El gran cronista político, escritor, periodista de pasión desbordada y dueño de una biografía extraordinaria muere a los 89 años en Madrid, la ciudad que fue su ‘Samarcanda’ y donde ha dejado huella en más de medio siglo de oficio Leer
El gran cronista político, escritor, periodista de pasión desbordada y dueño de una biografía extraordinaria muere a los 89 años en Madrid, la ciudad que fue su ‘Samarcanda’ y donde ha dejado huella en más de medio siglo de oficio Leer
Ahora sí: llegó el momento del gran disgusto. La felicitación de Año Nuevo que durante décadas dispensaba Manuel Vicent a Raúl del Pozo auguraba el zarpazo. Cada 1 de enero, más o menos a las diez de la mañana, Vicent descolgaba el teléfono, marcaba el número de Raúl (son vecinos de calle) y cuando éste daba saludo, aquel le dispensaba la canción de corrido: «Buenos días, Raúl. De este año no pasa. Uno de los dos palma. Se acerca el momento del gran disgusto». Del Pozo, propietario de una superstición bien cebada, siempre tiraba de la misma defensa: «No me jodas, Manolo, que vamos a vivir hasta los 100. Además, si tienes prisa desaparece tú primero. Yo te guardo el sitio». Raúl del Pozo ha muerto a los 89 años. Nació el día de Navidad de 1936 en La Torre, junto a Mariana, áspera serranía de Cuenca. A los cinco años acudió por primera vez a la escuela y para llegar recorría caminos y sendas escuchando el agua del río, usurpando nidos, cazando pájaros con criba en los nevazos, espiando maquis, saludando con reserva a la Guardia Civil caminera.. Aquel arrapiezo quedó pronto huérfano de madre y del padre lo aprendió casi todo: a sacar la mejor pieza de los melonares, a enganchar las truchas gordas en los remolinos de la corriente, a leer los cagarruteros de los conejos y a curtir las pieles para sacar unos duros. Raúl del Pozo comenzó su alborotada biografía en el campo. Después espigó en las fiestas de los pueblos -«Buenas tardes, señorita, ¿me dice su nombre para pedirle un baile?» … «¿Ya quiere usted mi nombre? Muy rápido va, caballero»-. También en la biblioteca municipal descubrió a Shakespeare y a Quevedo y a Espronceda y a Pío Baroja y a Valle-Inclán. Con la cabeza volada de lecturas en desorden aprendió a chocar las palabras y hacer con ellas alguna fogata. Durante un par de temporadas, después de unos cursos de magisterio (quizá inventados), se ocupó de maestro rural. Entre los alumnos tuvo a Félix Sanz Roldán, hijo de picoleto. Cuando décadas después se reencontraron, aquel chico aplicado era Jefe del Estado Mayor de la Defensa (JEMAD). A Raúl le han ocurrido cosas tremendas cabalgando en todas direcciones. De milagro no ha estado en la cárcel ni se ha muerto antes. Alguien dijo que para contar lo que de él se conoce, lo que oculta por cortesía, lo que se le asigna como propio y lo que nadie puede imaginar, hacen falta tres o cuatro biografías juntas.. Echó el cierre a la carrera docente y se fue al periodismo. En 1960 ingresó en el Diario de Cuenca un poco a lo que cayese. Despuntaba en las crónicas y en ese tiempo armó una primera novela garduña, Hay gorriones en la tumba de Judas, Imprenta Falange (Cuenca). Era 1961. Empieza así: «Esta es una historia de pájaros, de niños y de vagabundos. Una historia que sabe a vino tinto, a piojos de mendigo, a ovejas y a Dios». Escrita con ingenuidad, rabia y amor de campesino, y un poco de poesía de romero. La novela quedó ahí, casi nadie la conoce tampoco ahora. En esas páginas está el Raúl del agro, intuitivo, pícaro, aún levemente sentimental. Al siguiente año se instaló en Barcelona sin saber muy bien porqué. Tardó en llegar dos días desde Cuenca, ganándose el sitio en camiones asaltados con el pulgar tieso del autoestop. Por todo patrimonio tenía 600 pesetas. Alquiló un cuarto en la pensión más camastrona del Raval. Bajó de noche a las Ramblas a olfatear con el hocico en alto como los coyotes y entendió que primero convenía vivir y después ya veremos. Comía de lo que hurtaba. Colaboró en el trile a los guiris. Formaba parte de una peña desarrapada con más hambre que él. Permaneció fiel al territorio, sin cruzar el check point de la Plaza de Cataluña. «De ahí no pasé. No tenía necesidad. La vida estaba en el puerto y en el Barrio Chino. Al menos, la vida que a mí me importaba».. En esos meses sofisticó las mañas del póquer y lo que daba de sí una buena mano. Desplumó a marines de la Sexta Flota y probó la pelea a navaja. Era un Jean Genet sin algarabía de chaperos, aunque salteador de suertes por los mismos callejones. Aquel Raúl borró todas las huellas que dejó a su paso y sólo alguna vez, si la nostalgia le pillaba con el ánimo blando, dejaba a su manera tres o cuatro datos mal resueltos de aquella vida emulsionada entre canutos, vino malo, tascas fuertes, amantes de paso y la púa sucesiva en las inmundas pensiones.. Raúl del Pozo estaba aprendiendo a escribir sin manchar un folio. Pringaba de golfo a jornada completa, pero leyendo cuanto podía en ejemplares que levantaba en las librerías con puestos de calle. Leía también periódicos olvidados y en algún ejemplar deshecho descubrió un artículo de César González-Ruano, el que sea. Aquella fascinación primera lo llenó de prisa por empezar de nuevo. De un día para otro, sin dar aviso a nadie, dejó Barcelona. A Madrid bajó en 1964 en la parte de atrás de una Vespa, después de pie en un tren correo y ya casi en Madrid alojado en el coche de una pareja belga rarísima: «Dos tíos muy siniestros que podían ser obispos, espías o proxenetas de los que entierran cadáveres en los jardines». Y comenzó la fiesta.. Raúl del Pozo junto a Lara Siscar en la última entrevista larga que concedió, en 2022.RTVE. Ligero de equipaje negoció una habitación con derecho a cocina en alguna de las pensiones de la calle de Jacometrezo y salió disparado al Café Gijón, pues todo empezaba alrededor de sus veladores para quien venía a hacerse un sitio en el periodismo y en la literatura. O en la literatura del periodismo. O en lo que sea, pero escribiendo. Aquel primer Raúl a la caza de Madrid era rápido como la sangre. Comprendió que había que hacerse con una silla en el Gijón. Allí paró una tarde de invierno de 1964, se acodó en la barra, escuchó el bullebulle de las tertulias, reconoció a Cela oficiando a lo lejos, a Gerardo Diego con los párpados echados, a Buero Vallejo quieto y cerúleo, al Umbral de antes de Umbral, a Manuel Vicent a punto de estrenarse con Pascua y naranjas. Raúl acampó entre el Gijón y el Teide hasta que apareció César González-Ruano, que iba de mañana a escribir sujetándose la mano (o sujetándose el temblor) y a quien el cerillero le preparaba el escritorio y el motorista le recogía la pieza. «Ver a González-Ruano allí, tísico, fumando, el bigotito perverso, concentrado en el artículo y ajeno al mundo fue mi primer éxtasis. Ya no quise salir más de Madrid. Salir de Madrid es un error. De Madrid sólo salen los que no han logrado nada». Eso decía hasta el final. Con González-Ruano intercambió palabras algunas mañanas. Estuvo en su entierro y al salir del cementerio soltó otra de esas frases que Raúl extrae de cualquier fondo del cuerpo: «Fui con Umbral y al dejar el cementerio le dije que no lo volveríamos a pasar tan bien hasta el entierro de Azorín». Umbral le consiguió el primer trabajo en Eurofoto. También el primer abrigo bueno. Y quizá la primera novia urbana. Raúl empezaba a ser Raúl.. Pero el salto principal sucedió de otra manera. José María García (‘Butano’ le llamaba, como a un hermano grande) frecuentaba también el Gijón, donde el guionista Perico Beltrán pinchaba penicilina en el retrete a los poetas sifilíticos dos días por semana. García, el más leal de sus compadres, era firma primera del diario Pueblo y Raúl quería entrar en aquel casino turbio. Cómo hacerlo. García le dio una clave flaubertiana: «Ofrece una buena historia». Al día siguiente se presentó en la redacción de la calle de las Huertas y dijo al redactor jefe que quería escribir. Tenía la posibilidad de bajar a las alcantarillas de Madrid con unos poceros de Cuenca amigos suyos. De aquel subsuelo extrajo su primer reportaje: Madrid, amenazada por las ratas. Las imágenes son de un fotógrafo cojo. En aquella redacción estuvo casi 10 años protegido por el falangista Emilio Romero. Raúl, a la contra, ya era compañero de viaje de los comunistas de Madrid.. Perfeccionó en Pueblo la técnica del póquer. Tenía un talento montés, una poética desgarrada, un tremendismo serrano cubierto de matojos. Acumuló una fascinación por todas las esferas sociales. Igual duquesas que burlangas. Raúl del Pozo se hizo un prestigio y una primera punta de leyenda cimarrona en aquel Madrid golfo del franquismo. Era un periodista osado (con la valentía de los hipocondríacos y los supersticiosos cuando se desatan), también personaje literario y sugerente. Con Paco Rabal forjó una de las duplas incombustibles de la madrugada. Al final, muy al final de la vida, validó por fin ante un grupo de amigos más jóvenes una de las mejores historias de las cientos de aventuras que lo adornan. Esta es: Rabal y Cayetana Fitz-James Stuart, Duquesa de Alba, se enredaron durante unos meses. Entonces ella ofrecía unas fiestas tremendas en el Palacio de Liria y Rabal invitó a Raúl. Guapo de verde luna y ya con nombre propio en la ciudad, tuvo esa noche con la duquesa su aventura. Al salir de palacio casi de mañana, sin dormir, galopó hasta una cabina de la calle Princesa, llamó al único bar de su aldea, el locutorio del pueblo. Pidió que despertaran a su padre, una conferencia, rápido, ya, venga. El tabernero salió a los gritos por las calles de chinarro, el padre bajó en pijama con angustia porque a esas horas cualquier despertar abrupto suele traer noticia de lo peor, y al llegar al teléfono de baquelita gritó: «¡Raúl, hijo mío, qué sucede, qué te pasa!». Y aquí lo sublime. «Papá, nada malo, sólo quería decirte que he pasado la noche con la Duquesa de Alba en su palacio». Un silencio. Y de golpe una respuesta gloriosa: «¡Eso es triunfar en Madrid, Raulito!».. Emilio Romero, director de Pueblo, le nombró corresponsal y lo paseó por el mundo. Viajó a Cabo Cañaveral para cubrir el despegue del Apolo 11 -19 de julio de 1969- y dar cuenta de los primeros hombres que pisaron la Luna. «Estuve tomando unas cervezas en un puesto que había allí y acabé tan borracho que cuando aquello despegó yo estaba meando de espaldas al espectáculo, así que no me enteré de nada. Le pregunté al fotógrafo dónde estaba el cohete y me dijo: ‘Debe estar ya en la Luna, gilipollas. Hemos hecho miles de kilómetros para que lo escribas y te has dedicado a beber cerveza como si estuvieses en Casa Manolo'». La crónica salió formidable. [Ya estaba casado con la italiana Natalia Ferraccioli: «Tres mujeres han configurado mi vida: mi madre, mi hermana y Natalia». Lo decía mucho ya de viudo]. También pasó un tiempo en París, donde hizo su primer trío y en el café Le Dôme, en Montparnasse, se sentó junto a Sartre y Simone de Beauvoir y brindó con Richard Burton y Peter O’Toole (Raúl no es mitómano, pero le gusta la contemplación de estrellas).. Después se instaló en Londres y conoció al Joaquín Sabina que daba conciertos en el Mexicano-Taberna, donde también cantaba rancheras la periodista Nativel Preciado. Y el 25 de abril de 1974, cuando la Revolución de los Claveles, saltó a Portugal para dar cuenta de la historia y se hinchó a ginjinhas con los soldados rebeldes y con el hoy mítico corresponsal español en Lisboa, Ramón Font. Para entonces colaboraba en secreto con Mundo Obrero (periódico oficial del PCE). Porque Raúl del Pozo fue comunista un tiempo largo y nunca aceptó hablar mal de los camaradas, aunque no escondía la falta de sintonía con Santiago Carrillo, al que en la sobremesa de un almuerzo en el Hotel Palace, junto a Manuel Vicent, Javier Solana y Víctor Márquez Reviriego, lo desafió a duelo. El pope comunista quiso ajustarle una cuenta pendiente delante de los demás comensales: «Raulito siempre está del lado de los que mandan», le dijo. Raúl, que al agravio respondía con un mítico retardo de minutos, analizó en silencio la frase y cuando nadie esperaba ya respuesta soltó a destajo: «Santiago, me cago en tu puta madre. Y además tienes cara de nueve largo». Esto era ya 1983. Tres años antes publicó un libro por el que Manuel Benítez, El Cordobés, le juró venganza: Un ataúd de terciopelo, biografía arbitraria del torero donde cuenta, entre otros disparates, la mañana en que subió con él a la avioneta que el diestro había comprado e hicieron juntos pasadas en vuelo bajo por la Mezquita de Córdoba mientras se fumaban un canuto de hachís.. Raúl pasó una Transición formidable de cronista parlamentario. Había dejado Pueblo (cerró en 1984) y después de Mundo Obrero se instaló en Interviú donde escribía opinión, reportajes y entrevistas. En el Café Gijón era ya un clásico de la Tertulia de los Cómicos, junto a Vicent, Manuel Alexandre, Álvaro de Luna, el juez Clemente Auger, José Luis Coll, José Manuel Cervino, Jesús Chamorro y el pintor Pepe Díaz, entre otros. Conocía las timbas ilegales de mejor pedigrí, las de apuestas fuertes de Chirivito y Omaha, donde reinaba Cabezón de Elche, al que Raúl del Pozo admiraba como a Shakespeare. En este tiempo era ya una de las firmas del mejor periodismo. Una figura estelar. Mantenía la costumbre de golfear y empezó a colaborar en radio con Luis del Olmo, y en algunas televisiones. También hizo textos para el Loco de la Colina. Pasó por El Independiente, donde lo nombraron subdirector unas cuantas semanas. Sus crónicas parlamentarias eran un hecho literario disfrazado de cuchillo, con argot propio y arrojo fuerte. A Raúl le incomodaba hablar de lo suyo. Pero quien más quien menos quería saber quién era, algo dificilísimo. Algunas de las mejores crónicas del proceso de reinstauración de la democracia son suyas. Tomando sus artículos desde el referéndum de la Constitución hasta las últimas columnas en EL MUNDO es posible armar una línea de puntos con la que explicar el proceso democrático de España, los vaivenes, los sobresaltos, los momentos de plenitud y todas las vías de agua de la corrupción. Raúl ha escrito como pocos los últimos 50 años de este país.. En 1991 aterrizó en este periódico fichado por Pedro J. Ramírez. En la página 7 desovó durante años sus columnas, La grada de los leones -así tituló aquella mercancía-. Fue uno de los mejores vademécums del cronismo parlamentario. En los últimos años a veces desplegaba alguna nostalgia de los días feroces del último tramo de los gobiernos de Felipe González y la primera legislatura de Aznar. «Nos pusieron el sobrenombre de Sindicato del Crimen a un puñado de periodistas. Eran tiempos terribles. El Grupo Prisa nos quería arrasar. A mí en El País me odian, me tienen vetado», decía. «Ahora todo aquello me parece una gilipollez. Nos desgastamos para nada, cuando en verdad todos fuimos el mismo hijo de puta, ellos y nosotros».. En los 90 regresó a la literatura con una primera novela negra, Noche de tahúres (1994). Y vendió muchísimo. Recogía las madrugadas perdidas en las timbas de póquer ilegales de Madrid. Un año después, La novia (1995). Y al poco, Los reyes de la ciudad (1996). Tres novelas en tres años. También No es elegante matar a una mujer descalza (1999), con arreglo a las normas y los modelos de lo policíaco, todos previsibles en su imprevisibilidad. La sagacísima agente literaria Carmen Balcells lo fichó para su agencia y lo hizo de oro. Acumularon una amistad singular por la que Raúl llegó a delinquir dulcemente por ella. Estaba Balcells alojada en la clínica Buchinger de Marbella para someterse a un estricto plan de adelgazamiento, allí comía calditos y hojas de lechuga. Uno de los días en que Del Pozo fue a visitarla Balcells lo desafió: «Si me quisieras, mañana vendrías a verme con un bocadillo de jamón». Consideró que no podía fallar a su comadre. Llenó una barra de pan con lascas formidables de 5J y escondido en una bolsa de Gucci pasó la mercancía de contrabando a la clínica. Lo pillaron y después de amonestarle tuvo la entrada prohibida a las instalaciones. «Cómo no iba a hacer algo así por mi amiga Carmen». En la carcajada breve mostraba reluciente la encía.. Su generosidad era imbatible. Tampoco escondía el interés por José María Aznar, a quien defendía con más empeño que fe; cuajó amistad con José Luis Rodríguez Zapatero después de un libro de reunión de artículos, A Bambi no le gustan los miércoles (2003), que presentó en Casa Patas (otro de sus templos en Madrid) y donde diseccionó a Zapatero con una gracia rocambolesca. Decía que Casa Patas fue uno de sus refugios, pero aún más tuvo por segunda residencia el Casino de Torrelodones. Una tarde de sábado, con la pandemia segando gente, confesó que había perdido 3.000 euros a la ruleta en media hora. «La culpa es mía», llegó a reconocer… «A quién se le ocurre apostar en la misma mesa en la que tiraban fichas dos chinos, con lo gafes que son». En madrugadas legendarias de los años 70 compartió vicio con Lola Flores en ese mismo lugar. «Cuando nos quedábamos sin un chavo, Lola hacía uno de sus shows en las escaleras de entrada. Decía gritando: ‘¡Quién me lleva a mi casa, que he tenío una racha mu mala. No tengo un duro, pero voy a ir cantando toda la carrera!’. Los taxistas se peleaban por que entrase en su coche. Así que nos subíamos juntos, se ponía a cantar, me dejaba en Plaza de Castilla y ella continuaba hasta El Lerele, en La Moraleja». Un par de décadas más tarde, Raúl del Pozo fue subdirector junto a Javier Rioyo de un programa indomable que presentaba Lola Flores con su hija Lolita, Sabor a Lolas, donde lo pasó tan bien que no recuerda haber trabajado.. Raúl del Pozo y José María García, en 2018.SERGIO GONZÁLEZ-VALERO. Lo normal es que hubiese muerto varias veces en su loca biografía, pero hasta los 89 años ha preservado la elegancia, la agilidad y el instinto de labriego. Las camisas rosas le quedaban fetén porque le resaltaban el moreno de serie que le crecía en las mañanas de golf. También fue a bordo de un Jaguar negro con los asientos de piel color crema y junto a un chófer gigante al que quiso mucho. Tenía devoción por Carmen Rigalt, las Palomas Segrelles y Chon Gómez-Monche. Reconocía a tres o cuatro maestros, un Guadarrama de amigos, una cordillera de amantes y nunca ocultó el fervor por Camilo José Cela.. Al Gijón dejó de acudir a finales de los años 90, cuando se disolvieron las tertulias legendarias según fueron sucediéndose las tardes de tanatorio de los concurrentes. «Al Gijón no puedo ir porque me entristece. Aquel café que fue mi vida es hoy una morgue. En los espejos del fondo, cuando entro, se me aparecen demasiados fantasmas». Entonces dio un volantazo grande y comenzó a despachar en el Mesón Lucio echando de comer a periodistas entonces veinteañeros. A la sombra de Raúl, cuando todavía fumaba Chesterfield, se conjugaban alevines fascinados, como el hoy corresponsal de guerra Alberto Rojas y otros cuantos, también algún expresidiario. Raúl ejercía un magisterio de hombre desentendido del dinero que jamás daba consejos. Llevaba fajos de billetes arrugados, nunca tarjeta de crédito. Y si esa mañana había tenido fortuna en alguna ruleta pedía Moët Chandon. A la salida de los restaurantes siempre ejerció el mismo ritual: parar los taxis deslizando la mano en el aire dibujando un derechazo.. Aquel grupo improvisado, vitalísimo y adolescente se fue ensanchando y durante 10 o 12 años, a su alrededor, se conformó una tribu destartalada y festiva que aparcaba diferencias y querencias para estar junto a Raúl: Arturo Pérez-Reverte, David Gistau, Manuel Jabois, Eduardo Galán… Una noche de varios vinos, sin más razón que continuar festejando, se constituyó el Premio de Periodismo de Opinión Raúl del Pozo, sin dotación económica pero con una fuerte escudería de ganadoras y ganadores: Manuel Vicent, Enric González, Sol Gallego Díaz, Carlos Alsina, Lucía Méndez, Esther Palomera, Ignacio Camacho, Sergio del Molino, Javier Cercas… «Qué barbaridad, no damos más que un diploma y un entrecot y nos sacan en todos los periódicos». Y se reía otra vez.. Raúl del Pozo y Camilo José Cela en Guadalajara, en 1998.JOSÉ AYMÁ. Al morir Gistau, por no caer en nostalgias, esos encuentros de amigos pasaron de Lucio a la Posada de la Villa, donde se sumaron al carnaval Álex de la Iglesia, Antonio García Ferreras, Juanma Lamet. Así ha sido hasta el final. Raúl no falló ni una noche. Una vez amagó con faltar porque se le había caído un diente, pero apareció mellado y silencioso. Solían ser los jueves y antes de llegar dejaba hecho el texto de Viva el vino, la sección de los viernes que despachó durante tantos años en el programa de Alsina, en Onda Cero. A la televisión había renunciado años antes. «En los platós ya no quieren viejos porque estorbamos».. En el siglo XXI se anticipó con la exclusiva de los Papeles de Bárcenas en su columna de EL MUNDO y reunió a Pedro J. Ramírez con el tesorero condenado del PP. «El cabrón de Pedro me ha robado la fuente. Qué listo es». Amaba el periodismo sobre todas las cosas. Fue supersticioso como los toreros y odiaba el halago como los budistas. Algunas noches, con dos oportos, se soltaba con alguna confesión inconfesable. Y uno de tantos ratos memorables fue cuando recordó el interrogatorio al que le sometió el falangista Emilio Romero para intentar que delatase a un compañero gay de la redacción de Pueblo. Fue reclamado en el despacho de dirección y allí Romero le insistió de 10 o 15 maneras distintas para que cantase. Con algo de inquietud por las posibles represalias de no desvelar al compañero, encontró un atajo genial para concluir el asedio: «Vamos a ver, director, yo no sé si hay homosexuales aquí, pero quién con dos copas de más no se ha tirado a un amigo».. Raúl en el Café Gijón de Madrid, en 2022.ANTONIO HEREDIA. Algunos días, a cubierto del calor por el ramaje del granado de su jardín, aún con Natalia y con la perrita blanca como una nube desconfiada, invitaba a un vino. Natalia Ferraccioli, italiana de raíces sicilianas, inteligente, culta, elegante, bella, discreta. Natalia Ferraccioli fue la mujer de Raúl del Pozo más de medio siglo. En los años terribles de la enfermedad, Raúl le apretó sin fin la mano. Cuando falleció el 17 de septiembre de 2018, Del Pozo escribió el artículo de toda una vida. Desde entonces le asedió un poco más la hipocondría, pero lo salvó el periodismo y la robusta orquesta íntima de la amistad. No había otra fiebre mejor para él. El móvil le sonaba con un ladrido de perro, ¿os acordáis? Aquel «¡guau guau!» que anunciaba la llamada de un ex presidente, de un compañero de viaje, de un rey destronado, de un poeta, de su psiquiatra de cabecera, del director del periódico. Y cómo colgaba, qué imprevisto en el adiós. Qué manera de dejarte con la última frase sin trapecio. Siempre con la última frase por decir. Raúl del Pozo ya no está. La muerte, infinito Raúl, no te querrá como te quiero yo.
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