La escritora chilena publica ‘Telepunga’ (Caballo de Troya), un retrato de la pobreza y un gesto hacia el modo de hablar de los más desfavorecidos Leer
La escritora chilena publica ‘Telepunga’ (Caballo de Troya), un retrato de la pobreza y un gesto hacia el modo de hablar de los más desfavorecidos Leer
En este paisaje literario nuestro hay quienes, con mayor o menor habilidad, con más o menos aptitudes, con diferente suerte, se empeñan en ser escritores, y hay otros que simplemente lo son, de forma natural, sin tener que forzar nada. En 2019 la editorial Tránsito trajo a España unos cuentos que se habían publicado en Chile en 2016, y con esas Quiltras la periodista y profesora Arelis Uribe (Santiago, 1987) demostraba que ella es sin duda de las segundas, alguien que, sin necesidad de experimentar demasiado con las formas, actualizaba radicalmente los temas y el lenguaje de su contexto.. Yegua de Troya. 112 páginas. 15,90 € Ebook: 6,99 €. Aquella edición española del debut de Uribe venía prologada por Gabriela Wiener, que es ahora la editora del segundo libro de cuentos, Telepunga: no sé si es una «secuela» del primero, como afirma la contracubierta, pero desde luego sus nueve cuentos, de extensión irregular (desde las dos páginas del más crudo de todos, «Cuarto medio», hasta las dieciséis del que da título al conjunto) continúan con la calificación altísima, la puntería narrativa, la calidad que descoloca y desarma.. En textos tan cortos e intencionados nada es casual, tampoco que en diferentes relatos se aluda a la presencia en distintas estancias de retratos de la reina Isabel de Inglaterra, de Pinochet o del Papa: supongo que se quiere insinuar la perduración de diferentes formas de autoridad que no acaban de disolverse, por mucho tiempo que pase y aunque cambien tantas cosas. Ante ello, lo que la talentosísima Arelis Uribe presenta es un retrato de distintos tipos de pobreza, una mirada hacia los descampados, un gesto hacia el modo de hablar de los que no han tenido suerte, un duradero canto a las que, adoptadas, explotados o perdidas, reclamaban una renovación a la hora de encontrar a quien las pudiera entender y, literariamente, salvar.
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