Lo decía Rosa Chacel con esa lucidez que la caracterizaba: «La memoria es un gran laboratorio donde se destilan los jugos del tiempo». En Valtuille de Abajo, ese laboratorio huele a raspón, a arcilla húmeda y a una mística que no necesita de sacristías, sino de botas embarradas. Allí opera Raúl Pérez, el hombre al que el mundo insiste en llamar «el mejor enólogo del planeta», como si se pudiera medir este misterio con el mismo rasero que un campeonato de atletismo.
El verdadero milagro de la serie estriba en la dirección de David Moncasi, en su pulso sereno, casi contemplativo
Lo decía Rosa Chacel con esa lucidez que la caracterizaba: «La memoria es un gran laboratorio donde se destilan los jugos del tiempo». En Valtuille de Abajo, ese laboratorio huele a raspón, a arcilla húmeda y a una mística que no necesita de sacristías, sino de botas embarradas. Allí opera Raúl Pérez, el hombre al que el mundo insiste en llamar «el mejor enólogo del planeta», como si se pudiera medir este misterio con el mismo rasero que un campeonato de atletismo.Para entender su particular universo hacía falta una liturgia visual, y así apareció El Mago del Vino, la serie documental (4 capítulos) que esta noche estrena Cuatro y que ha venido recorriendo los templos del cine patrio: desde el rigor de la Seminci de Valladolid hasta el abrazo mediterráneo del Festival de Cine de Málaga, donde ganó el Premio al Mejor Largometraje en la Sección Cinema Cocina; pasando por el sanctasanctórum del Festival del Most (Penedés) en el que se alzó con el Premio al Mejor Documental y su última reválida el año pasado en Fenavin. Recientemente la Academia Internacional de Gastronomía le concedió el prestigioso Prix Audiovisuel.El acierto de la producción arranca de una complicidad de sangre y geografía. Detrás del proyecto está Zanskar, la productora de María Ruiz y Jesús Calleja. Que Calleja ande metido en esto no es capricho corporativo: es paisanaje. Hay un cordón umbilical invisible que une a los leoneses de raza, una forma de mirar el horizonte que bascula entre la terquedad de la roca y la generosidad del magosto.Sin embargo, el verdadero milagro de la serie estriba en la dirección de David Moncasi, en su pulso sereno, casi contemplativo. Su cámara no busca el publirreportaje de lujo ni la hagiografía de manual de escuela de negocios.No hay artificio. Hay tiempo. Ese bien escaso que el vino exige y que el género documental, cuando alcanza la madurez, también sabe respetar.La obra sigue a Raúl Pérez en el desafío de La Muria, una pequeña viña berciana que acabaría regalándole los ansiados cien puntos Parker (el año pasado volvió a conseguirlos por segunda vez), pero pronto comprende que esa cifra no es el verdadero argumento. El auténtico relato está en el camino.Raúl Pérez nunca ha parecido un personaje construido para el éxito. Más bien todo lo contrario. Habita las viñas como quien vuelve a casa. Camina entre cepas viejas con la naturalidad de quien conversa con viejos amigos. Habla poco y escucha mucho. Y quizá por eso sus vinos parecen escritos antes que elaborados. Cada botella lleva dentro una geografía, una memoria y una conversación con el paisaje. Hay algo profundamente berciano en esa manera de entender el mundo. No como un territorio que conquistar, sino como un lugar al que pertenecer. El Bierzo no aparece aquí como un escenario de postal, sino como un personaje principal, con sus inviernos, sus pendientes imposibles, sus pueblos pequeños y esa dignidad silenciosa de la España que toda
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