Seis años después de Panza de burro, la canaria regresa con una novela sobre un padre y una hija en la que el lenguaje se desconfigura hasta extremos infrecuentes para conformar una gran juerga que fusiona humor y miseria Leer
Seis años después de Panza de burro, la canaria regresa con una novela sobre un padre y una hija en la que el lenguaje se desconfigura hasta extremos infrecuentes para conformar una gran juerga que fusiona humor y miseria Leer
Para comenzar la temporada leyendo y valorando bien las 500 páginas de estos Pajaritos preñados, releí en junio Panza de burro, con lo cual, aparte de confirmar que aquélla era una novela muy notable, mezcla perfecta de encanto y de ferocidad, llevo todo el verano infernando a mi mujer al hablarle un fisco en la variante canaria del español o, más exactamente, en la particular variante de esa variante que despliega en sus narraciones Andrea Abreu (Icod de los Vinos, Tenerife, 1995), un sabroso dialecto que nace de la escasez y del ingenio, de muchos tipos de necesidades.. Los lectores a los que irritase en 2020 esa forma de hablar y de escribir harán bien en abstenerse de entrar aquí, pues lo que ha hecho Abreu es algo así como multiplicar por ocho Panza de burro, y no me refiero tanto a la extensión, algo obvio a simple vista, como a la cadencia, el desarrollo, no sé si la ambición. Es algo sabido: cuando alguien obtiene un éxito descomunal con su ópera prima necesita hacer en su segundo libro algo distinto, probarse a sí misma, irse a otro sitio.. Abreu también parece habérselo propuesto, pero ha doblado su propia apuesta y su escapada ha sido hacia el centro profundo de su isleño microcosmos. Quiero decir que esto es un poco lo mismo pero muy ampliado, como un Panza de burro inflado a lo bruto (pero con sentido y acierto) con una bomba de aire. Es el mismo espacio, casi idéntico lenguaje, semejantes personajes, y de hecho se puede pensar que Pajaritos preñados comienza en la fiesta que se preparaba al final de aquella, cuando se colocaban en sisá «papelitos de colores» sobre la plaza en la que se celebra el concierto con el que se arranca hoy.. Me parece una buena noticia: quienes «se bebieron» (horrible expresión) Panza de burro van a tener que enfrentarse a la «tremenda mamadera» de este tocho, y, como ocurrió con Los Escorpiones de Sara Barquinero, es estupendo que para «leer lo que hay que leer» y «estar al día» (otras fórmulas espantosas) haya que hacer de vez en cuando un esfuerzo que, por otra parte, es bien divertido y placentero, aunque de nuevo contiene escenas duras por violentas, de una agresividad cercana.. Anagrama. 504 páginas. 23,90 €; Ebook: 13,99 €. Abreu es habilidosa en los extremos, al enfrentarse a lo escatológico en los dos sentidos, el sublime y el bajo, el de las constelaciones y el de los pedos. Lo telúrico, tan lleno de presagios en su debut, vuelve a contar mucho, e impide olvidar que Abreu comenzó publicando poesía: «La luna estaba llena que daba gusto», piensa en cierto momento El Tiznado; o bien: «Todas las cosas […] parecían llenas de noche». Y así se va perfilando un personaje apaleado, tierno y primitivo que poco a poco, y aunque hace perrerías y pillajes de todo tipo, va conquistando el corazón del lector.. Si en los primeros compases parecía que la protagonista total iba a ser su hija, la adolescente Cathaysa, página a página es él y su picardía desesperada quienes van tomando el mando (y, según queda claro en la página 201, los pajaritos del título son los que ese pobre diablo lleva desde siempre en la cabeza).. Descendiente de guanches, enamorado hasta las trancas de una alemana medio jipi, demasiado amigo del vino, tendente a la ludopatía, un poco turistófobo y ladronzuelo ocasional, El Tiznado es un personajazo elemental y sentimental, soñador y sufridor, únicamente unido de verdad al mundo por lo mucho que quiere a su hija, quien le corresponde con creces, preocupada de veras por su cambiante y errática suerte. Ese amor negligente del Tiznado por su hija y ese amor incondicional de Cathaysa hacia su padre son los verdaderos y consoladores protagonistas de la novela.. ¿Y no se hace larga? Un fisquito namás, y sólo en algunos tramos. Lo lamento por quien tenga que traducir las páginas donde el lenguaje se contagia del caos que se cuenta y se desconfigura hasta extremos infrecuentes, pero esta lectura es, en general y también por esos excesos, una gran juerga, ambigua en su fusión de humor y de miseria: «No había mayor aspirina que la contentura».
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