Este año se cumple el 90º aniversario del asesinato del poeta español más celebrado en el mundo y cuya obra y misterio no han dejado de crecer desde su fusilamiento en Granada el 18 de agosto de 1936 Leer
Este año se cumple el 90º aniversario del asesinato del poeta español más celebrado en el mundo y cuya obra y misterio no han dejado de crecer desde su fusilamiento en Granada el 18 de agosto de 1936 Leer
Audio generado automáticamente con IA. Federico García Lorca, sea cuando sea, es una buena noticia. De hecho, si piensas en algunas de las cosas mejores de este país a nadie extraña que aparezca él o alguno de sus poemas, por tantas razones. Como no hace falta Papa para estos asuntos, al poeta lo hemos ido canonizando las sucesivas generaciones por nuestra cuenta, entre el laicismo y la literatura, leyéndolo y cantándolo hasta hacerlo gloria sin altar de la mejor versión de España. De la mejor. En 2026 se cumplen nueve décadas de su asesinato (18 de agosto de 1936) en el paraje de Víznar (Granada) a los 38 años. Lo fusilaron porque sí a la orden del bando franquista, por «rojo y por maricón». Afortunadamente, Lorca fue un tipo expansivo y oscuro que nunca estuvo en su sitio: «Entre los juncos y la baja tarde,/ ¡qué raro que me llame Federico!». Francisco Umbral lo divulgó en un libro estupendo como «poeta maldito». Y lo fue en verdad.. La suerte de los que llegamos después es que Federico García Lorca está en todas partes. Y por eso entendimos a la primera que el asesinato de Lorca (aniversario de ahora) es político y algo más. El poeta era un pecado alegre de los años 20 y 30 del siglo pasado. Un enviado del vicio para aquella burguesía terrateniente (y la otra) de donde procedía, en la que no encontró nunca acomodo y a la que a ratos repudiaba. Federico era el folclore y la extrañeza. La orgía y la tiniebla. La risa y el piano. El poeta en verdad que más triunfa en su generación, la del 27 (acontecimiento social y un poco ideológico), sabiéndose y sintiéndose diferente, atormentado a la manera de Cernuda sin ir más lejos. La diferencia que coronaba a los de la «raza de los acusados», como decía Jean Cocteau. Todos ellos y ellas en el punto de mira de una España rampante, sulfúrica, cerril. A Federico le pegaron varios tiros por la espalda, quizá alguno más. Estas cosas conviene recordarlas sin miedo ni temor a ser inadecuado. El tiempo ha pasado y fuimos a mejor. Mis amigos de la derecha potable repudian aquellos modelos antepasados y mis hermanos de la izquierda serena tampoco se columpian insistiendo con el crimen nonagenario. Sabemos que lo ordenó Queipo de Llano (¿será pertinente asociarlo al fascismo?) y lo que después sucedió. Y sin embargo, qué inmensidad en Federico. Qué fosa común es su memoria. Qué potencia. Qué mundos y surrealismos. Qué lejos de los jipíos que lo celebran. Lorca no es el andalucismo que se ve por fuera, sino lo tremendo que incuba por dentro su muerte y sus poemas.. Los mejores poetas no tienen por costumbre tranquilizar la conciencia de quien los lee. Federico es uno de ellos. El hombre que sonríe tras el ventanuco del camión de La Barraca, imagen descubierta hace poco por el cineasta Manuel Menchón, no es un ciudadano lúdico sino de abrumada leyenda ya entonces. Estaba a cuatro años de ser extraído de la casa del poeta Luis Rosales en Granada por el exaltado falangista Ramón Ruiz Alonso, que lo puso en la rampa del matarile pa’ sus huesos.. Cuando hoy te asomas a los versos de Lorca, tan complejo y plural, sigue estando intacto en furor y en verdad, en ingenuismo y en juguetería, en desafío y en temblor. Parece su escritura un parque abierto todo el día y donde puedes pasar el rato, el mes o la vida. (A lo mejor es una selva incesante y otra vez lo he dicho mal). Sigo creyendo en la poesía y el teatro y el daño de este hombre porque su herida y su palabra no se acaban nunca y a veces dispensan luz y a veces tropiezas al leerlo con la rabia del muerto antes de tiempo.. Federico García Lorca es un poeta extraordinario, de los que hay tan pocos, como lo fue Juan Ramón Jiménez y lo fue Vicente Aleixandre, de quien no se acuerda nadie. Esto es una obviedad. Lo que no parece tan común es aceptar a Lorca como lo que puede ser: un santo que no necesita al Vaticano porque su linaje es del pecado y su poesía aloja infierno y amor por los márgenes, detrás de las vírgenes y los tricornios. Así lanza las palabras más lejos que la vida: escribiendo a contramuerte. Hace ya 90 años. Con nueva película, y asesorados en guion por Alberto Conejero, lo van a invocar hasta Los Javis. «¡Qué raro que me llame Federico!».
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