¿Cómo es ser escritor joven en España? Los treintañeros Jorge Begega, Raquel Zas, Luis Mario, Paula Hoyos, Belén Soto y Julen Azcona comparten su visión generacional sobre las nuevas voces, la libertad creativa y las incertidumbres empresariales del mundo literario contemporáneo Leer
¿Cómo es ser escritor joven en España? Los treintañeros Jorge Begega, Raquel Zas, Luis Mario, Paula Hoyos, Belén Soto y Julen Azcona comparten su visión generacional sobre las nuevas voces, la libertad creativa y las incertidumbres empresariales del mundo literario contemporáneo Leer
La literatura no empieza siempre con una vocación clara ni con una biblioteca. A veces empieza con una abuela que improvisa un chiste en la pescadería, con un padre que cuenta historias en un pueblo leonés, con unos fanzines hechos para que exista una sola copia o con el descubrimiento tardío de que los libros pueden hacer algo más que contar una historia. Para estos seis narradores treintañeros, escribir ha sido una forma de encontrar un lugar propio, aunque ninguno parezca tener del todo claro qué significa hoy ser escritor en España ni qué lugar ocupa la literatura en una vida que, casi siempre, hay que ganarse por otros medios.. Reunidos para hablar de literatura, de su obra y de las condiciones en que la escriben, todos se resisten a la idea algo anacrónica de una generación uniforme.. Hay, sin embargo, experiencias que se repiten: la precariedad, la dificultad de convertir una vocación en oficio, el regreso a los lugares de origen, la necesidad de ensanchar las formas literarias y una relación ambivalente con el mercado, que abre puertas a voces antes relegadas y, al mismo tiempo, tiende a convertirlas en etiquetas. Sus respuestas dibujan menos un manifiesto generacional que un territorio lleno de tensiones, en el que la libertad para escribir convive con la incertidumbre sobre cómo vivir de ello.. «A mí siempre me entraba cierto complejo cuando me hacían esta pregunta y escuchaba a autores que te dicen: «A los diez años me cayó Doctor Zhivago en las manos y me cambió la vida». Yo pensaba que no, que lo mío era más bien Manolito Gafotas». Luis Mario (Cantabria, 1992) recuerda así el origen de su relación con la literatura, lejos de la revelación solemne que a veces acompaña los relatos de vocación. En su caso, la primera escuela fue su abuela, una mujer ingeniosa que le recitaba de memoria monólogos de Gila y convertía cualquier conversación en una oportunidad para el chiste. Una vez la pescadería, cuando le ofrecieron una segunda bolsa de mejillones a mitad de precio, respondió: «Pues me quedo sólo con la segunda», relata su nieto.. Seis escritores jóvenes españoles comparten su visión generacional sobre la literaturaANDRÉS SEOANE / DANIEL IZEDDIN (Vídeo). Aquella inclinación hacia la ocurrencia y el lenguaje acabó llevándolo a la publicidad, donde trabajó como creativo para marcas como Nike, Audi y Unicef. Había elegido una profesión en la que pudiera aplicar su creatividad, pero terminó quemado y se preguntó dónde podría hacer algo parecido sin someterse a las exigencias del sector. La respuesta llegó con Julio Cortázar y sus Historias de cronopios y de famas. «Había leído novelas, pero no sabía que la literatura también podía hacer eso. O, más bien, descubrí que eso era lo que más me interesaba, lo que me gustaría hacer». Después de publicar novelas como Bello trozo redondo de mar y Calabobos, acaba de llegar a Libro azul con mosca (Reservoir Books), un texto realmente inclasificable que juega con las fronteras de la narración y que nació con una intención deliberadamente paradójica: «Siempre tuve la intención de elaborar un libro de relatos que no tuviese ni un solo relato dentro. Quería captar, a través de elementos que terminan por no ser lo que parecían, algo que no está a simple vista».. La idea de que la literatura pueda hacer algo inesperado aparece también en la trayectoria de Julen Azcona (Estella, Navarra, 1995), aunque su camino empezara por una reconexión con los libros. Durante la universidad dejó de leer, «ocupado en otras cosas», bromea, hasta que al terminar los estudios se planteó si aquella pasión podía convertirse en algo más. Se propuso devorar de forma casi exhaustiva, «desde la tradición estadounidense hasta las novelas que me gustaban y las que no. Lo que me ha acabado haciendo escritor es volver a ser lector», confiesa. De aquella inmersión surgió la pregunta que lo empujó a escribir, si sería capaz de hacer algo parecido, de construir una novela. Lo intentó y pudo. Después de Lodo y La última sauna del mundo, publica ahora Cara de nube (Blackie Books), una novela que explora «la amistad entre hombres y los silencios que la sostienen».. También Paula Hoyos (Santander, 1992), que creció en Aguilar de Campoo y vive en Barcelona, llegó a la escritura a través de la lectura, pero necesitó años para atreverse a dar el paso de la novela. «Antes había escrito diarios y un blog; después llegaron los talleres literarios, a los que acudía casi en secreto, sin contárselo a demasiada gente ni imaginar que aquello pudiera desembocar en un libro». Un familiar le dio un consejo que todavía recuerda: «Para escribir hacen falta dos cosas, tener una mirada y aprender a escribir». La formación, dice, le vino bien para adquirir herramientas y dejar de aplazar la posibilidad de intentarlo. Empezó su primera novela a los 29 años y Dormir fuera de casa (Candaya), ganadora del VIII Certamen de Novela Corta Ramiro Pinilla, reúne a cuatro pasajeros de distintas edades adultas después de que se cancele un vuelo entre Roma y Barcelona. «Todos atraviesan algún tipo de crisis, pero también la posibilidad de cambiar de rumbo», sintetiza Hoyos, quien tardó casi tres años en escribir sus 130 páginas. «Antes de publicar, llevaba casi nueve años haciéndose escritora sin que hubiera todavía un libro. Hay un proceso de ser escritor, que es todo el tiempo en el que te haces escritor, en el que vas escribiendo sin publicar», sostiene.. La frase contiene una de las paradojas de la conversación, la escritura se aprende y se practica durante años en privado, pero el reconocimiento de ese trabajo parece llegar únicamente cuando se convierte en un objeto que otros pueden leer, comprar y juzgar. A Jorge Begega (Madrid, 1989), la publicación de La piedad (Seix Barral), su debut, le parece «un auténtico milagro», aunque no se autoperciba como joven ni haya organizado su vida alrededor de la posibilidad de ser novelista. Su primera escuela narrativa fue familiar, dice, en León, donde aprendió a escuchar las historias que circulan en los calechos y los filandones, esas reuniones de pueblo en las que contar forma parte de la vida común, encontró un modelo anterior a cualquier taller. Su padre, recuerda, es «un gran contador de historias, aunque él mismo no sea consciente». Begega acabó escribiendo para televisión y haciendo programas; cuando ese trabajo lo quemó, se apuntó a talleres literarios y empezó a trabajar en esta novela, que trata «sobre crecer, despegarse de lo conocido y decidir qué responsabilidades está uno dispuesto a asumir y cuáles no».. La escritura, sin embargo, no es para todos un lugar de disfrute. Raquel Zas (Viveiro, Lugo, 1989), periodista, también guionista y debutante con Los años secos (Temas de Hoy), recuerda que antes de aprender a leer ya jugaba con los libros: los ordenaba, los abría y fingía leerlos. Una profesora de Lengua la animó a escribir; el periodismo y el guion le dieron herramientas para manejar la estructura y el silencio. Pero la experiencia de escribir una novela no se parece a una actividad terapéutica ni a un refugio. «Yo sufro escribiendo. Me gusta haber escrito, y cuando sé que he escrito algo bueno me siento muy bien, pero mientras escribo lo paso mal», reconoce. También le cuesta llamarse escritora. «Como no vivo exclusivamente de ello, siento cierto pudor, como si todavía no fuera digna de ese nombre».. Belén Soto (Córdoba, 1992) llega a Los tiempos idealistas (Blatt & Ríos) desde otro lugar. Programadora cultural vinculada a la plataforma de vídeo experimental Hamaca, viene del cómic, la autoedición y los fanzines, que durante años publicó bajo seudónimos o desde el anonimato. Antes había participado en el colectivo DU-DA y publicado, entre otros títulos, el ensayo ¿pasarás a despedirte?. Para ella, escribir sigue siendo un juego, una forma de autogestión y de desobediencia: «Desde pequeña soy muy inquieta. Si no me dejaban jugar con algo me lo hacía de papel, si quiero una mesa que es muy cara, aprendo a hacerla. Tengo esa tendencia a no ponerme un no por delante: ¿por qué no voy a probarlo si parece divertido?». Durante mucho tiempo, recuerda, hizo libritos para guardárselos o regalar a alguien algo de lo que solo existía una copia. Firmaba con pseudónimos porque le inquietaba «la autoridad que puede suponer la autoría» y le gustaba la idea de que una obra circulara sin que nadie supiera de dónde había salido. Publicar un libro era algo que no había previsto, así que decidió tomárselo de la misma manera: «Voy a jugar a ser escritora, a publicar libros y a ver qué pasa».. La libertad de jugar con la literatura es, precisamente, una de las cuestiones que más interesan a Soto. «Me gustaría que la literatura jugara más con la forma», reivindica. Le atrae la hibridación entre géneros, la mezcla de ficción y no ficción, la posibilidad de desdibujar las normas que determinan qué estructura o qué lenguaje son adecuados para publicar. «Me interesa una literatura que entre por la mente, pero convoque también el cuerpo, la memoria, la experiencia y las emociones; que pueda imaginar el presente y el futuro desde lugares que otros discursos, más sujetos a una lógica cerrada, no alcanzan. No se trata solo de cambiar los temas, sino de ampliar las maneras de contar».. Luis Mario reconoce en esa búsqueda formal un rasgo compartido. «Las formas narrativas que estamos presentando, en general, creo que son un tema en sí mismo, que habla mucho de la libertad en la escritura, pero sobre todo también de una democratización real de la escritura que es inherente a esta época». Le cuesta definir una generación por sus asuntos, porque son demasiado variados, asegura, pero sí percibe que durante la última década «se ha ensanchado el espacio para voces que antes ocupaban los márgenes, y eso es un logro. La literatura queer o rural no apareció de pronto, ya existía, solo que no estaba en el centro de las mesas de novedades. La irrupción de autoras como Andrea Abreu o Irene Solà ha contribuido, creo a que otras formas de escritura se vuelvan visibles y a que quienes empezamos puedan imaginar caminos que antes parecían menos transitables», defiende.. En su caso, comparte, leer a autoras como la propia Solà o Júlia Peró le cambió la perspectiva. «De repente era como: «Vale, vale, que ya no quiero ser Javier Marías»», bromea. No lo dice para desmerecer al escritor, sino para señalar la amplitud de posibilidades que se abre cuando se cuestionan los modelos heredados. «Por ejemplo en el Arte, del Renacimiento a la actualidad hemos pasado por movimientos que han deconstruido el lenguaje de formas inverosímiles, pero en la literatura de Cervantes a Marías mismo hay apenas una muy sutil diferencia». No obstante, opina, que la revolución feminista, que trajo muchas voces nueva, o la lucha queer han ensanchado las libertades sociales e individuales y, con ellas, las literarias, sin embargo, no deja de preguntarse «hasta qué punto el sistema editorial ha descubierto que esas voces venden y ha decidido colocarlas en el centro por razones que no siempre coinciden con la voluntad de quienes escriben».. «Durante demasiado tiempo la literatura escrita por mujeres fue considerada un subgénero, y esa condescendencia no ha desaparecido del todo», Raquel Zas. Raquel Zas conoce bien la presión de esas etiquetas. «La industria es un negocio, lo que quiere es vender», advierte, «y cuando un escritor presenta un libro, siente que debe explicar de qué trata con una categoría reconocible, una promesa comercial que permita ubicarlo en un nicho». Así, apunta, la literatura de mujeres, la queer o la rural pueden acabar reducidas a un adjetivo que determina qué se espera de ellas. «Es muy reduccionista. Durante demasiado tiempo la literatura escrita por mujeres fue considerada un subgénero, como si tuviera menos altura o ambición que la de los hombres. Y esa condescendencia, ese tufillo, no ha desaparecido del todo», lamenta.. Por su parte Julen Azcona introduce una perspectiva histórica. «Mujeres y personas queer siempre han escrito y leído, pero durante mucho tiempo tuvieron menos acceso a la industria, a los premios y al canon. Basta observar las listas de galardones del siglo XX para comprobar el predominio masculino». Por eso, dice, que en los últimos años hayan ganado visibilidad más escritoras no es, sostiene, una simple cuestión de cuotas, sino el resultado de un cambio cultural: «Los hombres tenemos que dejar de acaparar la cultura. Durante décadas, las mujeres leyeron los libros que se consideraban universales, escritos en su mayoría por hombres; ahora muchas han decidido construir su propio canon».. Al escritor le preocupa, sin embargo, que los hombres sigan leyendo mucho menos a las mujeres. Paula Hoyos coincide en que las lectoras suelen estar abiertas a leer a los hombres, mientras que no siempre ocurre al revés. «Me cuesta entender que alguien, sea hombre o mujer, tenga hijos o no, pueda considerar ajena una reflexión de Natalia Ginzburg sobre la educación de los hijos o la vida familiar por el mero hecho de que la haya escrito una mujer. ¿Cómo puede haber ‘temas femeninos’ que no te interesen cuando el 50 % de la población es mujer?», se pregunta.. «La tradición no cambia porque los libros cambien, sino porque cambian las preguntas que se les hacen», Jorge Begega. Begega matiza que la renovación formal no pertenece exclusivamente a una generación ni a las escritoras jóvenes. Uno de los libros que más le impresionaron el año anterior fueron los relatos de Angélica Liddell, «una autora de otra generación que había publicado una obra experimental en una editorial pequeña. Lo importante es que existan espacio y atención para propuestas distintas». E incluso, matiza, para nuevas lecturas de los clásicos. «El otro día Layla Martínez Vicente reflexionaba sobre lo gay que es Moby Dick. Y tiene razón. Siempre ha habido gente queer y siempre ha habido mujeres escribiendo, lo que pasa es que el filtro lector filtro era heterosexual, de una determinada edad y clase social», reflexiona. «La tradición no cambia porque los libros cambien, sino porque cambian las preguntas que se les hacen».. Además de en estas nuevas voces, la precariedad es uno de los temas donde la conversación se cruza con más fuerza. Azcona la formula sin rodeos: «Nuestra generación es la generación de la precariedad, o sea, la que ha asumido que vivirá peor que sus padres, y es normal que eso se refleje en nuestra literatura». La crisis de 2008 rompió la expectativa de un progreso indefinido y quienes crecieron pensando que cada generación viviría mejor que la anterior han tenido que acostumbrarse a compartir piso, aceptar empleos precarios y aplazar decisiones que antes parecían naturales. «Creo que los adultos, la generación boomer, nos mira como diciendo: «¿Qué os pasa? ¿Qué hemos hecho?». Ellos contaban ccon que íbamos a mejorar y el progreso iba a ser eterno, y de pronto algo hizo crack y quizá mucha gente de esa generación nos lee para comprender cómo lo vivimos».. «Nuestra generación es la generación de la precariedad, la que ha asumido que vivirá peor que sus padres, y es normal que eso se refleje en nuestra literatura», Julen Azcona. Esa fractura no determina necesariamente los temas de los libros, pero sí la perspectiva desde la que se escriben. Begega lo explica con una imagen material: «En el pasado, el mundo, fueses escritor o no, te venía dado. Lo normal era que te pagases un piso en dos años y que pudieses elegir qué hacer con tu vida». Ahora, en cambio, afirma, se escribe desde aquello a lo que no se ha podido acceder, desde lo que ha costado el triple conseguir. «Si tienes treinta y pico años, sigues compartiendo piso, tienes curros precarios y no puedes hacer absolutamente nada con tu vida, es normal que tu literatura, tu pintura, tu música, tu manera de expresarte, esté atravesada por esas frustraciones». Zas lo resume con una frase que no pretende ser un diagnóstico definitivo, pero sí una imagen de esa intemperie: «Nuestros libros son un poco como gritos de auxilio en cierto sentido». «Sí, como bengalazos, señales para que alguien mire nuestra realidad», completa Begega.. También el territorio, concretamente el rural, los pueblos, de los que muchos son oriuindos, aparece en varias de sus novelas, pero no como una naturaleza idealizada ni como la vuelta al campo que protagonizó muchas narrativas de hace una década. En Los años secos, la novela de Zas, Clara regresa a la casa de sus padres después de una ruptura y descubre que lleva demasiado tiempo interpretando un papel para que los demás la quieran. La vuelta al pueblo no tiene nada de idílica: la obliga a preguntarse cuánto hay de propio en las decisiones que ha tomado y si todavía está a tiempo de reconfigurar su vida. También La piedad, de Begega, se construye alrededor de una salida que no termina de producirse. Ramiro quiere marcharse a Madrid, pero su padre y su tío siguen en el pueblo, con sus necesidades y responsabilidades. Para Begega, crecer consiste en despegarse, pero también en descubrir que no todas las cargas son prescindibles. Así, la novela habla de «las cargas y las responsabilidades que no eliges y de las cosas de las que quieres responsabilizarte».. En Los tiempos idealistas la precariedad se desplaza a la ciudad y a una comunidad de personajes que tratan de construir una vida entre alquileres elevados, trabajos mal pagados, deseo, política y cultura. Belén Soto describe su novela como «una crónica de los últimos quince años, de los cambios culturales y políticos», pero no quiere reducirla a un documento sociológico. Sus personajes buscan esperanza y deseo mientras luchan contra el desaliento, la frustración, la violencia y los bloqueos y se preguntan si podrían construir una vida colectiva lejos de Madrid, de sus derrotas y de sus exigencias.. No obstante, Zas matiza no sentirse «cómoda hablando de generación, porque parece que somos una masa homogénea, pero es verdad que creo que estamos haciendo un poco la literatura de los lugares comunes, es decir, estamos hablando mucho de la familia, del regreso a casa, de lo rural, de lo precario y nuestros problemas cotidianos…», enumera. Su autocrítica va más allá: «Lo digo también por mí, creo que nos estamos volviendo lectores un poco narcisistas, todo el rato queremos leer cosas que nos apelen», reflexiona. Para ella que alguien le diga que se ha visto reflejado en Los años secos es un halago, pero también la lleva a preguntarse si no sería más interesante leer o escribir sobre alguien radicalmente distinto. «Me gustaría escribir o leer, no sé, la historia de un divorciado de 52 años que es fontanero, una realidad muy ajena. Salir un poquito de mi narcisismo, como escritora y como lectora, y poder escribir algo así y leer algo así».. Belén Soto, autora de ‘Los tiempos idealistas’ (Blatt&Ríos).. «Me preocupa que la sociedad contemporánea esté construyendo una cultura de lo literal en lugar de una de lo literario», Belén Soto. Soto ahonda en esta cuestión y la lleva al terreno de la representación. «Me preocupa que la sociedad contemporánea esté construyendo una cultura de lo literal en lugar de una de lo literario, una exigencia de explicitación identitaria que convierte cada obra en una prueba de reconocimiento». La pregunta que se le hace al libro, explica parece ser cada vez más «¿habla de mí?» y menos «¿qué me permite imaginar?». «Ahora que más voces encuentran espacio», advierte, «sería una pena sustituir una universalidad cerrada por otra forma de aislamiento, en la que cada lector solo quisiera reconocerse a sí mismo».. Luis Mario, por su parte, opina que escapar de ese encierro como escritor es un aprendizaje que puede llevar toda una vida. «Siento que las primeras cosas que escribes normalmente siempre son como, qué sé yo, pues en mi caso, de repente cambias el nombre, pero es evidentemente tu personaje». El trabajo, explica, consiste en ir deconstruyendo esa imagen de uno mismo y encontrar una forma de hablar de lo propio sin que se note tanto. «Me cuesta creer que Cervantes no se veía reflejado en el Quijote. Siento que ahí está también la capacidad de ir perfilando esa técnica literaria para ser capaz de seguir hablando de ti, pero sin que se note. La imaginación no consiste necesariamente en escribir sobre lo que no se conoce, sino en transformar lo conocido hasta poder acercarse a otras realidades».. Azcona, en cambio, busca de forma consciente la incomodidad. En Cara de nube quiere entrar en ciertas zonas oscuras. «Quiero encontrar personajes perversos, moralmente cuestionables, que tomen decisiones terribles, porque la ficción es un lugar seguro», afirma. Le interesa que un lector, aunque quizá entre en su novela esperando una historia de identificación, se encuentre pronto con un personaje que lo incomoda, alguien a quien debe acompañar sin estar de acuerdo con sus decisiones. «Algunos lectores se bajarán del barco, pero otros quizá descubran que la literatura no tiene por qué confirmar lo que ya pensaban y se queden».. Zas coincide en reconocer una voluntad semejante en la protagonista de su novela. Le molesta que el lector la confunda con ella, porque Clara no es un retrato autobiográfico, sino una persona distinta, alguien que se presenta como víctima y que también puede ser ruin y miserable. «Yo quiero leer sobre gente un poco abominable, porque todos somos un poquito miserables y la literatura le permite explorar esa parte de la vida que no siempre queremos reconocer en nosotros mismos». Por su parte Soto incide en la escritura como aprendizaje. «Las cosas que más ganas me dan de escribir son las que no entiendo. Por ejemplo, durante una época tenía mucho miedo a la muerte y al escribir sobre ella, casi como un ejercicio contrafóbico, se me fue pasando. Narrar algo te lleva a conectar desde otros lugares con esas realidades que estás contando».. La defensa de personajes incómodos conduce inevitablemente a una pregunta más amplia: ¿se puede escribir hoy en España sobre cualquier cosa? El debate en torno a El odio, el libro de Luisgé Martín que provocó una fuerte polémica y cuya publicación fue frenada por Anagrama, aparece en la conversación como un caso reciente en el que se enfrentan la libertad del escritor, la responsabilidad hacia las personas implicadas y el poder de los lectores.. Azcona ve en el episodio una muestra del poder que las redes y las librerías han adquirido para encumbrar una obra o rechazarla. «Fue ahí desde donde se produjo el boicot, hasta que Anagrama se echó para atrás. Me parece muy interesante ese poder que tienen los lectores, pero me da la sensación de que exista tanto en el audiovisual», apunta. «No entro en si el libro era tan terrible o no, pero me parece muy fuerte que esto haya pasado en la era del true crime, cuando hay cientos de pódcast y series sobre crímenes. Si hasta van a hacer una serie sobre Daniel Sancho, protagonizada por Martiño Rivas, y ya hemos visto las imágenes de él caracterizado, que parece un meme… Creo que tenemos la sensación de que contra Netflix no podemos hacer nada, mientras que los libros nos resultan más cercanos», añade.. «Hoy en día en España puedes escribir lo que te dé la gana, que te lo publiquen o que la gente lo quiera leer es otra cosa», Luis Mario. «Yo creo que hoy puedes escribir lo que te dé la gana, pero que te lo vayan a publicar o que la gente lo quiera leer es otra cosa. Es decir, tú tienes tu libertad, pero debe entrar en juego también la libertad de los demás, editores, lectores, etc», aporta Luis Mario. Paula Hoyos coincide en que una novela polémica debería abrir una perspectiva nueva, hacer que el lector mire un asunto de otro modo. «Crear algo tan espinoso es muy exigente. La obra tiene que hacerte mirar un tema desde un punto diferente, abrirte una ventana como lector, si no no tiene mucho sentido embarcarte en algo así por el puro morbo», defiende.. Soto, por su parte, defiende la necesidad de hablar de aquello que provoca miedo o vergüenza, pero distingue entre explorar el mal y convertir la vida de una persona concreta en material literario sin preguntarse por las consecuencias. «Tal vez lo interesante no sea reconstruir un asesinato real, sino indagar en cómo el mal se desarrolla dentro de las personas. En general creo que en nuestra sociedad hay un gran miedo a hablar de nuestros miedos», opina.. La discusión no se resuelve, ni tendría por qué hacerlo. La libertad literaria no exime de responsabilidad, pero tampoco puede quedar sometida a la obligación de que cada personaje sea moralmente irreprochable o cada libro confirme una posición compartida. La literatura que los seis defienden, con distintas intensidades y estilos, es un lugar donde se puede explorar lo contradictorio, incluso aquello que incomoda, sin que la incomodidad sea por sí misma una garantía de valor. La pregunta no es solo qué está permitido contar, sino qué consigue hacer la escritura con aquello que cuenta.. Quizá la mayor contradicción de dedicarse a escribir hoy sea la material, la literatura se presenta como una vocación que exige tiempo, trabajo y entrega, pero rara vez permite vivir de ella. Luis Mario no se considera un escritor en el sentido de alguien que puede mantenerse con la escritura. «Me considero más alguien que escribe, pues si consideramos escritor a alguien que puede vivir de la escritura ése no es ni mi caso ni creo que el de la mayoría de escritores a los que consideramos jóvenes», sentencia.. Azcona coincide, aunque matiza: «Nadie en España quiere ser escritor para hacerse rico, y si alguien lo pretende va a sufrir mucho y va a estar muy frustrado. Creo que de eso se alimenta la industria editorial, de personas como nosotros que tienen una ilusión y escriben gratis», apostilla, haciendo una comparación con el cine. «En el audiovisual te compran un guion, te lo pagan, pero con un libro te dan un adelanto y ya se verá en función de las ventas. Nos hemos acostumbrado a que a nadie se le pague, y quizá no se pueda cambiar, pero viendo las cifras del sector…», reivindica. Para Hoyos, que acaba de publicar su primera novela, el desafío principal es conservar el control del proceso. No quiere que la presión por gustar, publicar más o responder a las expectativas ajenas le haga perder la calma necesaria para escribir. «Uno de mis miedos es dejar de ser dueña del proceso. Me parece muy importante, para intentar conseguir una buena obra a largo plazo, sentirme segura siempre, no publicar algo cuando no siento que es el momento».. «Uno de mis miedos es dejar de ser dueña del proceso. No quiero publicar algo hasta que sienta que es el momento», Paula Hoyos. Begega comparte esa cautela. La publicación de La piedad le llegó en un momento en que tenía otras prioridades: cambiar de ciudad, tomar decisiones laborales, prepararse para la llegada de un hijo. La novela era un sueño, pero no el único. «Me sorprendió no sentir la euforia que había imaginado y, a la vez, agradecí poder vivirlo con cierta distancia», comparte. «No contemplo la literatura como una forma de vida. Si me hubiera llegado antes, quizá, pero tengo 37 años y aunque ojalá pueda vivir de esto, no creo que ocurra».. «A mí me pasó lo mismo», tercia Zas. «Me lo había imaginado tantas veces… y luego pasa y resulta que los sueños nunca son como te los imaginas», explica la autora, que diferencia mucho entre dos trabajos diferentes: escribir el libro y promocionarlo. «Los escritores y, en general, la gente creativa nos movemos entre la baja autoestima y el alto narcisismo, por eso es raro pasar de ese proceso tan solitario en el que escribes escondidita a tener que defender el libro ante mucha gente, escuchar opiniones, responder preguntas… Me encantaría algún día poder vivir solo de escribir, pero no soy tan ingenua. Ya veremos».. La publicación también ha colocado a Soto en un territorio que no termina de reconocer como propio. Le parece «un lujo» que su libro pueda llegar a mucha gente, pero sabe que el mercado funciona con una lógica que no la convence y teme que acabe contaminando su relación con la escritura. «Yo quiero conservar ese margen de juego y deseo que me permitió hacer fanzines, publicar desde el anonimato y probar formas distintas de escribir sin pensar en las ventas», confiesa. «Supongo que, al final, la clave está en no tomarse las cosas demasiado en serio, en el mejor de los sentidos. Hay que ser rigurosa y respetar lo que haces, pero tampoco podemos creer que hemos hecho algo tan especial por publicar un libro. Escribir es maravilloso, pero es sólo una parte de lo que somos».. Quizá por eso no existe una definición de lo que significa ser escritor joven en España. Puede ser el hallazgo de una comunidad, una puerta abierta, un mercado que impone etiquetas, una vocación que no paga el alquiler o un juego que se resiste a convertirse en trabajo. Estos seis escritores comparten una época, pero no una receta. Y, frente a la tentación de explicar sus libros como síntomas de una generación, queda la variedad de sus formas, sus dudas y sus personajes. Seis maneras distintas de escribir el presente.
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