enorme, que era lo más importante. Ahora no. Soy escritora, sí, y es muy importante para mí -es un proyecto espiritual, estético, político e intelectual-, pero ya no creo que los escritores sean más importantes que otras personas. Creo que la vida cotidiana es mucho más importante que la escritura».. Y sin embargo, escribe: «Es mi alegría, ese tiempo que robo a todo lo demás que se supone que da forma y regula nuestras vidas. Y para mí eso es escribir. Me siento y escribo en mi pequeño cuaderno en el tren. No es que sea importante, sino que lo necesito para sobrevivir. Es mi alegría y mi alivio, como mis hijos», bromea. La segunda parte de Escribir como si ya hubieras muerto tiene un aire precisamente de cuaderno de notas, como si mostrara el material bruto para la primera parte: es fragmentario, la extensión es variable y muchas veces se alude al poco tiempo del que dispone para escribir, con esa idea de tiempo robado a las obligaciones. Juega también con el diario y ahí se cuela la rutina diaria, el embarazo del segundo hijo, la inestabilidad laboral o la lucha constante con el tiempo. Por ejemplo, en el fragmento titulado «Noches insomnes» -saludemos a Elizabeth Hardwick-, destacan estas líneas: «Como máximo tengo quince minutos para escribir este pasaje. No será alta literatura. Anunciará, tal vez, que hoy he existido».. Con respecto al mercado editorial, Zambreno lo conoce bien tanto como escritora como desde la perspectiva de crítica: «La industria editorial estadounidense es ahora muy mediocre. Está obsesionada con los beneficios. Si algo no se convierte en una serie de televisión o en una película, es como si no existiera. Vivimos en una época de monocultura editorial. Aún se siguen creando obras increíbles y arriesgadas, pero lo hacen al margen. Hubo un tiempo, en los años 80 y 90 y a principios de los 2000, y también cuando yo empecé, en el que algunos escritores independientes eran publicados por editoriales más grandes, pero eso está desapareciendo ahora».. En España, además de Derivas y este nuevo libro, La uÑa RoTa publicó Mi libro madre, mi libro monstruo en 2022 y está traduciendo el libro más reciente de Zambreno, The Light Room (2023), además de Heroines (2012). Entre los ya traducidos hay un cierto aire de serie, como si formaran parte de una especie de obra en marcha. «Los veo como parte del mismo proyecto sobre la precariedad del tiempo, la modernidad de la ciudad, la maternidad, el cuerpo. Escribí dos libros gemelos sobre dos embarazos sin permiso de maternidad. The Light Room comienza justo donde termina el libro sobre Guibert, un par de semanas después de que naciera mi segundo hijo, en medio de la pandemia. Tuvieron que provocarme el parto dos semanas antes de la fecha prevista porque no tenía a nadie que cuidara a mi otro hijo y mi universidad no me permitía tomarme ni siquiera una semana libre, o hubiera perdido todas mis clases», recuerda la escritora. «Esa es la brutalidad de todo eso. Se asume que hay permiso de maternidad y resulta que Estados Unidos es uno de los peores países en Occidente en relación a las bajas de maternidad y la gente no lo sabe».. En los libros de Zambreno, más que el lector, aparecen los interlocutores: escritoras colegas con las que comparte su trabajo; con Sofia Samatar, la de Derivas, coescribió Tone (2023), y Samatar a su vez incluyó las cartas en su libro Opacities (2024). «Pienso en los lectores, pero no vivo para ser autora ni para hacer feliz al lector. Estaba pensando en que todos estamos solos. En esta intensa soledad sentimos nuestro intenso mundo de fantasía o nuestro intenso mundo de pensamientos y sentimientos», reflexiona. «Algunas personas dicen que el amor es un sistema compartido de soledad, pero para mí escribir es una forma de tomar esta intensa soledad e intentar convertirla en algo compartido».
Literatura // elmundo
