Escritora, jurista y feminista en plena dictadura, logró que en 1958 se modificase el Código Civil para que las mujeres divorciadas no quedasen a merced del marido y pudiesen rehacer su vida sin perder la potestad sobre sus hijos. Leer
Escritora, jurista y feminista en plena dictadura, logró que en 1958 se modificase el Código Civil para que las mujeres divorciadas no quedasen a merced del marido y pudiesen rehacer su vida sin perder la potestad sobre sus hijos. Leer
Sorprende que aún hoy algunas de las batallas políticas que ganó Franco se den por asumidas sin demasiados reparos por la historiografía oficial que se dice antifranquista y ha aprobado dos leyes de memoria para que nadie pretenda utilizar la suya propia. Una de ellas es la identificación del régimen surgido de la Guerra Civil con el falangismo e incluso con su fundador. Poco tuvo que ver, sin embargo, José Antonio Primo de Rivera ni con el golpe del 18 de julio de 1936 ni con el régimen que ya a partir de octubre de ese año empezaron a diseñar Franco y sus generales.. Quienes como Mercedes Fórmica (1913-2002) habían integrado la nómina de aquella primera Falange presentada públicamente en el Teatro de la Comedia de Madrid en 1933 dedicaron prácticamente toda su vida a intentar despojarse del manto de silencio que calló sobre todos ellos como una losa, especialmente a partir de su rechazo al Decreto de Unificación de 1937 que amalgamaba el partido con carlistas y católicos.. «Yo entro en Falange en el año 33», explicaba Fórmica en una entrevista en 1991. «A mí el personaje que me fascina es José Antonio, y entonces me arrastra con algo que quizá era irrealizable, con aquello de que ‘no somos un partido de derechas que, por conservarlo todo, conserva hasta lo injusto, ni de izquierda que, por destruirlo todo, destruye hasta lo bueno’. Yo era muy joven, con gran sentido de la justicia social que aquel político en ciernes prometía. Quería, también, hacer realidad la reforma agraria y, desde luego, lo que la gente no sabe es que la derecha lo detestaba. Los falangistas éramos una minoría. A mí me coge la guerra en Málaga (…) y llego a Sevilla y me encuentro con un antiguo compañero -con el que yo me había peleado en una discusión tremenda sobre José Antonio- vestido de riguroso falangista. Comprendí que ya la Falange había cambiado totalmente. Era una cosa de aluvión que se interpretó y manipuló a favor de Franco, que de falangista no tenía nada (…) Yo nunca he negado mi condición de antigua falangista hasta que José Antonio fue fusilado por sus ideas». Aquel partido, lleno de entusiasmo revolucionario y vinculado a alguno de los autores más vanguardistas del momento, se había convertido en un «gigantesco albondigón» de obligado cumplimento, «como el impuesto en Roma por el decreto de Constantino», escribiría Fórmica.. Había nacido en Cádiz, pero cuando contaba con apenas 11 años, su familia fue trasladada a Sevilla. Allí comenzó sus estudios universitarios, primero en Filosofía y Letras y luego en Derecho. «Ser universitaria», escribe Miguel Soler Gallo en el prólogo de ‘Pequeña historia de ayer’ (Renacimiento, 2020), el volumen que recoge sus tres libros de memorias, «le abría puertas en el ambiente intelectual sevillano de la época, y pudo compartir veladas con destacadas figuras, como García Lorca, Jorge Guillén, Ignacio Sánchez Mejías, Pepín Bello o Encarnación López, la Argentinita».. Pero en 1933, debido al divorcio de sus padres, se traslada a Madrid, donde formará parte del primer Consejo Nacional del SEU, el sindicato estudiantil vinculado a Falange. En 1937, en plena Guerra Civil, se casa con Eduardo Llosent y Marañón, ex director de la revista ‘Mediodía’, en torno a la cual se originó la Generación del 27, y tras la contienda será habitual colaboradora de Escorial (la revista de Dionisio Ridruejo). En los años 50, publicará tres de sus principales novelas: ‘Monte de Sancha’, sobre el terror rojo vivido en Málaga al comienzo de la Guerra, ‘A instancia de parte’, donde cuestiona el adulterio masculino, y ‘La ciudad perdida’, una particular historia del maquis.. Sin embargo, será su actividad como activa feminista desde su despacho de abogados lo que le proporcionará sus mayores alegrías. Fórmica decidió hacerse eco del caso de Antonia Pernia Obrador, que estuvo a punto de morir después de recibir 10 puñaladas a manos de su marido. Tras la publicación el 7 de noviembre de 1953 en el diario ABC de un artículo titulado El domicilio conyugal, su nombre pasa a convertirse en una referencia internacional. The New York Times, The Daily Telegraph y la revista Time resaltaron la valentía de Fórmica de denunciar la violencia de género en plena dictadura nacional católica.. Mercedes Fórmica, en 1998, en la Feria del Libro de Madrid.GTRES. Tal fue el revuelo, que el propio Franco la hizo llamar al Pardo, y en 1958 el Código Civil sufría la reforma de 66 artículos que acababan con el poder absoluto del marido para enajenar los bienes matrimoniales. Además, a partir de esta reformica (como se la llamó en su día), se sustituía el concepto de casa del marido por el de hogar conyugal, con lo que la mujer podía quedarse en su casa en caso de divorcio; se eliminaba el depósito de la mujer, que obligaba a que ésta quedase depositada en casa de sus padres o en un convento en caso de separación, y permitía a las viudas que volvían a casarse mantener la patria potestad sobre los hijos de su primer matrimonio.. Pese a su legado, Fórmica tuvo siempre la convicción de que a los miembros de su generación (la del 36) los «silenciaron». «¿De buena o mala fe? No lo sé (…) Como si no hubiese existido», le respondió en 1997 a Natalia Figueroa en una entrevista en ABC. Para luchar contra este olvido, en los años 80 había escrito tres tomos de memorias, ‘Visto y Vivido’ , ‘Escucho el silencio’, y ‘Espejo roto, y espejuelos’, que la editorial Renacimiento ha publicado juntos por primera vez. Francisco Umbral, recuerda Miguel Soler Gallo, la definió como «la reina literaria de la nostalgia y del feminismo nacional sin gritos».. A partir de noviembre de 1936, todo lo relacionado con Falange sufrió un proceso de interpretación que le hizo perder su ser (…) Aquella amalgama monstruosa, aquel gigantesco albondigón, estranguló la ideología, y todo quedó en una especie de cristianismo obligado, como impuesto en roma por el decreto de Constantino.
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