La escritora estadounidense publica ‘Las cinco heridas’, una novela hermosa y moral ambientada en Nuevo México que explora el poder de la redención y la complejidad de los vínculos familiares. «Sé que Trump no ha leído mi novela. Quizá si lo hiciera olvidaría su odio» Leer
La escritora estadounidense publica ‘Las cinco heridas’, una novela hermosa y moral ambientada en Nuevo México que explora el poder de la redención y la complejidad de los vínculos familiares. «Sé que Trump no ha leído mi novela. Quizá si lo hiciera olvidaría su odio» Leer
Al inicio de Las cinco heridas (Nórdica), la primera novela de la escritora estadounidense Kirstin Valdez Quade (Albuquerque, Nuevo México), un hombre se prepara para interpretar a Cristo en la recreación de la Pasión durante la Semana Santa de un pequeño pueblo del norte de Nuevo México. No parece el candidato más adecuado para la redención: Amadeo Padilla es un alcohólico desempleado, incapaz de asumir sus responsabilidades como padre y atrapado en una relación de dependencia con su madre. Sin embargo, ese gesto inicial, un hombre fracasado que se ofrece para encarnar a Cristo, contiene ya toda la ambición moral y narrativa de la novela.. Porque el libro, publicado originalmente en 2021 y saludado por la crítica estadounidense como una de las grandes revelaciones literarias de los últimos años, no es sólo la historia de una familia disfuncional, sino también el retrato de una comunidad, de un territorio y de un país que rara vez ocupa el centro de la ficción estadounidense contemporánea. A lo largo de un año, desde un Viernes Santo hasta el siguiente, la autora sigue los pasos de tres generaciones de la familia Padilla mientras se enfrentan a un cúmulo de pruebas cotidianas: la llegada inesperada de un bebé, una enfermedad terminal, la precariedad económica, la tentación constante de repetir los errores heredados.. Traducción de Blanca Gago. Nórdica. 536 páginas. 26,95 € Ebook: 14,99 €. Como explica su autora, la novela nació, en realidad, de un relato anterior. «Después de que el cuento se publicara, quien ahora es mi editora me escribió para preguntarme si estaba pensando en ampliarlo hasta convertirlo en una novela», recuerda la autora. «Le respondí que no tenía ningún plan de escribir una novela y que para mí el cuento ya estaba terminado. Pero unos meses después estaba revisando algunos relatos a medio escribir y de repente tuve una revelación: estaba escribiendo sobre los Padilla, sobre un alcohólico desempleado y su relación codependiente con su madre y su hija distanciada. Pensé: ‘Vaya, quizá sí estoy escribiendo una novela'».. Aquel hallazgo le abrió una pregunta que acabaría sosteniendo todo el libro. En el relato original, Amadeo experimentaba una suerte de epifanía espiritual al ser clavado en la cruz durante la representación de la Pasión, comprendiendo que la verdadera redención no estaba en su gesto teatral sino en asumir su responsabilidad como padre. Pero la escritora empezó a desconfiar de esa revelación. «Pensaba que Amadeo tendría esa epifanía, pero no estaba segura de que bastara para provocar un cambio duradero en su carácter», explica. «Al fin y al cabo, cambiar de verdad es difícil. La pregunta que impulsó la novela fue entonces: qué tendría que ocurrir para que Amadeo cambiara de verdad».. La historia que surge de esa duda es una exploración paciente y profundamente humana de la posibilidad -o la imposibilidad- de la transformación moral. Valdez Quade observa a sus personajes con una mezcla de lucidez y compasión, consciente de que el sufrimiento rara vez tiene la forma grandiosa que adoptan los mitos religiosos. «El sufrimiento es cotidiano, es profundamente ordinario», dice. «A veces podemos extraer significado del sufrimiento, pero otras veces es completamente absurdo».. La religión, de hecho, atraviesa la novela como un marco simbólico y cultural más que como una respuesta definitiva. Amadeo, el personaje que más piensa en términos religiosos, se identifica a lo largo del libro con diferentes figuras del relato cristiano, pero las preguntas fundamentales que afronta son las mismas que atraviesan cualquier vida.. «Todos los personajes tienen que enfrentarse a las grandes preguntas que la religión intenta responder: cómo vivimos frente al sufrimiento, la mortalidad, la injusticia; cómo cumplimos nuestras obligaciones hacia los demás; cómo amamos a otros cuando amar parece imposible».. Para explorar ese proceso, la autora decidió que la historia se desarrollara a lo largo de un año completo, siguiendo casi el ritmo litúrgico de la vida de la comunidad. «Muy pronto decidí que la novela se desarrollaría de un Viernes Santo al siguiente», explica. «Me interesaba la idea de cómo puede producirse un cambio real y duradero en una persona, así que un año me parecía el tiempo adecuado: lo bastante largo como para cambiar, pero lo bastante corto como para que el paso del tiempo ejerza presión dramática».. «La literatura no soluciona los problemas sociales y políticos, pero la mejor forma de detener la herencia del dolor es nombrarlo». El escenario de la novela -los pueblos del norte del estado de Nuevo México- tampoco es casual. Se trata de una región marcada por una historia compleja de colonización, mestizaje y desigualdad que apenas aparece en la literatura estadounidense dominante. «Los personajes nacen de un lugar muy concreto con una historia muy concreta», explica. «Pero el legado de violencia y colonialismo que ha marcado el norte de Nuevo México está presente, con formas apenas distintas, en el resto de Estados Unidos. En el fondo, mi novela es la historia de una familia estadounidense».. Esa afirmación adquiere una resonancia política inevitable en el contexto actual del país. Aunque la novela está ambientada durante los años relativamente optimistas de la presidencia de Barack Obama, Valdez Quade terminó de escribirla mientras Donald Trump ascendía al poder instrumentalizando un discurso agresivo contra las comunidades latinas. «Desde su primer discurso anunciando su candidatura dijo de los inmigrantes mexicanos: ‘Traen drogas. Traen crimen. Son violadores'», recuerda. «Esas mentiras llenas de prejuicios son la base del trato horrible e inhumano que vimos con la separación de familias y del aumento del terror contra las comunidades latinas».. La autora no alberga demasiadas ilusiones sobre el poder inmediato de la literatura para transformar ese tipo de discursos. Pero sí cree que el retrato complejo de una vida concreta puede desmontar las simplificaciones ideológicas. «No me hago ilusiones pensando que Trump o sus colaboradores hayan leído mi novela, aunque quizá si lo hicieran olvidarían algo su odio», admite. «Quiero que mis personajes estén plenamente realizados, que sean individuos complejos y no fácilmente descartables o catalogables».. El mundo que describe en Las cinco heridas tiene, de hecho, raíces mucho más antiguas que los debates contemporáneos sobre inmigración. La comunidad latina del norte de Nuevo México procede de una larga historia que combina herencias españolas, indígenas y mexicanas, y que precede en mucho a la formación del propio Estados Unidos.. «El relato de los latinos como inmigrantes está tan arraigado que se olvidan comunidades de origen español que llevan aquí 500 años». «Esta comunidad es anterior a la llegada de los colonos ingleses y holandeses a la costa este», explica. «Sin embargo, el relato de los latinos como inmigrantes está tan arraigado en la conciencia cultural estadounidense que a veces, incluso después de leer mi libro, algunos lectores comentan que abordo ‘la experiencia inmigrante’. No están del todo equivocados, pero la inmigración de la que hablamos ocurrió hace casi quinientos años».. En ese contexto histórico, el famoso «sueño americano» adquiere un matiz particularmente irónico. «El sueño americano siempre ha sido una ficción excluyente», afirma la autora. «Siempre ha sido un concepto pensado para unos pocos y ha habido personas apartadas de ese sueño». Esa exclusión se vuelve especialmente visible en uno de los hilos narrativos más conmovedores del libro: el de Ángel, la hija adolescente de Amadeo, que intenta imaginar un futuro distinto para su propio hijo mientras descubre las limitaciones estructurales de la sociedad en la que vive.. La escritora estadounidense Kirstin Valdez Quade.HOLLY ANDRES. Cuando ella y otras madres jóvenes conocen el sistema de ayudas sociales de países como Finlandia, explica Valdez Quade, «se indignan ante la injusticia de haber nacido en un país donde sus vidas y las de sus bebés parecen valer tan poco». Y sin embargo, la novela no se limita a denunciar esas desigualdades. Su mayor fuerza reside en la capacidad para observar a los personajes con una empatía radical incluso cuando resultan frustrantes o contradictorios.. Amadeo, por ejemplo, es un personaje difícil de querer: egoísta, inmaduro, constantemente tentado por el fracaso. Pero la autora se resiste a reducirlo a una caricatura. «Fue exasperante de escribir, porque es tan autodestructivo y tan dado a la autocompasión…», reconoce. «Pero me importa porque está intentando mejorar».. Ese intento, aunque a menudo torpe o insuficiente, es lo que sostiene la esperanza moral del libro. «No puedo evitar animarlo porque quiere ser un mejor padre y un mejor hijo», dice la autora. «Y porque tiene la esperanza de que puede cambiar». La familia Padilla se enfrenta, además, a una serie de pruebas que nadie parece preparado para afrontar: una enfermedad terminal, la llegada de un bebé, los resentimientos acumulados durante años… Pero precisamente en esa fragilidad reside el corazón emocional de la historia.. El sufrimiento es cotidiano y profundamente ordinario. Sufrir es fácil, amar es mucho más difícil». «Nadie en la familia está preparado para afrontar los desafíos que aparecen», explica Valdez Quade. «Y, sin embargo, como nos ocurre a todos, tienen que afrontarlos igualmente». Esa experiencia no es sólo literaria. La propia autora perdió recientemente a su padre y reconoce que esa vivencia la ayudó a comprender mejor la vulnerabilidad de sus personajes. «Hubo mucho de su enfermedad y de su muerte para lo que me sentí completamente despreparada», recuerda. «Y aun así no había otra opción que estar con él mientras moría y después llorar su pérdida».. La dimensión espiritual de la novela también nace de una experiencia personal muy concreta. Valdez Quade creció en una familia católica donde la fe estaba estrechamente ligada a las relaciones familiares. «Mi experiencia del catolicismo está muy ligada a mi abuela y a mi bisabuela», explica. «Lo que aprendí en esas comunidades fue que tenemos una responsabilidad hacia nuestros hermanos y hermanas necesitados». Esa visión, insiste, conecta con una larga tradición de justicia social dentro del catolicismo. «El mandamiento de amar al prójimo tiene que ver sobre todo con la comunidad, con la aceptación, con la generosidad».. Por eso la redención que Amadeo busca a lo largo de la novela no termina encontrándose en grandes gestos simbólicos, sino en algo mucho más modesto. «Amadeo encuentra finalmente la salvación que necesita no en grandes rituales religiosos, sino cuidando de su madre, su hija y su nieto». La conclusión puede parecer sencilla, pero encierra una convicción profunda sobre la naturaleza humana. «La idea de que el sufrimiento nos eleva es un relato tentador», dice la autora, «pero no me fío de él». En su lugar, propone una alternativa más exigente: «Sufrir es fácil, amar es mucho más difícil». Pero quizá también más transformador.
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