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Sentado a la sombra de un inmenso cedro del Líbano, con un café solo en mano, la elegancia natural de Pawel Pawlikowski (Varsovia, 69 años) refulge.. Sus sempiternas gafas de sol son más necesarias que nunca ante la ola de calor que abotarga la costa azul francesa. Al cineasta polaco se le ve, en cambio, cómodo e impecablemente vestido en ese jardín de un complejo residencial de lujo. Estamos en mitad del festival de Cannes, y en mayo, mes en el que se celebra el certamen, no hay mejor sitio para un cineasta europeo que la ciudad francesa. Pawlikowski presenta en la Competición Fatherland,con la que cierra una trilogía nacida de manera inconsciente sobre las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial en los europeos. A esas alturas de la pasada primavera, el director no sabe que días más tarde ganará el premio a la mejor dirección —compartido ex aequo con Javier Calvo y Javier Ambrossi por La bola negra—, pero sí que ha hecho una buena película. Fatherland se estrena en España este fin de semana en la sección Perlak, con lo mejor de la temporada, del festival de San Sebastián, antes de su llegada a salas comerciales el 4 de diciembre y justo con el anuncio de que representará a Polonia en los Oscar.. Sandra Hüller y Hanns Zischler, en ‘Fatherland’.. Toda la tranquilidad que emana Pawlikowski esconde una biografía marcada por diversas tragedias; más aún, no es que sus tres últimas películas (la ganadora del Oscar Ida, la candidata a tres estatuillas de los premios de Hollywood Cold War y esta Fatherland) ilustren dolorosos rescoldos nacidos por la posguerra en Europa, es que el mismo cineasta es otro producto de la Guerra Fría. “Que aquella época tenga eco en la actualidad es la razón por la que acepté esta propuesta”, recuerda. Pawlikowski recibió El mago, la biografía de Thomas Mann realizada por Colm Tóibín, junto con una oferta para que la adaptara. Y decidió que su película estaba en el viaje en el que el escritor alemán retornó a su país natal en 1949. “También comprendí que, por fines dramáticos, tenía que alterar la realidad de los hechos históricos”. Mann visitó las dos Alemanias acompañado de su esposa, y su hijo Klaus falleció tras aquel periplo laudatorio. En pantalla, junto al ganador del Nobel (al que da vida, cincelándolo en mármol, Hanns Zischler) viaja su hija Erika (volcánica Sandra Hüller), y durante esas jornadas reciben la noticia de la muerte de Klaus.. Imagen de ‘Ida’, de Pawel Pawlikowski.TCD / Prod.DB / Alamy / CORDON PRESS. Puede que en ese retorno a una patria que ya no existe hiciera saltar las conexiones emocionales del cineasta, porque él mismo, tras criarse y comenzar su carrera en Oxford y vivir en París, decidió volver a Polonia. “Aunque, en mi caso, me quedé y allí vivo”. Pero es el gancho que conecta este filme con la vida de Pawlikowski, como le ha pasado en cada uno de sus largometrajes precedentes, como si sobre su obra mandara el destino.. Pawlikowski es el hijo único del matrimonio entre un médico, Wiktor, y una bailarina, Zula, reconvertida en profesora de inglés. De aquellos años recuerda que vivían en un apartamento con dos pequeñas habitaciones que servían para todo y cocina. “Los cuarenta años de su relación coincidieron plenamente con la Guerra Fría. Básicamente, toda su vida estuvo marcada por ella. Y también por sus problemas de carácter. Así que no sabes dónde termina una cosa y empieza la otra. Mi padre era un tipo alto, misterioso y muy atractivo. Se parecía un poco a Gregory Peck. Ella era rubia y de carácter fuerte. Llena de energía y de cambios de humor. Él era un mujeriego empedernido. Así que, cuando empezaron a salir, él asumió que un hombre podía permitirse eso. Y ella respondió de la misma manera. Antes de que yo naciera, ya se habían separado y reconciliado varias veces. Discutían mucho. Y bebían más. Eran cultos y educados, aunque encerrados en una olla a presión. La situación se tornó conflictiva. Había mucha agresividad. E incluso violencia física, lo cual resultaba bastante perturbador”.. Joanna Kulig y Tomasz Kot, en ‘Cold War’.Lifestyle pictures / Alamy / CORDON PRESS. A los 14 años, sus padres se separaron y él se trasladó con su madre al Reino Unido. “Fue muy duro. Yo tenía mi pandilla callejera, mi vida en Polonia. Pensé que solo nos íbamos una temporada de vacaciones. Aterricé en un país, porque mi madre se había casado con un inglés, del que desconocía hasta el idioma y en el que entré de manera ilegal”. Años más tarde, su padre atravesaría Alemania del Este para afrontar también el exilio. Su hijo pudo por fin visitarle allí. “Viví en 1977 en la República Federal Alemana, aunque retorné a Oxford”. Cada uno de sus progenitores se casó y se separó. Hasta que volvieron a juntarse. “Al final, con todos esos paisajes, políticas y personas en cambio constante, solo se tenían el uno al otro. Terminaron viviendo en Múnich, demasiado cansados para pelear y muy enfermos. Eran como una pareja de ancianos achacosos, pero profundamente enamorados y siempre de la mano, una pareja de una ternura y una emotividad conmovedoras. A sabiendas de que no hay nada en el mundo más valioso, importante o estable que el otro”. En 1989, justo antes de acabar la Guerra Fría, decidieron morir juntos. “Se convirtieron en una increíble historia de amor. Para mí, la madre de todas las historias de amor, y eso que la mayor parte del tiempo no pareció una historia romántica. Pero es el final lo que la justifica”. Si al público le puede sonar este viaje, es porque inspiró la trama de Cold War (2018), donde hasta los protagonistas se llaman Wiktor y Zula.. Viaje hacia atrás a Oxford. Aunque creció en la religión católica, antes de mudarse a Inglaterra Pawlikowski supo que su abuela materna había sido judía e internada y asesinada en el campo de exterminio de Auschwitz (herida que alimentaría su cine tiempo después en Ida). Tras estudiar Literatura y Filosofía en Oxford, se curtió con películas de televisión, series documentales y otras piezas hasta que llamó la atención con Last Resort (2000), un filme de ficción alimentado de recuerdos de su esposa rusa, con la que tenía dos hijos: una inmigrante rusa y su hijo quedan varados en un viejo recinto turístico convertido en refugio cuasi prisión para extranjeros de una pequeña ciudad costera inglesa cuando su novio británico no se presenta como estaba previsto. En el festival de Gijón ganó el Gran Premio del Jurado y este periodista y Pawlikowski coincidieron en un largo viaje en furgoneta hasta el aeropuerto de Asturias. “Fueron tiempos felices, ¿verdad?”, rememora el cineasta. Nunca habla de los acontecimientos que ocurrieron años más tarde, cuando encadenó el éxito de Mi verano del amor (2004) con el rodaje de la adaptación de la novela de Magnus Mills El encierro de las bestias. Llevaba el 60% del metraje cuando recibió una llamada de casa: su esposa, enferma, había fallecido repentinamente.. Natalie Press y Emily Blunt, en ‘Mi verano del amor’.Moviestore Collection Ltd / Alamy / CORDON PRESS. Pawlikowski no solo abandonó aquel rodaje, sino también el cine. Durante el siguiente lustro cuidó de sus dos hijos adolescentes y rumió su dolor. Cuando los chavales acabaron los estudios, se instaló un par de años en París, donde rodó La mujer del quinto con Ethan Hawke y Kristin Scott Thomas. “Quería hacer una película comercial y resultó ser la menos comercial imaginable”, confiesa. Se sentía un extraño en París, aún afectado por el dolor. “Se volvió extrañamente muy personal”, apunta.. Así que decidió replantearse dónde estaba su hogar. Y no volvió a Oxford, sino que se mudó a Polonia. Dedicó varios meses a conducir desde el piso de un amigo cerca de su antigua casa en Varsovia hasta el campo, que apenas había cambiado desde su infancia. Así nacieron sus siguientes dos películas, Ida y Cold War. Y encontró un nuevo paisaje artístico, un nuevo hogar y se casó por segunda vez. “Cuando llegué a Londres, mis patrias cinematográficas fueron el neorrealismo italiano y la Nouvelle Vague. Al regresar a Polonia, pude rodar filmes en los que la Historia influye directamente en las acciones de las personas. Eso es algo que sentía que nunca podría hacer en Inglaterra. La Historia en el Reino Unido es muy difusa y la gente tiene experiencias muy distintas”. Más allá de que Ida, Cold War y Fatherland transcurran en un continente arrasado por la posguerra y estén filmadas en blanco y negro, Pawlikowski también apunta a que en la trilogía se intuye que su “verdadero interés radica en lo que dejó la Guerra Fría, en las ruinas del marxismo”. Cuidado, tampoco es un fanático del capitalismo: “El marxismo era una filosofía. No logró crear un nuevo mundo, más allá de llenar algunos bolsillos. El capitalismo se acerca a nuestros peores hábitos, pero es comprensible para muchos”.. Thomas Mann, con su mujer y su hija Erika en el medio, a su llegada a Nueva York en 1939.Bettmann / GETTY IMAGES. La trilogía se reveló ante su autor solo cuando acabó Fatherland. “Me ofrecieron la oportunidad de hacer una película sobre Ted Hughes y Sylvia Plath, y estuve muy tentado, hasta que me di cuenta de que la historia de mis padres era la base de todas mis historias. En 2017 empecé a trabajar en la adaptación de Limónov, de Emmanuel Carrère, mientras remataba Cold War, hasta que en 2020 tampoco le vi sentido”. Por si fuera poco, en mayo de 2023, a semanas de comenzar a rodar en Canarias The Island con Joaquin Phoenix y Rooney Mara, se inició la huelga de actores. Otro proyecto hundido.. A su rescate llegó Thomas Mann. “¿En qué me parezco a Mann? En que me siento, como él, perdido. No estoy seguro de lo que el futuro nos traerá, de cómo actuar, de si tiene sentido hacer películas y todo ese tipo de cosas. Estoy preocupado por el devenir de mis hijos. No estoy a favor de la tecnología. No entiendo cómo funciona el teléfono, aunque lo uso todo el tiempo. Tampoco comprendo los algoritmos. Además, ha triunfado este tipo de barbarie, de… odio primitivo y violencia física. Y la combinación de los dos me asombra. Eso me une a la historia que transcurre en 1940, al eco directo que proyecta un hecho real en nuestra actualidad. Cuando Mann vuelve a Alemania, se encuentra en una situación interesante. Todo en lo que creía se ha derrumbado… E intenta reconstruirlo él solo, uniendo ambas Alemanias y trascendiendo la división ideológica”. Un pensamiento algo naíf, ¿no? “A ver. Si eres alguien como Thomas Mann, criado en el humanismo del siglo XIX, ¿qué harías? Él creía en la grandeza del arte, en su escritura, y en la capacidad de los artistas de encarnar muchas ideas, de estar por encima de las cosas y de entender el socialismo y el populismo. En ese momento, como ahora, se hundió el paradigma anterior y aparecieron dos frentes; y estabas en uno de ellos o en el otro, sin matices”.. Para Pawlikowski, la tragedia real de Mann, un hombre ya tocado porque nunca reconoció su homosexualidad, fue su relación con su hijo Klaus, otra tragedia en sí misma, como se atestigua en pantalla. “Klaus era hijo de la República de Weimar: drogas y libertad sexual. Aun así, como autor, él estaba enfocado en la literatura europea, en la tradición. Así que en 1949, Klaus es moderno en carácter, aunque clásico en su escritura. No tiene lectores, no sabía en qué lengua escribir, no sabía quién lo leería… Pertenece al mundo del padre mucho más que al nuevo mundo. En cambio, su progenitor vivió suficiente tiempo como para atravesar distintas épocas artísticas. Le pasó como a su amado Goethe”.. En uno de los momentos más majestuosamente hilarantes de Fatherland, Mann visita la casa de Goethe, toca la máscara mortuoria de su ídolo: un tótem pisa por donde pisó otro tótem. “A mí también me gusta ese fragmento, porque Mann se puso a hacer de Mann. Se envara y asume el rol de genio ante otro genio”, sonríe el polaco. “¿Sabes que rodamos en la casa auténtica? Con muchas limitaciones, pero sí, filmamos allí. Fatherland es divertida, hay mucho slapstick. La gente se cree que en un filme en blanco y negro del siglo XXI no hay licencia para reírse, cuando en realidad no puedo evitar mostrar el absurdo que rodea a ese viaje todo el tiempo”.. Pawel Pawlikowski, director del filme ‘Ida’, se dirige a los asistentes tras recoger el Oscar de la mejor película de habla no inglesa.ROBYN BECK (AFP / GETTY IMAGES). La promoción de una película también alcanza grandes dosis de imbecilidad, y sirve como caldo de cultivo para hinchar egos de los cineastas. “Cierto, y en la medida de lo posible evito esa posición. Además, Thomas Mann era una figura monumental. A mí me gusta vivir un poco escondido, hacer un filme y luego desaparecer de nuevo. Pero Mann disfrutaba de poseer esa autoridad. Albergaba una sensación de responsabilidad, muy del siglo XIX, sobre lo que le rodeaba: su gente, la literatura, su país… Fue un gran escritor; yo no tengo ese problema, gracias a Dios. Le encantaba hablar en público; yo evito como la peste aparecer en televisión”.. Pawlikowski esculpe y lija hasta obtener filmes muy pulidos. Mide cada formato: en Fatherland estuvo muy atento a que visualmente se entendiera cómo los discursos de Mann llenan el aire de los planos, aplastan a sus audiencias. “Trabajo por eliminación, condensación, destilación. Es natural para mí. Intento evitar detalles gratuitos, secuencias reiterativas. Que no haya diálogos explicativos. Sugerir, no mostrar, que ocurran cosas fuera de plano o al fondo. Hay un elemento de escultura en mi escritura”, se define.. La charla acaba en la música. “Yo antes tocaba jazz, y lo sigo escuchando. En el cine me gusta esa idea de estar preparado, de estar profundamente orientado hacia algo, de tener una buena melodía, para después liberarme y viajar a algún lugar un poco extraño. Como el jazz. Aunque también me atrae la estructura de Bach”. Eso es contradictorio, porque Bach escondía en sus partituras a un genio matemático. “Ya, no soy capaz de explicarme. Solo sé que es emocionante, como cuando surge la magia en el cine”.
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