Acabó. Y en esta ocasión, el suspiro en los despachos de RTVE tiene un tono algo más melancólico y reflexivo. La Revuelta echó anoche el cierre a su segunda temporada, un curso que no ha gozado de la arrolladora e inédita euforia de audiencias que marcó su histórico debut el año pasado, pero que ha servido para certificar su resistencia en el access prime time. Tras el desgaste natural del ‘efecto novedad’ y el contraataque de la competencia, el formato ha aprendido a convivir con la madurez de las cifras sin perder por el camino esa vocación de caos perfectamente coreografiado, ese romanticismo punk inigualable y la sensación constante de que todo pende de un hilo que, milagrosamente, nunca termina de romperse. Ha sido el último gran estruendo antes de embalar los bártulos y decir adiós al mítico, sudoroso y estrecho Teatro Gran Vía para mudarse el curso que viene a las dimensiones faraónicas del Teatro Albéniz, un salto de gigante que demuestra que La Revuelta y David Broncano siguen siendo la joya de la corona de La 1.
Hay programas que terminan una temporada. Y hay otros que la cierran con la certeza de haber dejado de ser una promesa para convertirse en una cita diaria
Acabó. Y en esta ocasión, el suspiro en los despachos de RTVE tiene un tono algo más melancólico y reflexivo. La Revuelta echó anoche el cierre a su segunda temporada, un curso que no ha gozado de la arrolladora e inédita euforia de audiencias que marcó su histórico debut el año pasado, pero que ha servido para certificar su resistencia en el access prime time. Tras el desgaste natural del ‘efecto novedad’ y el contraataque de la competencia, el formato ha aprendido a convivir con la madurez de las cifras sin perder por el camino esa vocación de caos perfectamente coreografiado, ese romanticismo punk inigualable y la sensación constante de que todo pende de un hilo que, milagrosamente, nunca termina de romperse. Ha sido el último gran estruendo antes de embalar los bártulos y decir adiós al mítico, sudoroso y estrecho Teatro Gran Vía para mudarse el curso que viene a las dimensiones faraónicas del Teatro Albéniz, un salto de gigante que demuestra que La Revuelta y David Broncano siguen siendo la joya de la corona de La 1.La noche tenía ese aroma inconfundible de fin de curso, de mochilas vacías y de profesores cansados pero felices. La encargada de abrir fuego no fue otra que Candela Peña, esa fuerza de la naturaleza que no habla, sino que colisiona con el espectador en cada intervención. Candela, que es a la televisión lo que una tormenta de verano a un secano, se puso seria por una vez -sin dejar de ser ella misma- para soltar una de esas verdades que tanto escuecen y que justifican, por sí solas, la existencia de este artefacto televisivo. «No es porque lo haya hecho bien», soltó con arrojo.»Para mí, aunque penséis que no, es una responsabilidad enorme estar en la televisión pública. Esto es entretenimiento, sí, pero quiero que cale, que no sean paparruchas. Y quiero dar las gracias a las señoras que me han devuelto mucho amor». Amén, Candela. Reivindicar el entretenimiento, que deje poso y no simple ruido es casi un acto de fe. O de revolución.Pero el gran plato fuerte del epitafio estival de La Revuelta era el encuentro que se venía gestando desde la última vez que el invitado estuvo en La Revuelta, allá por el mes de marzo: Candela Peña frente a Antonio Resines. Es uno de esos misterios inexplicables de nuestra industria que dos titanes de su calibre jamás hayan compartido plano, plató ni camerino.Antes de que el cántabro pusiera un pie sobre las tablas, Candela Peña ya había dejado claro el talante del mito: «Una vez me dijeron: si tienes un problema con alguien, llama a esta persona. Es tan buena gente que te acompaña y te ayuda a solucionarlo. Es como el Mr. Lobo de Reservoir Dogs». Y ahí apareció él. Resines en estado puro. Ceño fruncido, andares de paisano que va a reclamar una linde al ayuntamiento, y esa ironía seca que maneja como nadie en este bendito país.La química entre Broncano y Resines es un patrimonio inmateria. Llevaban tres meses sin verse, según confesaron, y la primera p
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