El periodista y editor aborda en ‘El sentido del campo. Por qué no habrá cultura sin agricultura’ (Deusto) los efectos nocivos de la «decadencia agraria», señala los «ataques» al medio rural por parte de «políticos y ecologistas», y defiende que el «arraigo» es imprescindible para revitalizar el medio rural Leer
El periodista y editor aborda en ‘El sentido del campo. Por qué no habrá cultura sin agricultura’ (Deusto) los efectos nocivos de la «decadencia agraria», señala los «ataques» al medio rural por parte de «políticos y ecologistas», y defiende que el «arraigo» es imprescindible para revitalizar el medio rural Leer
Es sabido que tanto agricultura como cultura provienen de la misma palabra latina, colere, que significa cuidar, cultivar, habitar. Julio Llorente (Tenerife, 1996) se remonta a las raíces de ambas palabras para abordar en El sentido del campo. Por qué no habrá cultura sin agricultura (Deusto) la epifanía de un nexo más hondo, el que une la civilización y el terruño. «El vínculo -afirma a EL MUNDO- es etimológico porque es ontológico. La cultura como tal nació de la agricultura y del asentamiento a través del trato continuado y cuidadoso de un espacio concreto. Por eso la despoblación no sólo vacía la tierra, sino que también extingue la cultura rural. La cultura solo pervive si tiene quien la sostenga».. Aunque se confiesa un urbanita, el periodista, director de Ediciones Monóculo y editor de CEU Ediciones admite que su nuevo ensayo tiene su origen en la «indignación» que le provocan las políticas europeas en materia agraria. «Legislan normas abiertamente dañinas para los agricultores. Se firman tratados de libre comercio en el que los productores del exterior no están siendo sometidos a las mínimas exigencias. Los agricultores no están en contra del libre mercado, sino de la competencia desleal. La Unión Europea está conspirando contra nuestro sector primario», sostiene al tiempo que pone el foco en el modelo agroindustrial porque, a su juicio, «supera la lógica de la agricultura, que es la de la adecuación del hombre a la naturaleza, y la sustituye por una explotación. La agroindustria tiene más que ver con la industria que con la agricultura realmente».. Llorente formula esta posición refractaria a la producción en serie con una apostilla sobre el «silencio» que guardan sobre el declive agrario unas organizaciones ecologistas «encastilladas» en las grandes ciudades. «El ecologista parte de la premisa de que la relación entre el hombre y la naturaleza es necesariamente problemática y el agricultor le demuestra que su premisa es también un prejuicio. Ahí está el caso de la dehesa de Extremadura: el hombre se aprovecha de sus recursos sin depredarlos, ordena el espacio y crea belleza».. Sin desdeñar el análisis político, El sentido del campo es una radiografía filosófica sobre la importancia de reconciliarnos con el mundo rural, con toda la pluralidad de matices que exige acercarse a este ámbito. Canta a la agricultura, pero no la idealiza. Carga contra la agricultura industrial, pero denuncia el «ecologismo antiagrario». Advierte de los «ataques» que sufren los agricultores y los ganaderos, pero también del «daño» que muchos labriegos asestan al campo por el uso de pesticidas. Defiende la protección medioambiental, pero considera que «nadie puede escribir una apología rural sin detenerse en el fenómeno de las corridas de toros». Preconiza el libre comercio, pero desgrana la penalización a los pequeños agricultores (ojo: «a los grandes les beneficia») en acuerdos como los alcanzados con Mercosur, Marruecos o Vietnam, que libran de las exigencias fitosanitarias a los productores de estos países. Cultiva la querencia por la naturaleza, pero desnuda a la elite de plutócratas y burócratas que asume el compromiso ecológico como un ejercicio de «impostura». Y constata el daño provocado por la extinción de la cultura rural, pero admite que muchos jóvenes aspiran a una vida «flexible» y libre de ataduras en la que desdeñan, a diferencia de lo que ocurría antaño, asentarse en un territorio.. Esta cintura intelectual cristaliza en un texto que, en el fondo, constituye un cántico poético trufado de referencias a Chesterton. Llorente combate el consumismo, alerta del individualismo en el sector agrario y defiende la necesidad de volver a cocinar. «Hay que pensar si los mercarestaurantes [platos preparados que sirven los supermercados] ofrecen productos sanos», puntualiza.. En lugar de posar su mirada sobre un paisaje humano y natural, al estilo celiano, Llorente proyecta una cosmovisión que permite mirar al campo en toda su complejidad y trascendencia, y entender así de paso aquello que el ex ministro Manuel Pimentel ha bautizado como «la venganza del campo». Esto es: el abandono creciente de cultivos, la falta de relevo generacional en las explotaciones agroganaderas ante la falta de jóvenes, la posibilidad, en suma, de poner en riesgo la soberanía alimentaria «si no se asume la necesidad de fomentar el arraigo para revitalizar el mundo rural, esto es algo que no entienden los ecologistas», avisa Llorente.. Para el trashumante, recuerda el autor, «el espacio es sólo lo que parece: espacio. Para el hombre arraigado, en cambio, es exactamente lo que significa». Eso explica por qué cuando un incendio calcina el monte, los vecinos de esa zona sienten que han perdido no sólo unas hectáreas de masa boscosa sino una parte de su alma. Y explica también por qué un pueblo no radica únicamente en su entramado de callejas, sino en el bar de Pepe, la casona de la tía Herminia o el prado de Fausto, el primo de padre. «El arraigo subjetiva el mundo, lo llena de significado. Para el hombre que echa raíces las cosas son mucho más cosas: tienen un nombre propio».
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