Paseándose por temas y subgéneros con asombrosa naturalidad, en la divertida y profunda ‘Lo que podemos saber’, que narra la la búsuqueda de un poema perdido que emprende un académico del siglo XXII, el escritor británico demuestra estar en plena forma Leer
Paseándose por temas y subgéneros con asombrosa naturalidad, en la divertida y profunda ‘Lo que podemos saber’, que narra la la búsuqueda de un poema perdido que emprende un académico del siglo XXII, el escritor británico demuestra estar en plena forma Leer
Lo que podemos saber es la novela más reciente de Ian McEwan (Aldershot, 1948), miembro de la generación de Martin Amis, Julian Barnes o Salman Rushdie. McEwan está en plena forma. En esta novela divertida y profunda, pero nunca pesada, se pasea por temas y subgéneros con asombrosa naturalidad: contiene novela de campus y se permite el coqueteo con los relatos de catástrofes climáticas, hay un poco de distopía pero alegre, digamos; se asoma al género confesional y hay algo de novela de aventuras y de ciencia ficción, o de ficción especulativa, aunque más que por situarse en el futuro a cien años vista, 2119, porque en el mundo que plantea la novela, a pesar de las catástrofes naturales, escasez de alimentos, etc., y otras desgracias ocasionadas por el cambio climático, todavía siguen existiendo las facultades de humanidades, ¡y con estudiantes!. El héroe es Thomas Metcalfe: profesor universitario, especialista en literatura de entre 1990 y 2030, es uno de los académicos que más ha investigado a propósito de lo que se conoce como la «Segunda Cena Inmortal», celebrada en 2014 y en la que el poeta -ficticio- Francis Blundy recitó el poema «Una Corona para Vivien», el regalo de cumpleaños con el que él le obsequió a ella. Se la conoce así en como guiño a la que se celebró en 1817 y en la que estaban Keats o Wordsworth. El poema de la Segunda Cena no fue incluido en ninguno de los libros posteriores de Blundy y solo había una copia, que le fue entregada a Vivien esa misma noche.. Tom, narrador de la primera parte de la novela, quiere encontrar el texto: ha leído a Blundy, los diarios de Vivien, los libros sobre otros poetas de Vivien, que fue una académica destacada antes de retirarse de manera forzosa, ha acudido a los archivos donde están los papeles de Blundy y los de Harry Kitchener, editor y primer impulsor de la carrera de Blundy, a la sazón, su cuñado. Ha hecho todo eso y no ha dado con el poema. En la novela se explica lo que es una corona: una composición específica formada por quince sonetos, «El último verso de cada uno tenía que repetirse en el primer verso del siguiente». John Donne hizo una de siete sonetos, en uno de sus cuadernos Blundy escribió: «Admitámoslo. Mis quince son superiores a los modestos siete de John Donne». La humildad no está entre las virtudes de Blundy, desde luego.. Traducción de Eduardo Iriarte. Anagrama. 384 páginas. 21,90 € Ebook: 11,99 €. El mundo en el que Tom bucea en archivos y se empecina en dar con ese poema es un lugar poscatástrofe climática. En apenas unas pinceladas, dadas aquí y allá con la maestría de los buenos escritores, McEwan pinta el escenario del futuro: la hegemonía mundial se ha trasladado a Nigeria, la población de la Tierra ha descendido unos cuantos miles de millones, y por supuesto, el Desarreglo, como se conoce al cambio climático, se llevó por delante cantidad de especies de flora y fauna, lo que tiene también consecuencias en la variedad de alimentos de los que disponen. Tom es un nostálgico, o al menos a veces lo parece, obsesionado con una cena sucedida hace cien años, siempre soñando con ese pasado que imagina mejor, al menos paisajísticamente.. El verdadero tema de Lo que podemos saber no es el clima ni la relación de los seres humanos con su entorno, sea la naturaleza o sus vecinos, sino la distancia entre la obra, literaria, en este caso, y las vidas, dicho así a brochazo limpio. Dicho de un modo un poco más elaborado, la novela de McEwan explora el espacio seudorreal que crea la literatura, ese espacio en el que el tiempo no existe o se borra: «Que nuestra presencia aquí, filtrada por el tiempo entre uno y otro, constituía una realidad independiente, estaba en el meollo de mi obsesión, y quizá de la obsesión de todos los historiadores, biógrafos y arqueólogos entregados a su trabajo», es Tom el que habla.. Los dos protagonistas masculinos, Tom y Francis, entregan su vida a la literatura, cada uno desde una posición diferente; y el juego de espejos se prolonga entre las dos protagonistas femeninas, Vivien y Rose, primero solo colega de Tom y luego pareja. «Estamos atrapados entre los muertos y los nonatos, los espectros pretéritos y los espectros futuros, y ellos importan menos. Que una pareja cualquiera consiga o no recomponer su matrimonio está por encima de lo que ocurrió en las Termópilas», dice Tom.. El asunto es pues la literatura, la entrega al trabajo, pero también la mentira, que opera a diversos niveles: están las infidelidades -muchas, cuánta y qué civilizada promiscuidad-, muchas mentiras y mucha hipocresía, y un poco de cotilleo. En la segunda parte de la novela, cambia el narrador y con él el punto de vista; para no desvelar nada, solo se puede decir que ahí se aborda la cara privada, y por tanto más real, sin la máscara de la poesía, de la famosa Corona.. Lo que podemos saber me ha recordado por momentos a La impostura, de Zadie Smith, las dos son novelas sobre escritores y su vida cotidiana; las dos son a su modo novelas históricas, la de McEwan hay que retorcerla un poco para interpretarla como histórica, es verdad. Hay muchísimo humor: un filólogo se convierte en una especie de Indiana Jones para dar con la única copia de un poema perdido un siglo atrás. McEwan aprovecha para dejar algunas pullas hacia el sector editorial, la academia y la prensa y cómo se fabrican los fenómenos literarios. «Es un milagro que un poema, y aún más un poema no leído, tuviera una vida tan vigorosa en la cultura», escribe Tom.. Sobre su época de estudio, Tom escribe: «Eran tiempos copiosos, como ríos muy crecidos. Las hordas torrenciales de novelistas, poetas y dramaturgos formaban un gigantesco ejército aprestado contra sus lectores, que nunca estaban seguros del todo de qué era bueno». La novela también lanza la pregunta de cómo mirar al pasado sin caer en la nostalgia, sin idealizarlo pero sin ignorarlo, en el fondo para estar en el presente mejor.
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