En ‘El palacio de las dos colinas, el escritor palestino convierte una vieja mansión en el símbolo de una memoria asediada por la ocupación, el exilio y la pérdida Leer
En ‘El palacio de las dos colinas, el escritor palestino convierte una vieja mansión en el símbolo de una memoria asediada por la ocupación, el exilio y la pérdida Leer
En lo alto de la colina más alta de Al-Yabalán —un pueblo aislado en las montañas de Cisjordania «que no aparece en ningún mapa del mundo»— resiste una edificación, el palacio que da nombre a la novela de Karim Kattan (Jerusalén, 1989). Se trata de una suerte de «casa de los espíritus», cuya construcción fue ampliada por Ibrahim, el abuelo del protagonista, Faisal. La historia de esplendor y declive de este lugar bien podría ser la de la propia Palestina. Sus habitaciones conservan los ecos de tres generaciones, de las cuales la última, la de Faisal, pertenece ya a la diáspora. A su vez, sus jardines enfermos reflejan la tierra en disputa y el trauma de la ocupación, el exilio y el olvido de los palestinos.. El palacio de las dos colinas tiene un arranque que recuerda el crimen absurdo de El extranjero. Y es que Faisal, quien ha vuelto de Occidente tras inventarse la defunción de un familiar imaginario, ha matado a un colono anónimo bajo los almendros -«Maté a un hombre. Un colono. Un hombre, pero un colono al fin y al cabo»- y todo indica que ha perdido el juicio ante una situación que lo desborda. En todo momento los ocupantes sin rostro son una presencia constante y amenazadora —»legiones de Atenas equipadas con tecnología punta»—, que avanza implacable por el territorio.. La prosa de Kattan, por su parte, avanza formando espirales que regresan siempre al mismo palacio y a las mismas heridas: una escritura que imita la lógica de la memoria traumática, habitada por los wiswis, murmullos demoníacos que lo atormentan sin cesar. Y es que Faisal no siente de la misma manera que su abuela Nawal, cuyo fantasma deambula por la casa —como el fantasma del padre de Hamlet—, convencida de que solo la resistencia sin concesiones puede salvar lo que queda.. Él ha interiorizado la derrota y acepta casi con alivio la destrucción de su gente, como si la consumación de la catástrofe lo liberara finalmente de la culpa y la responsabilidad. Frente a ese Occidente impávido, encarnado en George —su pareja de la última década, a quien abandonó en secreto y a quien dirige desde lejos toda esta confesión—, Faisal ha vivido una relación ambivalente con su cultura de origen. La siente como un castigo, aunque le resulta imposible escapar de ella: no son raíces lo que le unen a su tierra, sino garfios clavados en el cuello. A través de esta mente escindida, Kattan se cuestiona cómo hacer literatura de un pueblo que se vuelve ficción y mengua con cada frase que escribe.
Literatura // elmundo
