El escritor danés publica ‘Paraíso’, el cierre de su aclamada trilogía de Tue, que ha revolucionado el mundo literatrio escandinavo, en la que explora con lirismo y crudo humor negro cómo es crecer en un entorno rural disfuncional. «Aunque casi te mate, ser desleal a tu familia es extremadamente difícil» Leer
El escritor danés publica ‘Paraíso’, el cierre de su aclamada trilogía de Tue, que ha revolucionado el mundo literatrio escandinavo, en la que explora con lirismo y crudo humor negro cómo es crecer en un entorno rural disfuncional. «Aunque casi te mate, ser desleal a tu familia es extremadamente difícil» Leer
«Supe de verdad que estaba escribiendo mi primera novela cuando escribí de pronto ‘si mi padre muriera mañana’ y descubrí la magia de que llegara otra frase, y otra, y otra». A Thomas Korsgaard (Viborg, 1995) esa especie de iluminación le llegó pronto, casi demasiado pronto para alguien que, como él mismo insiste, no creció «en un entorno donde la literatura fuera una posibilidad real». Tenía apenas 21 años cuando publicó El patio, el primero de los tres volúmenes de su aclamada y premiada Trilogía de Tue, que comenzó a publicar en 2017, llegó a alcanzar los 350.000 ejemplares vendidos sólo en Dinamarca y, con el paso del tiempo, no solo lo ha convertido en uno de los narradores más singulares de su generación en Escandinavia, sino también en una voz capaz de resquebrajar desde dentro esa imagen nórdica de bienestar homogéneo que durante décadas ha funcionado como relato exportable.. «Me costó encontrar mi voz y aprender a escribir, porque no crecí en un entorno donde fuera habitual convertirse en escritor o siquiera tener una voz. Tuve que aprender mucho primero y dejarme guiar por la intuición», rememora. Esa intuición, más que un método, parece haber sido una forma de resistencia. Korsgaard no escribe desde un programa ni desde una tesis, sino desde una especie de tanteo continuo: «Siempre hay algo en la escritura que se adentra en lo desconocido. Es una exploración cuyo resultado no puedo prever. Rellenar un molde no me interesa. Me gusta dejarme guiar por la escritura».. Ese dejarse llevar, sin embargo, no tiene nada de ingenuo. En El patio, la infancia de Tue (evidente alter ego de Korsgaard) transcurre en una granja aislada, en medio de una familia marcada por la precariedad, la violencia larvada y una forma de abandono que no necesita grandes escenas para hacerse visible. Lo inquietante no es tanto lo que ocurre como la forma en que ocurre: sin énfasis, sin subrayados, como si todo formara parte de un orden natural.. Korsgaard lo explica sin rodeos: «Para alguien que ha crecido con la pobreza y la violencia desde dentro, por desgracia este mundo no resulta tan dramático, es simplemente una parte normal de la vida cotidiana», dice con sencillez. Y añade algo que define bien su poética: «Intento evitar la sentimentalidad, me parece algo muy poco auténtico, una forma de que los privilegiados derramen una lágrima sin implicarse realmente».. Intento evitar la sentimentalidad al escribir, me parece una forma de que los privilegiados derramen una lágrima sin implicarse». Ahí, en esa negativa a estetizar el sufrimiento, además de en su enjundia literaria, se juega buena parte de la fuerza de la trilogía. Porque lo que en otras manos podría haber derivado en una crónica social subrayada o en un relato de superación más o menos previsible, en las suyas se convierte en un dispositivo mucho más incómodo. «Allí donde hay gente rica, también hay gente pobre, por supuesto también en Dinamarca y en Escandinavia, aunque a veces nuestra propia imagen nos impida pensarlo o hablar de ello. La sociedad del bienestar es una quimera», dice, casi como quien corrige una postal grabada en piedra.. Pero si hay un elemento que articula la historia de Tue, ese joven impulsivo y vulnerable que no encaja en los estereotipos de masculinidad tradicional, de principio a fin es el silencio. No tanto como ausencia, sino como estructura. «La deshonestidad y la mentira están siempre presentes en las familias disfuncionales, porque negar lo que realmente son forma parte de su manera de sobrevivir. El silencio se convierte en una estrategia, algo que mantiene a la familia unida en la superficie, mientras la va erosionando por dentro», reflexiona el escritor. En ese equilibrio frágil, el niño aprende a leer lo que no se dice, a moverse en un espacio donde el lenguaje no nombra, sino que esquiva. «Y es Tue quien acaba pagando el precio a costa de perder su infancia».. De ahí que la familia, lejos de aparecer como refugio, funcione en estos libros como un territorio inestable, a veces directamente peligroso. «Las familias disfuncionales pueden ser peligrosas, incluso poner en riesgo la vida», afirma. Pero lo verdaderamente perturbador no es tanto ese peligro como la imposibilidad de escapar de él. «Existe una lealtad casi infinita hacia los padres, porque incluso los más inadecuados siguen siendo amados, y uno está dispuesto a todo por ellos. Romper esa lealtad puede ser extremadamente difícil, incluso cuando tiene un coste vital». La infancia, en ese sentido, no es solo un lugar del que se parte, sino una condición de la que resulta casi imposible desprenderse.. La voz de Tue, esa mezcla de ingenuidad y lucidez que sostiene toda la trilogía, nace precisamente de ahí. No de una estrategia calculada, sino de una forma de mirar. «Probablemente tiene que ver con mi propia manera de mirar el mundo», admite Korsgaard. Y añade una declaración de principios que ilumina su escritura: «Creo que los buenos escritores son aquellos capaces de dejar a un lado sus antipatías, simpatías y prejuicios, y acercarse a lo que escriben con una mirada limpia».. Esa limpieza no implica neutralidad, sino una forma de atención que evita el juicio para permitir que las cosas aparezcan en toda su complejidad. «La literatura es más poderosa cuando intenta explorar en lugar de juzgar. Ya hay demasiado en el mundo dedicado a emitir juicios. La literatura puede ofrecer un espacio para observar, iluminar, hacerse preguntas. Para reflexionar en lugar de condenar», resume. En La ciudad, el segundo volumen, esa mirada se desplaza. Tue abandona el entorno rural y se instala en un espacio que, en principio, promete otra vida. Pero la ciudad no es exactamente una salida. «No es, en sí misma, un lugar de liberación», matiza el autor. Y sin embargo, para alguien como su protagonista, se convierte en una necesidad. «Para una persona queer como Tue, suele ser en las ciudades, especialmente en las grandes, donde puede encontrar comunidad». La huida, en ese sentido, no es tanto una elección como una condición de posibilidad. «Es una estrategia de supervivencia, aunque también resulte agotadora y dañina para él», advierte el escritor.. «Intentar perdonar a quien nos ha dañado, aunque sea de forma egoísta, puedes ser una verdadera forma de liberación». Ese tránsito está atravesado por una tensión constante entre la fidelidad al origen y el deseo de romper con él. Una tensión que, lejos de resolverse, se enquista. «No creo que sea posible escapar del todo de la infancia», reconoce. Y propone, en cambio, otra salida menos épica y más ambigua: «Intentar perdonar a quien nos ha dañado, aunque sea de forma egoísta, por uno mismo. Creo que ahí puede haber una verdadera forma de liberación».. En ese proceso, el deseo -sexual, afectivo, identitario- aparece siempre desplazado, sugerido más que enunciado. No es una decisión estética gratuita, sino la consecuencia de una educación emocional marcada por la represión. «Si creces siendo una persona queer, aprendes desde muy pronto que una de las peores cosas que puedes ser es diferente. Y puedes interiorizar esa vergüenza como una forma de protegerte», asegura Korsgaard. De ahí que en sus novelas, hechas de fragmentos breves y expresivos, lo importante no sea tanto lo que se dice como lo que se insinúa, lo que queda en los márgenes.. Y sin embargo, incluso en ese paisaje de incomodidad, hay espacio para el humor. Un humor negro, seco, a veces desconcertante, que no suaviza la experiencia pero la vuelve respirable. «La lucha por la supervivencia genera resiliencia», dice Korsgaard. «Y, además, reír es algo maravillos, tiene algo conciliador que me gusta mucho, y también sirve para apartar la sentimentalidad excesiva». No se trata de aligerar el peso de lo narrado, sino de encontrar una forma de sostenerlo. «No sé si la escritura alivia lo pesado, simplemente lo convierte en palabras. Intento escribir de forma directa, sin endulzar, pero con una simplicidad que no lo recubra de adornos o falsedad».. Esa conversión de la experiencia en lenguaje es otro de los pilares de la trilogía. Porque si algo aprende Tue a lo largo de los tres libros es que nombrar lo que uno siente es una forma de poder. «El lenguaje permite expresarse, no quedar encerrado dentro de uno mismo, sino hacerse comprensible para los demás». Escribir, en ese sentido, no es solo un gesto literario, sino una forma de salir al mundo. «Sólo cuando las experiencias y los sentimientos toman forma en palabras pueden convertirse en conocimiento», remacha Korsgaard.. Korsgaard en Copenhague en 2023.LENE TRONRUD. En Paraíso, el cierre de la trilogía que publica ahora en España Random House, esa idea alcanza su formulación más compleja. Lejos de ofrecer una resolución clara, el libro se mueve en una ambivalencia constante, casi como si negara la posibilidad misma de un destino. «No es un destino concreto, sino más bien un viaje mental, un desarrollo interior en el que las experiencias que se viven ya son, en sí mismas, una forma de llegada». El paraíso, en ese sentido, no es un lugar al que se accede, sino una construcción que se deshace a medida que se persigue. «A menudo creemos saber lo que queremos, pero resulta ser algo distinto o más complejo». La adultez, parece sugerir Korsgaard, consiste precisamente en aceptar esa incertidumbre.. Lo que queda entonces es el recorrido. Y, sobre todo, la conciencia de que ese recorrido está atravesado por estructuras familiares, sociales, culturales y económicas que no desaparecen por el simple hecho de nombrarlas. «En Dinamarca hay una desigualdad social cada vez mayor donde unos pocos muy ricos poseen la mayor parte del capital de la sociedad, mientras que las clases trabajadoras luchan por las migajas dividiéndose y fraccionándose entre sí», apunta, alejándose de cualquier complacencia con el relato del bienestar.. «Esto ha creado un caldo de cultivo para los populismos donde ganan terreno las voces racistas y xenófobas. La literatura también tiene que mostrar cómo estas estructuras marcan la vida de quienes tienen que convivir con ellas». La literatura, en ese contexto, no tiene tanto la función de denunciar, explica, como la de mostrar cómo esas estructuras se encarnan en vidas concretas.. «La ignorancia y la curiosidad son mis motores literarios. Escribo para explorar, no para juzgar nada». Quizá por eso, al final, la escritura aparece en Korsgaard menos como una respuesta que como una forma de insistir en la pregunta. «Escribir me ha enseñado que al final de una pregunta suele haber más preguntas». Y en esa cadena, que no se cierra nunca del todo, se juega también una forma de estar en el mundo. «La curiosidad puede ser una manera de vivir. Escribo porque soy una persona hecha por una mezcla de dudas e ignorancia profundas y curiosidad extrema. Esos son los motores de mi literatura, encontrar una luz, un futuro, mayor que la oscuridad».. Tue, el personaje que lo ha acompañado durante tres libros, ha sido en ese sentido un aprendizaje. No sólo técnico, sino también vital. «Escribir sobre él ha sido mi manera de aprender a escribir, de formarme y avanzar en el oficio, pero también de conocerme mejor a mí mismo», admite. Y mientras trabaja en su siguiente novela, esa idea, la de la escritura como un proceso que nunca termina de fijarse, sigue funcionando como motor. Al fin y al cabo, todo empezó con una frase. Y con la intuición de que, si se la dejaba avanzar, algo terminaría por suceder.
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