Malina (Nórdica) es un cruce insólito de biografía, historia, poesía y filosofía del lenguaje. Solo una conciencia que conoció el fascismo desde la infancia podía intentar algo así Leer
Malina (Nórdica) es un cruce insólito de biografía, historia, poesía y filosofía del lenguaje. Solo una conciencia que conoció el fascismo desde la infancia podía intentar algo así Leer
En el capítulo central de Malina (1971), titulado El tercer hombre, entre los 35 sueños y pesadillas que componen la cartografía de angustias de la protagonista, aparece el Cementerio de las hijas asesinadas. El escenario se inspira en el Friedhof der Namenlosen (Cementerio de los sin nombre) de Viena, donde recibían sepultura los cuerpos sin identificar de los ahogados en el Danubio, a menudo suicidas. Esa imagen le sirve a la autora, Ingeborg Bachmann (1926-1973), para afirmar que la de las mujeres es una historia de exterminio y silenciamiento, de voces borradas incluso en tiempos de paz: es en la mesa familiar y en la cama compartida donde el patriarcado planta la semilla del fascismo.Bachmann había abandonado la poesía, el género que la consagró, cuando sospechó que «sabía escribirla, aunque le faltara la necesidad de escribirla». En el ciclo narrativo Todesarten, o Formas de muerte, se propuso inventariar las maneras invisibles en que la sociedad de posguerra seguía aniquilando a las mujeres, y Malina, una «autobiografía espiritual e imaginaria», fue el único título publicado en vida de la autora. Lo inició tras el naufragio de su relación con el escritor Max Frisch, que la dejó postrada y dependiente de psicofármacos, y cabe leerlo como réplica a Pongamos que me llamo Gantenbein, la novela en que el suizo convirtió la intimidad de ambos en materia narrativa, y por la que ella se sintió «ofendida en cada parte del cuerpo». Tenía el manuscrito casi terminado cuando supo que Paul Celan, su gran amor de juventud, se había quitado la vida en el Sena; rehízo entonces el libro para dar cabida a un homenaje. De toda su generación -la de Böll, la de Grass-, Bachmann fue quien situó la escena del crimen donde nadie se atrevía a mirar: el fascismo no empieza con las bombas, sino en la relación entre un hombre y una mujer.Esa convicción se encarna en las tres figuras masculinas de Malina. La del padre preside las pesadillas, fundida con el verdugo nazi, a quien la narradora nombra sin rodeos: «mi asesino». Ivan, el amante diurno, representa la indiferencia práctica y es capaz de confesarle sin inmutarse: «no amo a nadie. A los niños, sí, naturalmente, pero a nadie más». Junto a él, se somete al autoritarismo de baja intensidad del amor romántico: él rechaza sus manuscritos y le exige un libro feliz; ella espera junto al teléfono, se maquilla, se anula, tolera que la llame «mierdecilla» o «bruja» en broma. Es la tiranía del amor heterosexual normativo. Malina, con quien vive bajo el mismo techo, es la razón instrumental sin pasión, un funcionario que archiva reliquias de guerra y que, al final, borra las huellas de la existencia de ella (Spuren verwischen, la táctica nazi de destruir las pruebas).Trad. de Isabel Henrández. Nórdica. 336 páginas. 23,95€ Ebook: 12,99€La tesis de Bachmann opera también en el lenguaje, que nunca es inocente. Así, en uno de los sueños se alude al incesto con la palabra Blut
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