La idea original era entrar en un manicomio en los años setenta en la España franquista. Dejar la cámara rodando. Armar un cortometraje para “contar lo que había visto que había ahí”. Lo recuerda Jaime Chávarri (Madrid, 1943) una mañana de finales de junio en su piso de Malasaña. Se cumplen 50 años de El desencanto y el director accede a ver su legendaria película y charlar sobre ese documental que eludía en todo lo posible la narración que no viniera de boca de sus protagonistas, que carecía de guion mientras se rodaba y que ofrece un retrato fascinante de una familia peculiar, culta, insólita y decadente. “No está hecha con ninguna intención ni mala, ni buena, de nadie. Es simplemente una película sobre lo que unos personajes cuentan. Hablan de sus heridas de una manera muy teatral, muy egocéntrica, muy diva, si se quiere. Eso mismo contado por otros no tendría el más mínimo interés”, afirma el director, jovial y elegante, dispuesto a desmitificar y a quitarse méritos. Seguir leyendo
La idea original era entrar en un manicomio en los años setenta en la España franquista. Dejar la cámara rodando. Armar un cortometraje para “contar lo que había visto que había ahí”. Lo recuerda Jaime Chávarri (Madrid, 1943) una mañana de finales de junio en su piso de Malasaña. Se cumplen 50 años de El desencanto y el director accede a ver su legendaria película y charlar sobre ese documental que eludía en todo lo posible la narración que no viniera de boca de sus protagonistas, que carecía de guion mientras se rodaba y que ofrece un retrato fascinante de una familia peculiar, culta, insólita y decadente. “No está hecha con ninguna intención ni mala, ni buena, de nadie. Es simplemente una película sobre lo que unos personajes cuentan. Hablan de sus heridas de una manera muy teatral, muy egocéntrica, muy diva, si se quiere. Eso mismo contado por otros no tendría el más mínimo interés”, afirma el director, jovial y elegante, dispuesto a desmitificar y a quitarse méritos. Seguir leyendo
La idea original era entrar en un manicomio en los años setenta en la España franquista. Dejar la cámara rodando. Armar un cortometraje para “contar lo que había visto que había ahí”. Lo recuerda Jaime Chávarri (Madrid, 1943) una mañana de finales de junio en su piso de Malasaña. Se cumplen 50 años de El desencanto y el director accede a ver su legendaria película y charlar sobre ese documental que eludía en todo lo posible la narración que no viniera de boca de sus protagonistas, que carecía de guion mientras se rodaba y que ofrece un retrato fascinante de una familia peculiar, culta, insólita y decadente. “No está hecha con ninguna intención ni mala, ni buena, de nadie. Es simplemente una película sobre lo que unos personajes cuentan. Hablan de sus heridas de una manera muy teatral, muy egocéntrica, muy diva, si se quiere. Eso mismo contado por otros no tendría el más mínimo interés”, afirma el director, jovial y elegante, dispuesto a desmitificar y a quitarse méritos. Felicidad Blanc y sus hijos Juan Luis y Michi Panero, en el homenaje a Leopoldo Panero, Astorga, 28 de agosto de 1974. Fotograma de la película ‘El desencanto’, de Jaime Chávarri. © Colecciones Filmoteca EspañolaLa efeméride de su película ha sido celebrada con la publicación de El desencanto 50 años, de Felipe Cabrerizo, Santiago Aguilar y Carlos F. Heredero; con un congreso internacional sobre la película y el cine de la Transición celebrado en Astorga esta misma semana; o con la reedición de las memorias de Felicidad Blanc, Espejo de sombras (Cátedra, edición a cargo de Virginia Trueba Mira). Además, Ana Rujas prepara su primer trabajo como directora con una película que rinde homenaje al documental, del que tomará el título. ¿Cabe hoy extrapolar esa narración tan particular e íntima de El desencanto como metáfora de un tiempo y un país? “La película habla de lo que estas personas cuentan y lo demás te lo montas tú. No tengo ningún interés en otro tipo de interpretación. Ninguno”, zanja Chávarri. La idea original de rodar en el manicomio no resultó, aunque la locura no es en absoluto ajena a esta historia. Las autoridades franquistas prohibían terminantemente documentar lo que había en esos centros, Chávarri había visitado el de Quitapesares en la provincia de Segovia y el olor, y las miradas de los internos, es algo que no ha olvidado. La propuesta de hacer un cortometraje había venido del audaz productor Elías Querejeta, figura clave del nuevo cine en España en el final de la dictadura, y fue él quien tuvo la idea de cambiar el tiro de la cámara: “Me dijo: ‘ya que no podemos hacer lo del manicomio, ¿tú conoces a los Panero?”. Jaime Chávarri tras la cámara, filmando en el cementerio de Loeches, Madrid. Fotografía incluida en el libro ‘El desencanto, 50 años’, de Felipe Cabrerizo, Santiago Aguilar y Carlos F. Heredero. © ARCHIVO JAIME CHÁVARRILos Panero. Ellos son El desencanto. Es decir,
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