Quienes se montan en la diligencia son un soldado, una embarazada, un tratante de alcohol, un médico aficionado a beberlo, una prostituta y un banquero largo de manos. Estamos en el lejano Oeste. Estos personajes con tantas posibilidades narrativas viajan desde Arizona y han de cruzar el territorio apache para llegar a su destino: Lordsburg. La película es de John Ford, se titula La diligencia (1939) y la protagoniza John Wayne. Todo parece rezumar identidad estadounidense en este western con la iconografía característica del género: armas, indios, paisaje árido y un sheriff, porque aunque el Oeste aparece como un espacio vacío donde falta de todo, siempre hay un sheriff.. Seguir leyendo
No hay nombre más descriptivo que New América para ese Nuevo México ejemplo del vigor de los latinos en los EE UU de hoy
Quienes se montan en la diligencia son un soldado, una embarazada, un tratante de alcohol, un médico aficionado a beberlo, una prostituta y un banquero largo de manos. Estamos en el lejano Oeste. Estos personajes con tantas posibilidades narrativas viajan desde Arizona y han de cruzar el territorio apache para llegar a su destino: Lordsburg. La película es de John Ford, se titula La diligencia (1939) y la protagonizaJohn Wayne. Todo parece rezumar identidad estadounidense en este western con la iconografía característica del género: armas, indios, paisaje árido y un sheriff, porque aunque el Oeste aparece como un espacio vacío donde falta de todo, siempre hay un sheriff.. Siendo como la he contado, esta película de vaqueros ambientada en Estados Unidos transcurre en un territorio cuya realidad histórica queda fuera de campo. Lordsburg, el lugar de nombre tan inglés al que se dirigen, está en el condado de Hidalgo, cerca de Las Cruces, al suroeste de Santa Fe, la capital del Estado de Nuevo México, situada al pie de las montañas Sangre de Cristo. Con toda coherencia, buena parte de la toponimia mayor y menor en torno a Lordsburg es española, porque Nuevo México fue parte del Virreinato de Nueva España, una entidad administrativa de peso dentro de la Monarquíahispánica. Cuando México se independiza en 1821, Nuevo México mantiene su nombre, que perdura, aunque traducido al inglés (New Mexico), una vez que esa área queda incorporada a Estados Unidos a mediados del siglo XIX y es convertida en 1912 en uno de los Estados de la Unión.. Las películas de vaqueros construyen una mitología de la frontera en cuya narración la presencia de lo hispano, de lo mexicano en concreto, apenas se manifiesta. Pero la realidad es que el manejo del ganado, la indumentaria y la técnica ecuestre que aparecen en ellas tienen más de hispano que de inglés, y que justo los habitantes de esos territorios (Nuevo México, pero también California o Texas, entre otros) vivieron la paradoja administrativa de que, sin atravesar frontera alguna, fue la frontera la que los cruzó a ellos para empezar a ser regidos por la administración estadounidense. La novela de María Dueñas Misión Olvido retrató con destreza ese pasado español en California; la exposición de Alberto Ferreras American Latinos (1935-1945) en la Casa de América de Madrid muestra ahora las viejas comunidades hispanas de esos estados.. A todo país le viene bien que la ficción alimente su propia mitología histórica. Quien escribe o rueda está en su derecho de poner en el primer plano a un vaquero angloamericano para construir un Oeste que parecía nuevo. Pero ¿cuánto de nuevo era Nuevo México para ser bautizado así desde la época del virreinato español? Aunque los mexicas que fundaron México-Tenochtitlán no estaban instalados en esa área que queda al norte de Chihuahua y Sonora, los españoles llamaron a esa zona más allá de los mexicas Nuevo México porque era nueva respecto al México que conocían. El nuevo México, además, quedaba dentro de una Nueva España que, en la costa opuesta del Atlántico, replicaba en tierra americana topónimos españoles: el vizcaíno Francisco de Ibarra dio el nombre de Nueva Vizcaya al territorio que empezó a gobernar. Quien tenía el mando tenía también derecho a llamar a los lugares con su patria añorada.. Hace unos días, el presidente Donald Trump difundió en su red la ocurrencia de rebautizar como New America el Estado de New Mexico. La intención es, obviamente, uniformadora y adversa a lo hispano; la propuesta responde a su ideal de patria soñada, pero aquí me tienen apoyando la idea. Así como me mostré contraria a otros planes trumpianos de renovación toponímica, la intención de llamar Nueva América a Nuevo México me parece absolutamente coherente con la realidad actual de ese Estado y de buena parte de los Estados Unidos. Porque, en efecto, el Nuevo México de los españoles, el último México de los mexicanos, fue en su momento una novedad para los estadounidenses, que veían cómo aparecía en sus mapas una “new America” cartografiada. Y porque el New México de hoy refleja cómo la mayor diáspora mexicana del mundo se concentra en Estados Unidos: es un Estado con una amplia masa de población de origen o identidad hispana, con mezcla de la cultura histórica con la renovada por los migrantes. Sí, Trump añora la América del western, pero si uno mira qué es hoy New Mexico observa que es una parte antonomástica y representativa de la América estadounidense actual; y entiende que quienes estaban fuera de la diligencia deben entrar en el plano político y mediático del país si se quiere ser coherente con su realidad social.. Hace un par de semanas, el monologuista Raúl Cimas elogió en su pregón de la Feria de Albacete el hecho de que en su ciudad el urbanismo es “descriptivo”, porque “si uno llega a la punta del parque está en la Punta del Parque; y si continúa hacia el Sur, está en Parque Sur”. Si aplicamos ese principio de transparencia de Albacete, no hay nombre más descriptivo que New América para ese Nuevo México que hace siglos bautizaron los españoles. Una vez más Trump, sheriff toponímico, quiere cambiar la realidad a fuerza de cambiar las palabras. Pero esta vez no va desencaminado: hay una nueva América, aunque es justo la que él no quiere.
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