La editorial Alianza publica El hombre acecha al hombre, donde se reproducen treinta y cinco artículos del poeta escritos a partir de su experiencia en el frente de guerra Leer
La editorial Alianza publica El hombre acecha al hombre, donde se reproducen treinta y cinco artículos del poeta escritos a partir de su experiencia en el frente de guerra Leer
«Vivo para exaltar los valores puros del pueblo, y a su lado estoy tan dispuesto a vivir como a morir». Así lo expresó Miguel Hernández en su texto La poesía como un arma en aquel lejano agosto de 1937, en pleno desastre bélico, con dos Españas separadas y hoy, desgraciadamente, vueltas también de espaldas.. Hay un texto poco conocido que Pablo Neruda, amigo del poeta, escribió en 1960 con motivo del cincuentenario del nacimiento del poeta ya fallecido. El chileno escribe: «Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de la dormida tierra».. Acaba de aparecer en Alianza un libro titulado El hombre acecha al hombre donde se reproducen los treinta y cinco artículos que conforman el corpus periodístico del poeta, todos impregnados de una encendida lucha contra el fascismo. Como asegura el profesor Joaquín Riera, responsable de la edición del libro, Miguel Hernández escribe para milicianos, campesinos y obreros, y cada una de aquellas piezas está escrita «de modo febril y precipitado, entre incomodidades y sobresaltos propios del frente». El título del libro está tomado del último poemario de guerra El hombre acecha, de 1939. Joaquín Riera es especialista en los movimientos migratorios contemporáneos, en el cristianismo primitivo y en la guerra civil española, entre otros argumentos.. A diferencia de Manuel Chaves Nogales, que dejó España en noviembre de 1936, a diferencia de Rafael Alberti, que supo cuidarse las espaldas para no verse nunca amenazado, Miguel Hernández se quedó el último en la defensa de una realidad en la que creía ciegamente.. Fue actor y testigo del drama en primera persona y en sus escritos de aquellos años, además de una arenga a la resistencia sigue habitando un compromiso por la palabra exacta, por la palabra poética y, a la vez, una denuncia desnuda y directa hacia las injusticias padecidas. En cuanto a la palabra poética, para qué negarlo, son mejores sus obras anteriores frente a los encendidos alegatos de estos textos. En cuanto a lo segundo, de sus denuncias, habla por ejemplo el papel hipócrita de las naciones europeas en el denominado Comité de No Intervención que dejaron sola a la España republicana frente a los avances franquistas, ayudados por la Alemania nazi y la Italia fascista.. En los treinta y cinco escritos que recoge el libro —»treinta y cinco balas de papel», los llama su antólogo— pende la pregunta de qué ubicación debieron mantener en aquellos años los artistas y su obra. Hay algo que el paso del tiempo ha dejado claro y que Joaquín Riera sostiene con estas palabras: «Miguel Hernández afirma que para él la lucha y la épica de los hechos, de la poesía que ve y siente en el campo de batalla, son realidades más importantes que el mero reportaje periodístico». Pero esa realidad no oculta para Riera que el poeta fuera un precursor, un iniciador, un pionero del denominado Nuevo Periodismo que Tom Wolfe comenzaría a acuñar a principios de la década de los setenta del pasado siglo. Prueba de ese arrojo periodístico, de esa plasticidad narrativa, de esa precisión a la hora de narrar los acontecimientos son los sueltos que Hernández escribe durante el asedio del santuario de la Virgen de la Cabeza, las mejores piezas periodísticas del libro, un documento, además, extraordinario valor histórico. Hernández, por entonces, residía en Jaén, en la calle Llana, recién casado con Josefina Manresa, natural de Quesada, el municipio al sur de Cazorla que hoy guarda el legado del poeta.. Tras leer la poesía de Hernández, tras entender cómo mudó sus épocas al ritmo de su propia vida, uno no está tan seguro de aquella frase de Pablo Neruda cuando sostuvo: «No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando». Miguel Hernández sí tuvo mucho de poeta andaluz y como Federico, como Cernuda o antes, como Juan Ramón, en la poesía del autor de El rayo que no cesa hay una luz poética, una narrativa de carne y sol, de mañanas y azules que solo es posible hallarla de Jaén hacia abajo.
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