El escritor culichi, cuya literatura siempre está atravesada por la memoria, la violencia y la marginalidad, publica la espectral y fascinante ‘El paisaje es un grito’. «La violencia en México es un desastre social descomunal que cada vez va a peor» Leer
El escritor culichi, cuya literatura siempre está atravesada por la memoria, la violencia y la marginalidad, publica la espectral y fascinante ‘El paisaje es un grito’. «La violencia en México es un desastre social descomunal que cada vez va a peor» Leer
Como ocurre muchas, demasiadas veces, todo arranca con una deportación. En este caso la de Al Baldor, expulsado del Otro Lado, que nos cuenta su regreso a un origen que ya no existe. Hay libros que no se escriben desde una idea sino desde una acumulación de fuerzas que terminan encontrando una forma. En El paisaje es un grito (Candaya), el mexicano Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, 1983) parece haber llegado a ese punto en el que su literatura, siempre atravesada por la memoria, la violencia y las comunidades en los márgenes, deja de organizarse en torno a un centro reconocible y empieza a expandirse como un territorio inestable, hecho de voces, desplazamientos y restos. Su relato es menos una historia de vuelta que un descenso a un espacio donde todo ha cambiado de lugar, empezando por el propio paisaje.. Ruiz Sosa, afincado en España desde 2006, lleva tiempo construyendo una obra singular dentro de la narrativa en español. Desde Anatomía de la memoria hasta El libro de nuestras ausencias, sus novelas han explorado formas de comunidad fracturadas, atravesadas por la violencia y por una memoria que no se deja fijar. Pero aquí, en este nuevo libro, hay algo que se desplaza. No tanto un giro como una intensificación. Él mismo lo reconoce al recordar el origen del libro, que no estaba previsto en su plan inicial y que fue creciendo de manera inesperada, como si respondiera a una lógica propia: «es una novela que yo no había planeado, en mi esquema original no estaba esto contemplado y se fue metiendo así que la dejé correr solita».. Esa deriva se percibe en la propia textura del relato. Si en sus novelas anteriores el espacio ya tenía un peso determinante, en El paisaje es un grito éste adquiere una centralidad radical. No es solo escenario, ni siquiera contexto, sino una fuerza activa que modela a los personajes y es moldeada por ellos. Ruiz Sosa recuerda los viajes de su infancia y adolescencia, atravesando en autobús el desierto de Sonora durante horas, y cómo aquel «aparente espacio sin vida en determinados momentos se mueve, interactúa con la gente de muchas maneras». A esa experiencia se suman los relatos de migrantes, las historias de quienes cruzan la frontera, van y vienen, habitan ese espacio en tránsito. El resultado es una concepción del paisaje como algo dinámico, casi orgánico, donde lo natural y lo artificial se entrelazan.. «La convivencia entre las personas transforma el espacio, el espacio transforma a las personas impone unas formas de convivencia o unas formas de estar en el mundo», defiende. Y añade una idea que atraviesa toda la novela: hablar, nombrar, contar, no es solo describir el entorno, sino configurarlo. «La idea de que lanzar ese grito, hablar mucho, que es lo que hacen los personajes todo el tiempo, le da forma al entorno en el que estamos y nos regresa una imagen del espacio». De ahí el título, tomado de un verso del colombiano Juan Manuel Roca, pero convertido aquí en una declaración de principios: el paisaje no se contempla, irrumpe.. «Narrar el crimen como una aventura es una forma de olvidar por completo a las víctimas». Esa irrupción está marcada por una violencia que rara vez se muestra de forma directa, pero que lo impregna todo. Frente a cierta tradición narrativa que ha convertido el crimen en espectáculo, Ruiz Sosa opta por desplazar el foco. «No me gusta el tratamiento que se le dio durante mucho tiempo a la violencia en México», asevera, y cuestiona esa mirada que convierte a narcotraficantes o policías corruptos en protagonistas de aventuras. «Narrar el crimen como una aventura es una forma de dejar de lado y de olvidar por completo a las víctimas», opina el escritor, que en su obra pretende «escuchar la voz de las familias, la voz de las víctimas, ese eco que parece que está perdido y al que nadie le prestaba atención».. Esa decisión no es solo ética, también estética. Supone renunciar a una narrativa centrada en la acción para trabajar con lo que queda después, con la huella. «Estamos hablando de un desastre social de la violencia en México muy descomunal y prestar atención a la aventura criminal me parece que es injusto», insiste. En ese desplazamiento se sitúan los personajes de la novela, que no son héroes ni villanos, sino cuerpos atravesados por esa violencia, por la pérdida, por la imposibilidad de encontrar un lugar estable.. Baldor, el protagonista, encarna esa imposibilidad. Su regreso no es un reencuentro, sino una constatación de la pérdida. Frente al modelo clásico del retorno, ese Ulises volviendo a Ítaca, en esta novela todo se ha desajustado. «No se puede volver al origen», afirma rotundo Ruiz Sosa. «En el momento en que alguien se va de su lugar de origen, este lugar de origen siguió por un camino y él siguió por otro. El resultado es una fractura irreparable, el origen ya no existe como tal, y la búsqueda se convierte en otra cosa, en la búsqueda de un destino diferente».. «El migrante no existe, pues estar en dos lugares al mismo tiempo es no estar en ninguno». Ese desajuste que produce la migración no es para el escritor una excepción, sino una condición esencial del mundo contemporáneo. «El desarraigo no es un fenómeno para nada nuevo, aunque hoy se perciba con más intensidad. El movimiento, el tránsito, el viaje, es una parte consustancial de de la naturaleza humana, pero hoy la comunicación instantánea hace ese desarraigo más visible, vemos la transformación de nuestro lugar de origen», explica. A eso se suma un contexto global marcado por el auge de la xenofobia y el rechazo al otro. «En cualquier lugar del mundo, en todas partes, vemos hoy cómo aumenta esta forma de rechazo», dice sobre esa tensión atraviesa la novela sin necesidad de subrayados.. En ese espacio de intemperie, física y moral, los personajes de Ruiz Sosa, precarios, dolientes, desesoerados, construyen formas de comunidad frágiles, inseguras, casi fantasmales. Ese es uno de los ejes más persistentes de su literatura. «Son personajes que, de alguna manera, se sostienen unos a otros pendiendo de un hilo», resume. En la novela hay una escena que condensa esa lógica: Baldor, que vive en un piso de inmigrantes indocumentados, decide quedarse junto a un compañero que está muriendo, a pesar de que eso implicará su deportación. «Ese vínculo irracional con un desconocido para que no se muera sólo es lo que mantiene unida a esa comunidad fantasmal», sentencia Ruiz Sosa. No hay épica, hay una ética mínima, casi elemental, que consiste en no abandonar al otro.. Esa ética se traduce también en una apuesta formal. La novela se abre a lo poético, a lo teatral, a lo fragmentario, no como un gesto experimental vacío, sino como una necesidad. «Me resulta muy poco factible aproximarme a la realidad en la que estamos viviendo con una forma narrativa de hace 100 años», afirma. La idea de una narración ordenada, limpia, que organiza la experiencia del mundo de manera coherente, le resulta insuficiente. «Hay novelas que están bien bañadas, bien limpitas, bien peinadas y pueden ser muy buenas pero creo que hay un artificio que se excede para mi gusto».. Frente a eso, propone una escritura que asuma el caos, la simultaneidad, la mezcla de registros. «El mundo es brutalmente caótico», insiste, «y la ficción no debería ocultarlo». De ahí su interés por el lenguaje oral, por lo coloquial, por esa dimensión en la que lo poético aparece de forma inesperada. «Mientras uno más escucha hablar a la gente en la calle más se da cuenta de que el lenguaje poético está vivo», explica. La novela, desde sus mismas citas y referencias, trabaja precisamente en ese cruce, donde lo culto y lo popular, lo canónico y lo marginal, se contaminan.. El escritor mexicano Eduardo Ruiz Sosa en su casa de Barcelona, donde reside desde hace años.Yoh González. La memoria, en ese contexto, no puede ser lineal. «El pensamiento es simultáneo», recuerda Ruiz Sosa, evocando a Borges, «y la escritura debe intentar acercarse a esa lógica fragmentaria». Algo similar ocurre con el tratamiento del espacio y el tiempo. La novela está situada en el norte de México, en la frontera, pero evita una localización precisa. Se mueve en ese territorio difuso, donde las coordenadas se desdibujan para que la experiencia migratoria pueda leerse en un plano más amplio. «Estas historias, igual que las de las fosas comunes o de los desaparecidos, son iguales en todo el mundo, así que cualquiera puede empatizar con ellas sea de donde sea».. Algo similar ocurre con el tratamiento del espacio y el tiempo. La novela está situada en México, en la frontera, pero evita una localización precisa. Ruiz Sosa cuenta una anécdota reveladora: una noche, en Barcelona, despertó en un autobús convencido de estar en Tijuana. «Esa sensación como de estar en dos lugares al mismo tiempo lo que en realidad significa no estar en ninguno», dice, fue clave para la escritura. La novela se mueve en ese territorio difuso, donde las coordenadas se desdibujan para que la experiencia migratoria pueda leerse en un plano más amplio. «Ese problema ocurre allá, aquí y en cualquier lado», reitera.. «Quería que el cansancio físico de la migración, olvidado en los discursos políticos, estuviera en mi escritura». Otra palabra clave, que adquiere un. peso especial en El paisaje es un grito, es intemperie, que introduce una dimensión hostil. «En el mundo contemporáneo el paisaje no nos recibe, nos agrede», explica el autor. «No es un espacio vacío, sino un espacio que expulsa, que obliga a moverse, y esa violencia del entorno se traslada al cuerpo. Quería que el cansancio físico de la migración, a menudo olvidado en los discursos políticos o mediáticos, estuviera presente en mi escritura».. Ruiz Sosa recurre, para explicarlo, a la figura del bracero. «En todo el mundo los migrantes son cuerpos que vienen a ser machacados por el trabajo, que se desplazan para ser explotados». Pero antes de llegar a ese destino, hay un trayecto igualmente físico, atravesado por el cansancio, por el desgaste.. La literatura, en ese contexto, aparece como una forma de archivo, pero también como una posible intervención. «Como archivo, seguro que sí, pues la escritura puede conservar aquello que está siendo borrado. Pero aspira a algo más, a ser una forma de sacudir y de espolear la realidad», desea Ruiz Sosa, cuyo interés literario por las zonas ocultas de la sociedas -la violencia en torno a la minería, las fosas clandestinas, los movimientos estudiantiles reprimidos…- responde a esa voluntad de mirar donde otros no miran.. «La literatura puede ser archivo, pero también aspira a ser una forma de sacudir y de espolear la realidad». Una voluntad que no parece estar agotada. Por eso, El paisaje es un grito no cierra un ciclo, sino que abre una grieta, como reconoce el escritor al hablar de su proyecto narrativo. Durante años, dice, pensó en escribir solo cuatro novelas, luego seis, pero este libro ha alterado ese plan. «Esta historia cambió todo lo que tenía pensado desde hace años», comparte. Incluso el final se transformó durante la escritura. «Me dejé conducir sin frenos por todos esos cambios que iban apareciendo de improviso», revela.. Esa apertura hacia lo imprevisto, hacia lo que desborda el control, es quizá la clave de una novela que no busca ofrecer respuestas, sino intensificar las preguntas. En una época marcada por el desplazamiento, la violencia y la incertidumbre, Ruiz Sosa construye un espacio donde esas fuerzas se hacen visibles sin necesidad de ordenarlas. Un espacio que no se deja habitar cómodamente que obliga a mirar de otra manera. Como un grito que no se puede ignorar.. Candaya. 398 páginas. 21 €
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