El autor israelí regresa con los relatos de ‘El blues del fin del mundo’, una obra distópica que invita a la reflexión a partir del humor negro, la ciencia ficción, y las relaciones humanas Leer
El autor israelí regresa con los relatos de ‘El blues del fin del mundo’, una obra distópica que invita a la reflexión a partir del humor negro, la ciencia ficción, y las relaciones humanas Leer
Las preguntas que se plantean en los nuevos treinta y tres relatos de Etgar Keret (Tel Aviv, 1967) se resumen en una: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Y, sobre todo, ¿qué hacer ahora? El rasgo distintivo respecto a obras anteriores es la presencia de unas tecnologías -redes sociales, metaversos, inteligencias artificiales- que se han filtrado hasta el tuétano de las relaciones humanas, sin por ello resolver nuestros eternos dilemas y problemas de comunicación.. Léase como colofón «Oso polar», en el que una anciana viuda, ingresada en una residencia, conversa con el chatbot Sigmund para que la ayude «a navegar el poco futuro que le quedaba de la manera menos dolorosa». A la pregunta de si es mejor morir o vivir, el chatbot responde con un hastío definitivo: se autoapaga, y con él todas las pantallas existentes, dejando tras de sí «una oscuridad que no deja de crecer».. Traducción de Claudia Riesco y Ana Martínez. Siruela. 188 páginas. 18, 95 € Ebook: 9,99 €. El mundo que estas historias breves componen, todas con desenlaces abruptos, está atravesado por enfermedades súbitas, accidentes mortales, cataclismos planetarios, rupturas, atentados terroristas, realidades paralelas -el elemento distópico, más presente que en libros previos-, y todo esto aparece con una naturalidad que le permite al escritor y cineasta israelí dejar entreabierta su puerta preferida, la del humor (muy) negro, último parapeto frente a la desesperación. En el relato que da título a la edición española, el narrador contempla el fin del mundo desde su balcón, bajo un cielo estrellado, viendo una telenovela argentina y comiendo sus aceitunas preferidas, lo único que quedaba en el supermercado saqueado.. Y en un ácido retrato de la polarización televisiva, al protagonista se le anima primero a soltar ante las cámaras las opiniones más radicales («Pienso que se debería reestablecer la pena de muerte, ¿por qué a Eichmann sí le colgaron pero a los árabes no? ¿Solo porque era alemán? Es discriminación invertida») para luego participar en un reality pasado de rosca donde pasará pruebas a cada cual más degradante. A pesar de hacer todo lo que se le pide, Keret lo «mata» en un accidente para que descubra «que después de la muerte existe algo triste y solitario a lo que no se le puede dar nombre».. Este humor palidece en los pocos relatos escritos después del 7 de octubre. En «Intención» plasma esa aspiración tan humana de querer controlar lo incontrolable: un creyente israelí reza hasta el desfallecimiento y la pérdida de la fe por la liberación de los rehenes, mientras «la vida siempre es vida: cruel, desesperanzadora e insultante». Sin embargo, algunos textos previos a esa fecha cobran ahora un peso perturbador. Ahí está el citado polemista que pide la pena capital para los árabes, hoy lenguaje cotidiano de la ultraderecha. Ahí están los chicos que buscan el ojo por ojo porque un árabe atropelló a su perro: «si no les damos una lección de una vez por todas, esto nunca terminará».
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