Tras el éxito de ‘Los escorpiones’ la escritora publica ‘La chica más lista que conozco’ una novela filosófica donde explora los límites del amor y la vergüenza y la cara más amarga del mundo universitario. «En el acoso de género los hombres sufren más el miedo y las mujeres más la vergüenza» Leer
Tras el éxito de ‘Los escorpiones’ la escritora publica ‘La chica más lista que conozco’ una novela filosófica donde explora los límites del amor y la vergüenza y la cara más amarga del mundo universitario. «En el acoso de género los hombres sufren más el miedo y las mujeres más la vergüenza» Leer
La chica más lista que conozco (Lumen) surgió, según confiesa Sara Barquinero (Zaragoza, 1994), de una incomodidad persistente que sintió mientras hacía el doctorado. Una intuición que llevaba rondándole desde su paso por la universidad y por entornos culturales donde, de forma casi imperceptible, se manifiestan jerarquías invisibles. «No se trata exactamente de dinero ni de talento, sino de algo más escurridizo: una seguridad heredada, una naturalidad para ocupar ciertos espacios. Ese capital cultural que no siempre se aprende en los libros», asegura.. Si Los escorpiones, la novela con la que se dio a conocer masivamente en 2024, ya mostraba una mirada generacional poco complaciente, esta nueva obra profundiza en ese territorio incómodo donde las aspiraciones intelectuales, las desigualdades sociales y las fantasías románticas se entrecruzan. El resultado es una historia que funciona al mismo tiempo como novela de formación, sátira universitaria y exploración moral de una generación que creció creyendo en el poder emancipador del conocimiento.. La escritora, doctora en Filosofía, llevaba tiempo pensando en ese fenómeno, en las personas que parecen moverse con total naturalidad en el mundo intelectual porque han crecido dentro de él, frente a quienes llegan de fuera y aprenden a imitar, y que resume con contundencia: «Los ricos sienten pudor, los pobres sentimos vergüenza». De ese desajuste nace la historia de Alicia, que llega a Madrid desde Valladolid para estudiar Filosofía con la sensación de estar entrando en un territorio fascinante y al mismo tiempo incómodo.. Alicia es brillante. Muy brillante. Pero también arrastra un sentimiento difícil de nombrar, la sospecha de no pertenecer del todo al mundo al que aspira. En ese territorio ambiguo entre la admiración y la vergüenza se despliega buena parte de la novela. «Quienes sí han crecido en esos entornos favorecidos muchas veces tienen un gusto, una relación con el arte, con el dinero, que gente como yo hemos aprendido a imitar», explica la autora que al mismo tiempo se queja de la actual impostura que sufre la alta cultura. «Al querer democratizar la cultura la hemos banalizado. Aunque ahora mucha gente se haga la tonta y lo repita por ahí, no es lo mismo el reguetón que Chopin, La isla de las tentaciones que una película de David Lynch, ni la autoayuda que la filosofía».. «Todos intuimos que hay algo de chanchullo en la universidad. Al final todo se reduce a quién tiene la plaza o quién se ha liado con quién». La inteligencia, parece sugerir el libro, no siempre basta para disipar la inseguridad ni para protegerse de las propias obsesiones. A veces, incluso, puede convertirse en otra forma de vulnerabilidad. «Siento que muchas veces las personas que nos consideramos inteligentes o cultas, tendemos a pensar como que tenemos una infelicidad específica que otra gente no tiene. Pero, en realidad, si lo pienso, casi todos mis problemas súper existenciales y a los que les doy mil vueltas son los mismos de cualquiera: los celos, la envidia, el amor no correspondido, la frustración…», reflexiona. «Es decir, estoy en contra del mito de que la gente inteligente sufre más o siente más agudamente el dolor».. Así, Alicia aterriza en Madrid con la ambición de convertirse en una intelectual. Se instala en el piso de su tía Puri -un hogar kitsch de gotelé y ganchillo que le recuerda su temido «provincianismo»- y llega a la facultad, donde muy pronto descubre que ese espacio que en teoría debería estar dedicado al pensamiento crítico y a la reflexión moral, está determinado por jerarquías invisibles, juegos de poder, fascinaciones intelectuales y relaciones sentimentales atravesadas por la desigualdad. «Alicia observa ese mundo con mezcla de fascinación y ansiedad. Quiere integrarse, pero también teme ser descubierta como una impostora».. La novela, sin embargo, no se limita a retratar ese conflicto social y simbólico. En realidad, la historia se articula alrededor de una serie de tensiones que atraviesan la vida universitaria: el deseo de reconocimiento, las relaciones de poder, la fragilidad moral de quienes se dedican a estudiar precisamente la ética. Alicia se ve arrastrada hacia esas tensiones cuando desarrolla una obsesión por su profesor Juan, un intelectual brillante y admirado por los estudiantes, cuya relación introduce en la trama uno de los temas más delicados del libro: las relaciones entre docentes y alumnas.. Sara Barquinero la semana pasada en la plaza de San Francisco, en Zaragoza.Toni Galán. Barquinero reconoce que, en un primer momento, pensó en contar la historia de una estudiante vulnerable seducida por un profesor poderoso. Pero pronto descartó ese planteamiento por demasiado simple. «Probé a construir la historia de una pobre chica, feminista y la amiga perfecta, que es seducida por un profesor, pero era demasiado maniqueo. Me apeteció crear una protagonista que cometiese errores, porque eso era más interesante».. Alicia, en efecto, no es una víctima pasiva. Su comportamiento a menudo resulta impulsivo, contradictorio, incluso egoísta. Para la autora, el problema de las relaciones entre profesores y alumnas no se reduce a una dicotomía sencilla entre culpables y víctimas. «No es tanto que piense que los profesores son siempre muy malos y las alumnas muy buenas. Sino que, incluso entendiendo que la alumna pueda ser una retorcida y el profesor un pobre hombre, aun así es él, el adulto, quien debería decir que no».. «Incluso si la alumna se equivoca o lo busca, el profesor es el adulto y es quien debería decir que no». La novela retrata un ecosistema donde la admiración intelectual, el deseo, las intrigas departamentales y los egos académicos se mezclan de forma turbia. Entre seminarios, lecturas y debates filosóficos se refleja una mezcla de solemnidad intelectual y banalidad moral que desmiente la imagen formal de la institución. «Todos intuimos que hay algo de chanchullo en la universidad. Al final todo se reduce a quién tiene la plaza, quién es amigo de quién o quién se ha liado con quién», afirma Barquinero. «No hay en este libro nada que no haya visto yo, y no creo que nadie se sorprenda».. Su paso por la academia, donde llegó a doctorarse, le permitió observar de cerca algunas dinámicas que después han encontrado su lugar en la novela. La escritora describe un sistema cada vez. más sometido a lógicas burocráticas y productivistas que dejan poco espacio para el pensamiento libre. «La gente que era buena académica de verdad nunca estaba haciendo su tesis», recuerda. «Estaban todo el rato preparando la clase, la conferencia, el paper o el abstract de turno. Y eso es una lógica de mercado. ¿Cómo se va a hacer ahí el pensamiento libre?», denuncia.. «He visto a chicas llorar por hombres mayores con barriga y que huelen a puro, y me pregunté por qué». «La universidad debería ser un espacio de posibilidad, de aprendizaje, de crecimiento, y por el contrario se basa en que el alumno se sienta limitado y estúpido, pues muchas personas aprovechan para ejercer una violencia continua contra sus estudiantes», prosigue la escritora, que añade: «Además, igual que cualquier sistema, se aprovecha mucho de ese tipo de personas que desean llegar a algo, de quienes tienen unas ambiciones muy grandes pero pocas certezas, para volverlas manipulables, pues como tienen algo que perder son quienes suelen apartar la vista ante conductas indecorosas, desagradables o directamente delictivas». Por ejemplo, profesores que dedican sus clases a reflexionar sobre la violencia, la ética o la tradición filosófica y que, fuera del aula, reproducen dinámicas de poder bastante menos edificantes.. Sara Barquinero.Toni Galán. Para Barquinero, el descrédito que eso genera va más allá de lo personal. «He visto a chicas llorar por hombres mayores con barriga y que huelen a puro, y me pregunté por qué. Que el hombre que te ha invitado a reflexionar sobre la violencia o a repensar Occidente al final sea un guarro que se ha liado con tres alumnas te deja una sensación de: ‘Y entonces, ¿para qué hemos hecho todo esto?’. Mina el prestigio de unas instituciones que ya son muy frágiles», reflexiona. «Pero el problema no solo es él y ese abuso, sino quienes lo encubren. La estructura de poder que hace esto posible y luego lo asciende a catedrático», insiste la escritora, que sentencia: «En el acoso de género los hombres sufren más el miedo y las mujeres más la vergüenza».. Paralelamente a esta historia de pérdida de inocencia y denuncia, la novela, llena de amplio contenido filosófico perfectamente integrado en la trama, se sirve, como un tratado del ramo, de unas «Observaciones». En ellas, una voz mucho más cáustica y agresiva introduce reflexiones morales, contexto político y apuntes sociológicos que dialogan con la historia de Alicia. «Surgió un poco para no tratar tan mal a los personajes», bromea la escritora, quien reconoce que en esos pasajes se permitió «una libertad poco habitual en la ficción ya que añaden referencias a debates políticos recientes y a figuras públicas acusadas de comportamientos inapropiados, aunque no condenadas judicialmente».. Otra de las obsesiones de Alicia tiene que ver con el imaginario romántico que ha marcado a toda una generación. Barquinero sostiene que muchas de las ficciones consumidas durante la adolescencia han contribuido a consolidar narrativas sentimentales que luego resultan difíciles de cuestionar. «Nuestra generación se ha criado con series como Pequeñas mentirosas y Crónicas vampíricas y libros como Crepúsculo o Memorias de Idhún», recuerda. «En todas las relaciones de amor hay algo de violencia, no vivimos en el mundo de los Teletubbies, pero nos hemos nutrido de una serie de historias que ya parece que nos predisponen a buscar al chico malo», apunta.. «En todas las relaciones hay algo de violencia, no vivimos en el mundo de los Teletubbies, pero la cultura pop nos predispone al amor tóxico». Ese patrón aparece de forma evidente en la relación que articula el núcleo emocional de la novela. «El protagonista masculino es uno de esos hombres que parecen maltratados por la vida por los que muchas de nosotras nos podemos sentir atraídas», explica. «Esa especie de gran amor al que nosotras vamos a salvar y que, a su vez, nos va a salvar de nosotras mismas», resume la escritora. Alicia proyecta así sobre su profesor una narrativa sentimental que mezcla fascinación intelectual y deseo de redención, un relato profundamente arraigado en la cultura popular. «La gran narrativa con la justificamos cualquier indicio de toxicidad en una relación», resume.. Enfocada totalmente en su actual vida de escritora, Barquinero, que desvela que ya tiene algún proyecto en marcha -«Tengo una novela de 75.000 palabras en Word que es una locura, una especie de delirio lyncheano que juega con la estructura del tiempo y con los contrafácticos ‘y si…’, pero no sé si la voy a publicar»- asegura que, tras este libro, ha dejado atrás ya para siempre la vida académica que un día barajó. Una decisión, asegura, que no le produce demasiada nostalgia. Al contrario: «No me da pena ya, pero yo creo que después de esta novela no me van a querer en ninguna universidad», bromea.. Lumen. 448 páginas. 22,90 € Ebook: 9,99 €
Literatura // elmundo
