Hace algunas semanas, Joan Francesc Marco, presidente del Teatre Nacional de Catalunya, anunciaba la voluntad de crear una Compañía Nacional de Danza y, poco después, El Departamento de Cultura de la Generalitat confirmaba que en efecto pretendía incluir la actividad de la nueva compañía en el contrato programa del TNC 2027-2030. El anuncio no alteró la discusión política catalana ni incidirá tampoco, probablemente, en la valoración social y ciudadana del actual Govern. Es razonable que así sea, pues son otros los retos fundamentales del Ejecutivo y las demandas prioritarias de la sociedad catalana. La prestación de los servicios públicos fundamentales o el impulso y la garantía de la efectividad de derechos como el acceso a la vivienda, la atención a la dependencia o la calidad y la universalidad de la educación son cuestiones mucho más relevantes por la amplitud de los directamente afectados, la trascendencia de sus efectos o la magnitud de los recursos que movilizan.. Seguir leyendo
Hace algunas semanas, Joan Francesc Marco, presidente del Teatre Nacional de Catalunya, anunciaba la voluntad de crear una Compañía Nacional de Danza y, poco después, El Departamento de Cultura de la Generalitat confirmaba que en efecto pretendía incluir la actividad de la nueva compañía en el contrato programa del TNC 2027-2030. El anuncio no alteró la discusión política catalana ni incidirá tampoco, probablemente, en la valoración social y ciudadana del actual Govern. Es razonable que así sea, pues son otros los retos fundamentales del Ejecutivo y las demandas prioritarias de la sociedad catalana. La prestación de los servicios públicos fundamentales o el impulso y la garantía de la efectividad de derechos como el acceso a la vivienda, la atención a la dependencia o la calidad y la universalidad de la educación son cuestiones mucho más relevantes por la amplitud de los directamente afectados, la trascendencia de sus efectos o la magnitud de los recursos que movilizan. Seguir leyendo
Hace algunas semanas, Joan Francesc Marco, presidente del Teatre Nacional de Catalunya, anunciaba la voluntad de crear una Compañía Nacional de Danza y, poco después, El Departamento de Cultura de la Generalitat confirmaba que en efecto pretendía incluir la actividad de la nueva compañía en el contrato programa del TNC 2027-2030. El anuncio no alteró la discusión política catalana ni incidirá tampoco, probablemente, en la valoración social y ciudadana del actual Govern. Es razonable que así sea, pues son otros los retos fundamentales del Ejecutivo y las demandas prioritarias de la sociedad catalana. La prestación de los servicios públicos fundamentales o el impulso y la garantía de la efectividad de derechos como el acceso a la vivienda, la atención a la dependencia o la calidad y la universalidad de la educación son cuestiones mucho más relevantes por la amplitud de los directamente afectados, la trascendencia de sus efectos o la magnitud de los recursos que movilizan.. Y, sin embargo, la noticia me parece relevante en sí misma y en relación con nuestro modelo de sociedad y de administración. Relevante en primer lugar para quienes amamos la danza, sea por educación, por sensibilidad o por azar, y vemos en la creación de la compañía un instrumento de impulso de su presencia en los teatros catalanes, de incremento de su visibilidad y de público, de refuerzo de su calidad y, en suma, una oportunidad de consolidar su posición en la escena artística de Cataluña.. Relevante también para quienes danzan, como afición o con vocación profesional. La compañía aporta un nuevo horizonte profesional y artístico que constituye la culminación natural del extraordinario desarrollo de las academias, de los estudios profesionales y de los proyectos y espectáculos de danza en nuestro país. El salto adelante derivado de proyectos sólidos como el del Mercat de les Flors y, en especial, IT Dansa, no es ajeno al florecimiento, por un lado, de las academias y escuelas de danza; ni, por otro, de proyectos profesionales privados de gran calidad y éxito.. La danza en Cataluña ha sabido crear una base amplia y sólida, unos estudios superiores de calidad y prestigio internacional, un tejido profesional dinámico y atractivo y unos bailarines que demuestran su valor extraordinario en las compañías internacionales de todo el mundo. Pero ese tejido, y sobre todo nuestros creadores y bailarines, protagonistas, necesitan avanzar en la creación de un horizonte de estabilidad y reconocimiento del que hoy carecemos. Y necesitan formas de articulación que, lejos de sustituir las iniciativas actuales, las integren y les ofrezcan cierta perspectiva y seguridad. La compañía debe jugar ahí un papel fundamental.. Y, sobre todo, es relevante para una sociedad que crea en la cultura y en el libre desarrollo personal y profesional de las personas, que sepa aprovechar y apreciar la riqueza de la creación y de la expresión artística y su aportación a la sensibilidad, la formación y la inteligencia de sus ciudadanos. Nuestras sociedades, al menos aquellas que tenemos la fortuna de contar con estados y estructuras sólidas y desarrolladas, han sido capaces de ir más allá del reto, siempre actual, de asegurar los mínimos vitales de todos los ciudadanos y ciudadanas y se han distinguido por impulsar la cultura en sus distintas formas y la propia prosperidad y el crecimiento personal de sus miembros. Esa es la sociedad a la que aspiro.. Esa aspiración se fundamenta sin duda en la vitalidad ciudadana, pero se construye también sobre un estado, unas administraciones, que asumen como función propia el apoyo y el impulso de todas las iniciativas que integran esa vitalidad; también las artísticas y, en concreto, la danza. A nuestras administraciones corresponde lograr el equilibrio necesario que permita desarrollar los grandes proyectos de garantía de los derechos y condiciones fundamentales de toda la ciudadanía, pero también los más pequeños que apoyen y posibiliten el crecimiento personal, cultural y artístico, de las personas, proyectos que, por cierto, Joan Francesc Marco ha sabido siempre descubrir y hacer reales. Perseguir ese equilibrio es, a mi juicio, un objetivo al alcance de sociedades maduras y desarrolladas, y la catalana, hoy, lo es un poco más.
EL PAÍS
