En el breve y delicioso ‘Los lugares de Petrarca’ Eduardo Prieto nos recuerda a través del poeta que la soledad compartida con las personas amadas ha sido, desde antiguo, antesala del paraíso Leer
En el breve y delicioso ‘Los lugares de Petrarca’ Eduardo Prieto nos recuerda a través del poeta que la soledad compartida con las personas amadas ha sido, desde antiguo, antesala del paraíso Leer
¿Fue Petrarca un solitario? Sí, ma non troppo. Acaba de publicarse Los lugares de Petrarca (Acantilado), un libro breve y delicioso de Eduardo Prieto. De Prieto (Madrid, 1977) dice la solapa que es arquitecto y licenciado en filosofía, y que ha cursado estudios superiores de estética, teoría de las artes y filosofía moral y política. Es autor de obras centradas en las relaciones entre pensamiento, técnica y arquitectura, y a esta la ha subtitulado «Sobre naturaleza y soledad».. Petrarca fue decisivo en el pasado (sin él no existiría, entre otros, Garcilaso, más encarnado aún que su maestro), pero para la modernidad es apenas una estatua de mármol. Quiero decir que, como a menudo sucede con algunos poetas (el paradigma es Byron), su vida acabó sobreponiéndose a una «obra, a mi entender humana, / si no fuera tan sublime».. La vida de Petrarca es fascinante, hasta donde puede tenerla un hombre de letras. Inseparable de los libros, y sus libros, inseparables de las idealizaciones. Su encuentro casual con Laura (la adolescente a la que dedicó buena parte de su Cancionero), aceleró no sólo sus pulsos, sino los de la poesía universal. A quienes dudan (bastantes) de que aquel encuentro tuviera lugar, podría recordárseles la letrilla machadiana: «Todo amor es fantasía, / él inventa el año, el día, / la hora y su melodía, / inventa el amante, y más, / la amada. No prueba nada / contra el amor, que la amada / no haya existido jamás».. Como padre fundador del Renacimiento (y de la poesía mental), los esfuerzos de Petrarca (a quien diferentes señores emplearon en menesteres administrativos y políticos) se encaminaron a la restauración de la cultura clásica y las virtudes latinas, entre las cuales estuvo siempre la de llevar una vida honorable (y de Petrarca es el famosísimo dictum: «un bel morir tutta una vita onora»). De aquí parte EPrieto para escribir su libro. Contarnos las casas en las que un hombre como él, de recursos económicos limitados que no pertenecía a la nobleza, pudo fijar su ideario de vida. De los muchos lugares en los que residió, Prieto se ha centrado principalmente en dos, Vaucluse, en la agreste Provenza, y la armoniosa Arquà, cerca de Padua, donde vivió sus últimos años.. Fueron casas retiradas de la ciudad, solitarias, pensadas para el estudio y la contemplación de la naturaleza. La sofisticada combinación de trabajo, ocio y ensueño activo. En la de Vaucluse llegó a hacerse un jardín que él mismo consideró «el más bello del mundo». ¿Cómo era, para tenerlo por tal? No lo sabemos, aunque probablemente, sugiere Prieto, siguiera a San Francisco, quien pedía a sus frailes que dejaran en sus huertos una parte sin cultivar donde plantar rosales, como un homenaje «al regalo que Dios nos hizo», y ese fue también el propósito intelectual de Petrarca, armonizar lo pagano y lo cristiano, el arte y las contingencias materiales.. La vida de Petrarca es fascinante hasta donde puede la de un hombre de letras. Inseparable de libros e idealizaciones, su encuentro con Laura aceleró no sólo sus pulsos, sino los de la poesía universal. Con todo, Prieto nos recuerda que, pese haber escrito el tratado De vita solitaria, Petrarca hubo de compartir las suya con su familia, numerosos sirvientes, amanuenses y secretarios, y amigos, Boccaccio entre ellos, que lo visitaron a menudo; cuando no tuvo que interrumpirla por viajes frecuentes por media Europa.. Porque Petrarca, como Montaigne, no dejó de ser un gentilhombre (y entiende uno la tentación de Prieto de imaginar un diálogo entre Montaigne y Petrarca: ¡tienen tanto en común!), alguien de un gran refinamiento espiritual y literario incluso cuando mixtifica sus hitos vitales. Se diría incluso que la posteridad, que tanto se trabajó él ya en vida, fuera otra más de sus planificaciones: ¿no se propagó que había muerto muy literariamente en su escritorio, mientras leía las Confesiones de San Agustín, códice en el que reposó dulcemente la cabeza? Por cierto, su calavera, acabó pulverizada, en contacto con el aire, cuando en 1873 se exhumaron sus restos mortales con ocasión del quinto centenario de su muerte. Para entonces el mito de Petrarca era ya indestructible.. Y que no figure entre los poetas preferidos de los lectores actuales, tampoco quiere decir nada. Sigue dando lugar a libros como este de Prieto que nos recuerdan que la soledad y el buen retiro compartidos con las personas amadas han sido, desde la antigüedad, una antesala del paraíso.
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