A través de breves viñetas que transitan del recuerdo íntimo a la anécdota vecinal y la fábula macabra el escritor bosnio Darko Cvijetic narra en ‘El rascacielos rojo’ la historia de Yugoslavia y su crudo desenlace, de la solidaridad de clase a los asesinatos étnicos Leer
A través de breves viñetas que transitan del recuerdo íntimo a la anécdota vecinal y la fábula macabra el escritor bosnio Darko Cvijetic narra en ‘El rascacielos rojo’ la historia de Yugoslavia y su crudo desenlace, de la solidaridad de clase a los asesinatos étnicos Leer
Con el paso del tiempo, la interpretación de un edificio muta: lo que transmite en el presente puede distar mucho de lo que pretendían proyectar quienes lo concibieron. Construido a mediados de los setenta en Prijedor (Bosnia-Herzegovina), el bloque 101 de viviendas de trece plantas que da título a la novela de Darko Cvijetic (Ljubija Rudnik, 1968) encarnó el ideal arquitectónico de la Yugoslavia socialista.. Sus primeros moradores fueron mineros de Ljubija, obreros de fábricas aledañas y profesores de instituto. Una mezcla en cada planta de serbios, musulmanes/bosniacos y croatas -«aderezada con al menos dos familias gitanas»- que condensaba un tiempo glorioso de unión y solidaridad proletaria.. Traducción de Marc Casals y Patricia Pizarroso. Báltica. 121 páginas. 15,90 €. Este heterogéneo «pueblo vertical» fue primero un vibrante monumento a la clase trabajadora para convertirse, con la irrupción de la guerra -que allanó cada apartamento-, en un aterrador «pararrayos mortuorio», un «ataúd recién barnizado». De la conciencia de clase se pasó, a punta de cañón, a conciencia de etnia y nacionalidad. Con gran economía de recursos, Cvijetic despliega, en apenas un centenar de páginas, treinta y dos breves viñetas documentales que transitan del recuerdo íntimo a la anécdota vecinal y la fábula macabra.. La narración fluye entre tres planos temporales que se entremezclan como lo hacen los personajes y las historias: el tiempo de la preguerra, marcado por los juegos infantiles y la convivencia casi idílica; el estallido de la guerra, donde los pasillos y las habitaciones se convierten, al calor del alcohol, en lugares de ejecución («el aguardiente fue el anestésico principal que permitió transformar a los obreros en guerreros, en nacionalistas de los que se abusó brutalmente para que destruyeran su propio país»); y la posguerra, un vacío desolador dominado por un denso silencio («los únicos que han regresado son los criminales de guerra. Se encuentran con aquellos a quienes maltrataron en los campos»).. Al arrojar al lector de una época a la otra sin salir de una misma escenografía, Cvijetic genera en El rascacielos rojo una profunda sensación de fatalidad premonitoria. Y lo hace sin dar rienda suelta a la emotividad: su contención forense nos entrega un documento en cuya concisión está codificado todo el trauma colectivo.. Como ejemplo, los ascensores: el autor les atribuye la marca suiza Schindler, un guiño irónico aplicado al otrora «símbolo de estatus, una señal de civilización» del rascacielos que no tuvo a un Schindler que salvara a los vecinos perseguidos y ejecutados por tener el apellido étnico equivocado.
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