En su aclamado debut ‘Un asunto de familia’ la británica Claire Lynch enlaza pasado y presente para explorar la complejidad de los afectos y el estigma social de la homosexualidad a través de una madre que debe renunciar a su hija Leer
En su aclamado debut ‘Un asunto de familia’ la británica Claire Lynch enlaza pasado y presente para explorar la complejidad de los afectos y el estigma social de la homosexualidad a través de una madre que debe renunciar a su hija Leer
Heron, un anciano profundamente aficionado a las reglas y la rutina, recibe un diagnóstico de cáncer terminal, pero en lugar de compartirlo con su hija Maggie, elige callar. Con esta cruda escena comienza Un asunto de familia (Random House), el aclamado debut narrativo de Claire Lynch (Dartford, 1981), que se ha convertido hace unos días en la primera ópera prima en obtener el Nero Gold Prize.. Empática y dolorosa, la novela es mucho más que la disección de una relación peculiar padre-hija. A medida que descubrimos que Heron crio a Maggie solo, queda claro que este impulso de protegerla del daño es algo recurrente. Sin embargo, al principio no se menciona a la madre, únicamente que Heron se divorció varias décadas. Sólo cuando Lynch nos lleva cuarenta años atrás, a 1982, descubrimos la verdadera historia.. «Empecé a escribir con la idea de narrar la relación entre un padre y una hija, una historia que no suele ser muy frecuente», explica la escritora, también profesora en la Brunel University, «pero pronto me di cuenta de que la madre era la pieza que faltaba. Pensé dónde podría haber estado e inventé muchas razones distintas para explicar esa ausencia». Esa pregunta inicial, aparentemente sencilla, terminó llevándola a una historia mucho más amplia. Mientras imaginaba el pasado de ese personaje ausente, Lynch empezó a hablar con mujeres de generaciones anteriores y a leer casos judiciales reales que documentaban disputas por la custodia de los hijos cuando una madre mantenía una relación con otra mujer.. Aquellas historias, ocurridas no hace tanto tiempo, revelaban un clima social en el que la homosexualidad femenina, aunque ya no siempre perseguida por la justicia [la famosa Ley de Delitos Sexuales de 1967 solo despenalizó los actos homosexuales masculinos en privado], podía convertirse en argumento suficiente para retirar a una madre la custodia de sus hijos. «Dawn iba a ser un personaje pequeño en la novela, pero cuando descubrí todos estos casos reales sentí que tenía que asegurarme de que su historia se contara».. Así, Dawn, la madre ausente, fue creciendo hasta convertirse en el centro moral de la novela. Lo que empieza como una historia familiar termina desplegándose como una reflexión sobre la forma en que una sociedad regula los cuerpos y las narrativas sobre ellos, y su desaparición se vuelve un silencio que se prolonga durante décadas y que, poco a poco, termina revelando la violencia social que se ejercía sobre determinadas vidas privadas en la Inglaterra de los años 80.. Porque, como recuerda la autora, el problema no era tanto la ilegalidad como la sospecha moral. «A veces tengo que explicarle a la gente que no es que fuera ilegal ser homosexual en ese momento», señala, «pero ser homosexual seguía siendo tan moralmente cuestionable, especialmente siendo mujer, para aquella estrecha moralidad, que parecía imposible que también pudieras ser madre».. Como sugiere la novela, había cierto margen para una vida «marginal o excéntrica» en las grandes ciudades, pero no para una vida familiar que desafiara la norma en la Inglaterra rural de los 80. «Podías imaginar a alguien como una especie de espíritu libre en una gran ciudad, pero tener una relación lésbica y ser madre en un pueblo pequeño era imposible», remacha Lynch. Sin embargo, Un asunto de familia no adopta el tono de una denuncia histórica en sentido estricto. Su ambición es más literaria que documental. Para reconstruir ese mundo, la autora trabajó con una mezcla de fuentes oficiales y testimonios personales.. «Intenté leer la historia desde ambos lados», explica. «Por un lado estaban los documentos oficiales, lo que decía el Gobierno o los abogados en los tribunales, que tenían una perspectiva muy restrictiva». De hecho, el juicio reproducido en el libro, basado en actas reales, pone los pelos de punta. «Y por otro estaban las historias personales, la mayoría terribles, de mujeres que lo habían vivido».. Pero Lynch también recurrió para escribir a algo más íntimo, su propia memoria. «Yo era niña en la época de Maggie», recuerda, «así que si tenía dudas sobre algún detalle, intentaba pensar en cosas muy concretas de mi infancia: qué comida me habría dado mi madre, cómo era la casa, a qué jugábamos». Ese enfoque deliberadamente doméstico le permitía evitar una reconstrucción demasiado abstracta de la época. «Es muy tentador hablar de política o de música pop cuando escribes sobre el pasado, pero a un niño de tres o cuatro años no le importa quién es el primer ministro. Le importa qué dibujos animados lleva en el pijama o qué juguete quiere para Navidad».. «Ser homosexual siendo mujer era tan moralmente cuestionable que se veía incompatible con la maternidad». Esa atención a lo cotidiano forma parte del corazón del libro. Aunque el trasfondo histórico es crucial, la novela se interesa sobre todo por cómo la gran historia se infiltra en las pequeñas vidas. «Cuando miramos el pasado solemos pensar en las grandes narrativas políticas», reflexiona Lynch, «pero es mucho más hermoso y más revelador preguntarse qué estaba pasando alrededor de la mesa de la cocina».. En ese espacio doméstico se despliega otra de las obsesiones del libro, la familia como estructura emocional y también como mecanismo de control. Lejos de presentarla como una institución puramente opresiva, la autora la describe como una fuerza formativa que acompaña a los personajes incluso cuando intentan escapar de ella. «La familia es como la banda sonora de una película», dice con una imagen elocuente. «Es la música de fondo que te va moldeando. A veces la aceptas y a veces quieres cambiarla».. La novela se mueve, como decimos, entre dos tiempos separados por décadas. En el presente, Maggie revisa el pasado familiar con una mezcla de compasión y desconcierto. Lo que descubre obliga a reconsiderar no sólo las decisiones de sus padres, sino también la época que las hizo posibles. «Creo que para muchos de nosotros la distancia entre la infancia y la edad adulta funciona así», expone la autora. «Cuando eres niño no sabes cuáles son las reglas del mundo. Y luego, cuando miras atrás, piensas: ¿cómo era posible que aquello se considerara aceptable?».. Uno de los rasgos más llamativos de la novela es su tono contenido. Lynch evita el dramatismo explícito incluso cuando aborda situaciones de enorme violencia social. Esa contención no es casual. «Me gusta escribir una versión muy desordenada del texto y luego ir quitando cosas», confiesa. «Y como lectora también me gusta sentir que el escritor confía en mí. Si le dices al lector exactamente qué emoción debe sentir, puede resultar demasiado contundente».. «Al mirar al pasado pensamos en las grandes narrativas, pero nunca en qué pasaba alrededor de la mesa de la cocina». Ese minimalismo emocional tiene una consecuencia importante: muchas de las tensiones del libro se expresan a través del silencio. Durante décadas, los personajes conviven con una verdad que nadie se atreve a nombrar. «Tal vez eso es lo que la convierte en una novela muy británica», bromea Lynch. «Muchos de los problemas del libro, y de la vida, se resolverían si todos tuviéramos la inteligencia emocional para hablar entre nosotros».. El silencio, sin embargo, también tiene una dignidad ambigua. Puede ser una forma de protección y al mismo tiempo una traición. En la relación entre Heron y Maggie, un padre y una hija que se llaman todos los días por teléfono pero nunca hablan de lo importante, ese silencio se convierte casi en la arquitectura emocional del libro. «Su amor está en lo cotidiano», explica la autora. «En las pequeñas cosas que hacen el uno por el otro. Pero también es una forma de encubrir lo que no pueden decir, por ejemplo que él expulsó a su madre porque no pudo aceptar que quisiera a una mujer y no a él».. Como muchas novelas familiares, Un asunto de familia termina planteando una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto es posible vivir de manera auténtica cuando hacerlo implica romper los vínculos más básicos? Lynch no ofrece respuestas fáciles. «Hay mucho sacrificio en el libro. La gente tiene que perder mucho para vivir de acuerdo con lo que cree correcto». Sin embargo, también hay una cierta esperanza en la paciencia de los personajes, en su capacidad para resistir hasta que el mundo cambia lo suficiente como para alcanzarlos. «Quizá es triste que a veces haya que esperar cuarenta años para desvelar un secreto así, pero al final siento que, de alguna manera, la verdad termina alcanzando a todo el mundo».. En última instancia, la novela propone mirar la familia como una forma siempre en movimiento. «Las familias cambian todo el tiempo. Nace y muere gente, se van unos y llegan otros. Siempre están reconformándose», concluye Lynch. Comprender ese proceso, asumir el papel que cada uno ocupa en esa forma cambiante, tal vez sea el primer paso para romper los silencios heredados. Porque, como sugiere el libro, las conversaciones que no se tienen pueden durar toda una vida.
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