Hubo un tiempo en el que Chuck Palahniuk (Portland, EE UU, 64 años) acudía asiduamente a todo tipo de terapias de grupo. Era como su personaje en El club de la lucha, Marla Singer. Se hacía pasar, como ella, por alguien aquejado de lo que fuese de lo que la terapia trataba. Trabajaba en una fábrica de camiones por entonces. Había estudiado periodismo, pero el periodismo no le había hecho rico. Ni siquiera le daba para vivir. Así que su solapa de escritor, en aquellos lejanos años 90, era una colección de empleos horribles. Mientras, asistía al taller que el escritor Tom Spanbauer daba en su casa. “Cada semana teníamos que escribir un relato, y yo necesitaba ideas”, recuerda. Seguir leyendo
El autor publica en España su último libro mientras prepara el próximo y celebra los 30 años de la publicación de ‘El club de la lucha’ con un repaso a su dilatada carrera
Hubo un tiempo en el que Chuck Palahniuk (Portland, EE UU, 64 años) acudía asiduamente a todo tipo de terapias de grupo. Era como su personaje en El club de la lucha, Marla Singer. Se hacía pasar, como ella, por alguien aquejado de lo que fuese de lo que la terapia trataba. Trabajaba en una fábrica de camiones por entonces. Había estudiado periodismo, pero el periodismo no le había hecho rico. Ni siquiera le daba para vivir. Así que su solapa de escritor, en aquellos lejanos años 90, era una colección de empleos horribles. Mientras, asistía al taller que el escritor Tom Spanbauer daba en su casa. “Cada semana teníamos que escribir un relato, y yo necesitaba ideas”, recuerda. Hoy es un autor de fama mundial. En 1996 publicó El club de la lucha y la adaptación cinematográfica que estrenó David Fincher en 1999se convirtió en un clásico instantáneo y sigue muy viva. Pese a ello, Palahniuk tiene una vida pequeña. No va de vacaciones desde 1988. “Me gusta estar en casa”, asegura. Vive en un lugar aislado, en las afueras de Portland, en lo que se conoce como una “isla residencial”, es decir, una casa sin vecinos, con más de tres kilómetros de bosque alrededor. Tiene un bonito jardín, que le encanta cuidar. ¿Su planta favorita? “Los geranios, porque siempre están floreciendo”, responde con aire de nostalgia en un encuentro con EL PAÍS en Avilés, adonde viajó la semana pasada para participar en el Celsius 232, el festival de fantasía, terror y ciencia ficción que se celebra en la localidad asturiana cada verano a mediados de julio. Y no deja de pensar en que cuando vuelva a casa, la pequeña Tick, una cachorra de bulldog francés gris y blanca, diminuta aún, “será ya enorme”. Está cuidando de ella su marido, Mike. “A veces pienso que los escritores necesitamos poder comunicarnos sin hablar con otros seres vivos. Animales, plantas. Yo, al menos, lo necesito”, dice. En España se acaba de publicar su más reciente novela, Inducción por shock(Random House), pero sobre la mesa tiene un ejemplar de pruebas de la próxima, Galleria, que verá la luz a principios del año próximo. “Hago eso cuando viajo, corregir pruebas”, confiesa. Galleria es un homenaje a Kilgore Trout, el escritor de ciencia ficción creado por Kurt Vonnegut, el más entrañable perdedor que ha existido nunca. “Sí, ¡me encanta ese personaje! La idea es que el hijo de un escritor como Kilgore Trout, que escribió muchísimo pero todo lo publicó en revistas horribles, está tratando de reconstruir a su padre a partir de los relatos que escribió. No es nada fácil, porque tuvo cientos de seudónimos, de hombres y mujeres. Pero leyendo sus historias es posible seguir lo que le estaba pasando en cada momento. Y eso está buscando su hijo de 19 años“, cuenta. La novela, en palabras del autor, “es una especie de Crónicas marcianas, esas novelas que se hacían a partir de relatos con un hilo conductor. Un homenaje al formato t
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