La escritora marroquíestadounidense publica ‘El hotel de los sueños’, una inquietante distopía en la que lleva la vigilancia hasta el último territorio que parecía a salvo, el de los sueños, para preguntarse qué queda en nosotros de humano frente al algoritmo: «Ninguna tecnología puede ser objetiva» Leer
La escritora marroquíestadounidense publica ‘El hotel de los sueños’, una inquietante distopía en la que lleva la vigilancia hasta el último territorio que parecía a salvo, el de los sueños, para preguntarse qué queda en nosotros de humano frente al algoritmo: «Ninguna tecnología puede ser objetiva» Leer
En nuestro tecnologizado 2026 la última frontera de la intimidad parecía estar en ese lugar al que nadie más podía entrar: los sueños. La escritora Laila Lalami decidió llevar hasta allí una lógica que ya forma parte de nuestra vida cotidiana, la de entregar datos a cambio de comodidad, eficiencia y seguridad, hasta imaginar un mundo en el que incluso aquello que hacemos mientras dormimos puede convertirse en información utilizable contra nosotros.
El resultado es El hotel de los sueños (Sexto Piso), una novela absorbente y perturbadora que comienza con una situación casi kafkiana: Sara Hussein, historiadora y archivista de museo, madre de gemelos y perfectamente integrada en la sociedad estadounidense, regresa a Los Ángeles y es detenida porque un algoritmo ha determinado que constituye un riesgo. No ha cometido ningún delito, simplemente el sistema cree que podría hacerlo.
Lalami sabe de lo que habla cuando escribe sobre las fronteras invisibles de la pertenencia. Nació en Rabat en 1968, creció en Marruecos, estudió allí y en Londres y llegó a Estados Unidos en 1992 para doctorarse en Lingüística en la Universidad del Sur de California. Pensaba regresar a Marruecos. No lo hizo. Hoy es Distinguished Professor de Escritura Creativa en la Universidad de California y vive en Los Ángeles. Desde Hope and Other Dangerous Pursuits hasta The Moor’s Account, The Other Americans -finalista del Pulitzer- o Conditional Citizens, su literatura ha vuelto una y otra vez sobre la inmigración, la memoria, la identidad y las formas en que los individuos son definidos desde fuera. En El hotel de los sueños esa preocupación adopta una forma nueva: la persona que creía pertenecer al sistema descubre que el sistema lleva tiempo clasificándola.
«El hecho de que registren tus pulsaciones de teclado, no solo lo que publicas, sino incluso las teclas que pulsas o los mensajes que nunca envías, pasa desapercibido para la mayoría de nosotros», explica. Lo decisivo, añade, no es solamente la cantidad de información que cedemos, sino el modo en que hemos llegado a hacerlo. «Además de invisible ha sido una cesión gradual. Si viajáramos en el tiempo al año 1990 y pudiéramos decirle a alguien que sabríamos cada correo electrónico que escribe, cada foto que toma, qué le excita, todo sobre esa persona, pensaría: ¿qué es esto? ¿Estamos en Albania? ¿Es Enver Hoxha quien se está llevando toda esta información?», dice entre risas. «Pero como ha sucedido gradualmente, hoy nos parece algo normal, y eso es inquietante».
Sara pertenece precisamente a esa generación que ha aceptado la tecnología sin considerarse víctima de ella. Hasta que deja de funcionar a su favor. Su vida, sus movimientos, sus fotografías y, finalmente, sus sueños han pasado a formar un archivo que otros pueden interpretar. Y ahí aparece una de las preguntas centrales de la novela: qué queda de una persona cuando incluso aquello que no ha elegido conscientemente puede convertirse en prueba de su culpabilidad.
«No mucho», responde Lalami. «Porque esas cosas son lo que nos hace ser quienes somos. Cuando todo eso se ve amenazado, Sara empieza realmente a perderse en ese mundo. Y creo que su viaje consiste en intentar rescatar las partes de sí misma que pueda, rescatar esos pensamientos». La paradoja es que Sara no llega a Madison, el centro de reclusión del libro, como una rebelde que haya decidido desafiar al Estado, sino como alguien que confiaba en las instituciones y en la tecnología. Precisamente por eso su experiencia resulta tan turbadora.
«La tecnología promete progreso, pero nunca puedes ser objetiva. Se limita a reproducir nuestras desigualdades bajo una nueva forma»
El futuro de la novela, además, está construido con materiales del pasado. Lalami investigó durante años la historia de la vigilancia y las formas de control antes de llevarlas a un escenario especulativo. «La mejor manera de predecir el futuro es mirar el pasado», dice. Y enseguida desmonta una de las palabras más cómodas de la ciencia ficción contemporánea: el precrimen.
«Pensamos que el precrimen solo puede existir en el futuro, pero en realidad forma parte de nuestro presente y también de nuestro pasado». Pone como ejemplo la lista estadounidense de personas a las que se impide volar: «No has cometido ningún delito, simplemente, el Gobierno decidió que eras demasiado peligroso para volar». Y recuerda el internamiento de los estadounidenses de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial: «Cientos de miles de personas fueron internadas no por haber cometido un delito, sino por la sospecha de que podrían unirse al Imperio japonés contra Estados Unidos. Es una forma de precrimen».
La novela lleva esa lógica hasta una mujer nacida y criada en California, una estadounidense que nunca había pensado que tendría que demostrar que pertenece a Estados Unidos. Hasta que deja de ser considerada universal. «Cualquiera puede decir que algo es universal. Pero son dos cosas distintas», explica. «Los algoritmos son creados por personas y utilizan datos que ya contienen desigualdades. Así que esas desigualdades se reproducen dentro del propio algoritmo». Cuando Sara queda apartada por su puntuación de riesgo, aquello que parecía irrelevante vuelve a adquirir importancia: su cuerpo, su origen, su familia, su etnia. «La promesa de estas nuevas tecnologías es la disrupción, la promesa de progreso. Pero lo que suele ocurrir es que nosotros, como seres humanos, terminamos reproduciendo las desigualdades preexistentes, solo que ahora mediadas por la tecnología».
Ese asunto conecta directamente con el resto de su obra. En The Moor’s Account, Estebanico es un esclavo marroquí que participa en una expedición española por Norteamérica y observa desde el margen una historia que no le concede un lugar. En The Other Americans, una familia de inmigrantes se enfrenta a las fracturas de la sociedad estadounidense. En El hotel de los sueños, Sara parecía estar dentro hasta que el sistema decide colocarla fuera. «Siempre hay individuos que se enfrentan a estos controles», resume Lalami. «Estebanico es un forastero que simplemente observa, un intruso. Sara es una mujer corriente, una madre ocupada y archivista de museo, y un buen día queda expuesta a un sistema de vigilancia masiva que ella sentía que le pertenecía».
«El poder represor siempre es más eficaz cuando consigue que las personas se sientan responsables de su propio castigo»
Si Madison resulta tan escalofriante es precisamente porque apenas parece una cárcel. No hay torres de vigilancia ni grandes muros y sus habitantes no son presas, sino «participantes». El lenguaje, en la novela, precede a la violencia y consigue que esta parezca razonable. «Fue una de las partes más divertidas de escribir el libro», reconoce la escritora. «En Estados Unidos son especialmente buenos utilizando un lenguaje inofensivo para vender sistemas de control extremos. La tortura puede convertirse en ‘interrogatorio reforzado’, por ejemplo». En Madison, las mujeres no pueden ser prisioneras porque no han cometido ningún delito. De modo que se inventa otra palabra. «Cuando se realizan experimentos en psicología ya no se dice sujeto, sino participante. Y eso es lo que ocurre en mi novela, son participantes».
Después llega el mecanismo más perverso: nadie castiga directamente a las mujeres por desobedecer, sino que su puntuación de riesgo aumenta y eso prolonga su estancia. El castigo aparece así como una consecuencia matemática de la conducta de la propia víctima. «El control del poder represor se vuelve más eficiente y total cuando consigues que las personas sean disciplinadas haciéndolas responsables de su propio castigo». Lalami recuerda el sistema de puntuación crediticia FICO, nacido hace unas décadas para automatizar decisiones que antes tomaba una persona en un banco. «Antes ibas a un banco, te sentabas y hablabas con alguien, y esa persona determinaba si darte un crédito. Ahora todos tenemos invisibles y sólo pensamos en ellas cuando estamos a punto de utilizar el sistema, pero existen». La consecuencia es mucho más profunda que una vigilancia externa: «Se crea un sistema en el que todos nos vigilamos y nos comportamos de cierta manera por miedo a que nuestra puntuación sea alta».
La salida de Madison tampoco responde al viejo modelo del individuo que vence al sistema. Al contrario: la novela descubre que la autonomía individual no basta. «En un lugar como Madison, quizá podrías salir si cambias y haces todo lo que te piden. Pero la única forma de sobrevivir es eliminar todas esas reglas en primer lugar, y la única manera de hacerlo es creando solidaridad entre las personas que están dentro y haciendo que trabajen juntas». La libertad, así, deja de ser una conquista solitaria.
Hay una última imagen que resume la novela, un mural presente en Madison del pintor rusoestadounidense Victor Arnautoff, perseguido y reivindicado, según la época, por su crítica al colonialismo estadounidense. Lalami está interesada en esa revisión permanente del pasado, pero también en el momento en que la memoria se convierte en expediente. «Lo que la gente hacía, por ejemplo, en 1980, puede no ser aceptable hoy, y eso está bien, porque se supone que debemos progresar como especie. El problema aparece cuando desentierras algo que ocurrió en 1980 y lo utilizas contra la persona que lo hizo hoy en día. No se debe juzgar el pasado con los ojos del presente», sentencia.
«La literatura es un lugar de libertad porque nuestra capacidad para crear historias no es reducible a datos»
Y volvemos a ese mundo onírico que articula el libro. En El hotel de los sueños son simultáneamente prueba y refugio, el material que el Estado quiere interpretar y el lugar donde todavía puede quedar algo inexplicable. «Un sueño no es necesariamente una trama, no es explicable ni siquiera consciente, y esa ambigüedad es algo común sólo al arte, a la literatura, que también es un lugar de libertad, de exploración, un lugar donde puedes zambullirte y ser realmente libre».
Es decir, el algoritmo puede saber dónde ha estado Sara, qué ha hecho e incluso, qué ha soñado, pero no sabe quién es. Ahí, para Lalami, empieza todavía el territorio de la literatura. «La información es importante, pero la diferencia entre un hecho y una verdad está en la emoción, en la motivación, en tu historia, en lo que te hace ser un ser humano». Y vuelve sobre la forma de la novela, que enfrenta la narración subjetiva de Sara con documentos de archivo para que el lector decida en cuál confía. «No procesamos los hechos como las máquinas. Puedes darle diez datos a un algoritmo y hará con ellos lo que le digas que debe hacer. Pero si se los das a un ser humano, intentará construir una historia a partir de ellos, crear orden, motivación, conexiones y empatía».
Es ahí donde El hotel de los sueños deja de ser únicamente una novela sobre vigilancia y se vuelve una defensa de la humanidad. «Estamos hechos para encontrar esas conexiones, es parte de nuestro cerebro, de nuestra esencia. Y también la razón por la que no podemos ser reducidos a datos». Hace una pausa. «A veces somos un misterio para nosotros mismos, decimos o hacemos cosas que nos cuesta explicar. Entonces, ¿cómo pretender que una máquina que sólo toma datos pueda analizarte o, Dios no lo quiera, predecir lo que harás?». Y concluye: «Debemos luchar por preservar esa parte humana que no es reducible a datos».
Traducción de Esther Cruz Santaella. Sexto Piso. 396 páginas. 24,90 €
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