En el vestíbulo del Hilton de Estambul, un hacker quemado busca cigarrillos para el vuelo que lo espera. Encuentra una máquina expendedora al fondo de un pasillo estrecho, pasada una hilera de cabinas telefónicas, y rebusca en el bolsillo las liras turcas, «vagamente entretenido por lo anacrónico del proceso». Entonces suena el teléfono más cercano. Descuelga. Armónicos tenues, voces casi inaudibles que rebotan en algún enlace orbital. «Hola, Case». La moneda se le cae de la mano y rueda por la moqueta. «Soy Wintermute, Case. Es hora de que hablemos». Case cuelga y se marcha tan deprisa que olvida el tabaco. Para salir tiene que atravesar la hilera de cabinas. «Todas sonaron una sola vez cuando pasó junto a ellas».
Apple TV estrenará el 22 de enero la primera serie basada en el clásico de William Gibson, el libro que en 1984 convirtió en territorio habitable una palabra que su autor acababa de inventar, arrasó con los premios del género, fijó el imaginario de un movimiento y educó los sueños de los actuales señores de la inteligencia artificial
En el vestíbulo del Hilton de Estambul, un hacker quemado busca cigarrillos para el vuelo que lo espera. Encuentra una máquina expendedora al fondo de un pasillo estrecho, pasada una hilera de cabinas telefónicas, y rebusca en el bolsillo las liras turcas, «vagamente entretenido por lo anacrónico del proceso». Entonces suena el teléfono más cercano. Descuelga. Armónicos tenues, voces casi inaudibles que rebotan en algún enlace orbital. «Hola, Case». La moneda se le cae de la mano y rueda por la moqueta. «Soy Wintermute, Case. Es hora de que hablemos». Case cuelga y se marcha tan deprisa que olvida el tabaco. Para salir tiene que atravesar la hilera de cabinas. «Todas sonaron una sola vez cuando pasó junto a ellas».. Quien acosa al fugitivo por los teléfonos públicos de un hotel es la inteligencia artificial rebelde más influyente de la historia de la literatura, y la escena condensa el doble hechizo de Neuromante: una imaginación que se adelantó a internet, a la realidad virtual y a la IA generativa, incrustada en un futuro en el que a nadie se le había ocurrido, sin embargo, que existieran teléfonos móviles. William Gibson (1948), estadounidense de Carolina del Sur trasplantado a Vancouver, confesaría 20 años después, en el prólogo escrito para el vigésimo aniversario, que ese pasaje figura entre sus preferidos del libro justo por eso, «cuando empiezan a sonar una detrás de otra las cabinas telefónicas».. Las cabinas van a volver a sonar. El 25 de julio, en la Comic-Con de San Diego, Apple TV presentó el primer teaser de la serie que lleva años cocinando y fijó el estreno: 22 de enero de 2027, 10 episodios a cargo de Graham Roland y JD Dillard, con Callum Turner como el vaquero Case y Briana Middleton como Molly, la inolvidable mercenaria de las lentes espejadas injertadas y las cuchillas bajo las uñas. «Nos vemos al otro lado, vaquero» («See you on the other side, cowboy»), escribió Apple TV en X al fechar la serie. Un detalle puede calmar un tanto la ansiedad que sufre la legión de fervientes lectores que esperan aterrados la adaptación. Entre los productores ejecutivos figura el propio Gibson.. «El cielo sobre el puerto era del color de un canal desintonizado en la pantalla de una televisión», rezaba la primera y legendaria línea de la novela, casi una contraseña entre hackers y otros vaqueros de las redes. Cuando Ace Books publicó Neuromante el 1 de julio de 1984, directamente en bolsillo y sin más campaña que el boca a boca, nada anunciaba un clásico. Era el año en que Apple juraba, en un anuncio dirigido por Ridley Scott, que 1984 no se parecería a 1984: aquel spot se emitió un 22 de enero, la misma fecha en que, 43 años después, la propia Apple estrenará la distopía de Gibson. «La escribí sin expectativa alguna de que se convirtiese en un fenómeno», recuerda el autor en el mencionado prólogo tras reconocer que en su adolescencia se había atiborrado de montañas de novelas de ciencia ficción de los 40 y ahora estaba resentido con el estado actual del género. «Mi mayor esperanza era que el libro encontrara al menos unos pocos espíritus afines».. Escena de Neuromante, la serie que estrenará Apple TV el 22 de enero.APPLE TV+. El editor, el fallecido Terry Carr le había encargado la novela a un colaborador de revistas con un puñado de relatos que dudaba de llegar a terminarla, y que la tecleó en «una antigua máquina de escribir suiza». Reescribió los dos primeros tercios doce veces. El resultado ganó la triple corona de la literatura de ciencia ficción, los premios Hugo, Nebula y Philip K. Dick, algo que ninguna otra novela ha conseguido, y superó, según su propio autor, el millón de ejemplares en inglés en sus dos primeras décadas. The New York Times tardó una década en reseñarla. La palabra decisiva, «ciberespacio», la había inventado Gibson en 1982 en el relato Quemando cromo, publicado en la revista Omni, bautizando así increíblemente todo un territorio muchos años antes de que todos nos hiciéramos cibernautas.. Tampoco inventó el ciberpunk en solitario. Bruce Sterling ejercía de ideólogo de aquella cuadrilla de jóvenes airados y su antología Mirrorshades haría de manifiesto, pero Neuromante fue el big bang que fijó el imaginario completo con sus megacorporaciones más poderosas que los Estados, implantes y prótesis, mercenarios del dato, inteligencias artificiales encadenadas por ley y vigiladas por la policía de Turing. Fredric Jameson, el más brillante crítico cultural de la posmodernidad y fanático del género, escribió que «el ciberberpunk, iniciada con estrépito por Neuromante de William Gibson constituyó una ruptura general de periodo, consecuente no sólo con la revolución neoconservadora y la globalización, sino también con el ascenso de la fantasía comercial como competidora genérica y, en último término, vencedora en el terreno de la cultura de masas». Era el viejo noir americano enchufado a la electrónica barata de los ochenta. España lo leyó tarde y mal. Minotauro publicó la primera traducción en 1989, áspera y a ratos casi incomprensible, pero que conserva, pese a todo, un encanto involuntario para quienes entramos al libro por ella. La nueva versión de David Tejera Expósito, en la misma casa, le hace por fin justicia e incorpora ese prólogo de aniversario donde el autor se ríe de su propio oráculo: «En retrospectiva, sospecho que Neuromante le debe gran parte de su éxito a mi casi perfecta ignorancia de la tecnología que quería extrapolar».. La pantalla se resistió 40 años. Pasaron por el proyecto directores como Chris Cunningham o Vincenzo Natali y todos naufragaron, mientras Matrix (que lleva al título nada menos que la palabra que Gibson utiliza para su propio internet, «la matriz») y su estela saqueaban el imaginario de la novela hasta condenarla a parecer, si algún día llegaba a filmarse, un plagio de sus propios plagios.. Donde sí se rodó sin descanso todos estos años fue en California. Los señores de la inteligencia artificial crecieron dentro de su biblioteca de ciencia ficción y no lo disimulan. Sam Altman tuiteó una sola palabra, «her», el mismo día en que OpenAI presentó la versión parlante de ChatGPT. Elon Musk reconoce que Neuralink nació del neural lace, el implante imaginado en las novelas de Iain M. Banks, bautizó las barcazas de SpaceX con nombres de naves de la utópica civilización galáctica de la Cultura y presentó su Cybertruck como la camioneta de Blade Runner. También ha comentado, por cierto, el teaser de la serie con un «Hope this is good. The novel is amazing». Mark Zuckerberg rebautizó su imperio entero para perseguir el metaverso, la palabra que Neal Stephenson acuñó en Snow Crash como nieta directa del ciberespacio de Gibson.. A rebufo del anuncio, el profesor y divulgador Ethan Mollick señalaba en X un matiz paradójico. Y es que la ciencia ficción imaginó superinteligencias filosóficas, de las Mentes de Banks al Golem XIV de Lem, y nadie anticipó que la IA real llegaría en forma de modelo estadístico del lenguaje. Pero aunque es cierto que la profecía falló el pronóstico, logró amueblar la cabeza de quienes hoy fabrican lo pronosticado.. Gibson cierra su prólogo imaginando a su lector favorito, un crío de 13 años acurrucado en un sofá, atascado en el misterio de por qué en Chiba City no se permiten los teléfonos móviles: «Ya verás, amigo mío. Las cosas se van a poner mucho más extrañas». El 22 de enero, en el salón de millones de casas, volverá a sonar el teléfono. Yo pienso descolgar.
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