El librero del icónico comercio anuncia su despedida por jubilación, tras 30 años en el barrio de Argüelles Leer
El librero del icónico comercio anuncia su despedida por jubilación, tras 30 años en el barrio de Argüelles Leer
Podría resultar una más de Madrid, pero esta arista frente al Templo de Debod no sólo es la esquina desde donde Manuel Frontera ha levantado su existencia cotidiana como librero de El Aleph desde hace 30 años. También es la esquina familiar que apuntala al barrio, su memoria común. De hecho, «parece que ha conmocionado la noticia» entre sus tantos asiduos, como presencia GRAN MADRID entre los clientes, inquietos, que acuden a recoger sus encargos y la prensa. Y lo apunta también con cierto recato su hacedor desde 1996, que recuerda a un Borges concentrando el conocimiento del mundo en su icónico Aleph de toldo verde y abarrotado de pilas de libros, y a un Harvey Keitel que, desde su tienda en esquinazo, es compañía cálida entre el vecindario, testigo de las mellas del tiempo. Se jubila el próximo 28 de diciembre y, sí, la sacudida se extiende más allá de la que fue, además, una librería pionera en literatura japonesa y oriental. Porque la histórica El Aleph cierra. Y podría desaparecer.
«Ojalá hubiera alguna persona excéntrica, maravillosamente loca y apasionada por los libros que quisiera continuar con la labor», pide Manuel, ya en solitario tras el mostrador desde hace seis años, «afrontando el trabajo impresionante que es mantener una librería que está al tanto de todas las novedades y, a la vez, trabajando con un fondo imprescindible». No es un oficio tan romántico como muchas personas creen, dice, sino que es «arduo, para dos o tres personas, porque es como la bolsa enloquecida haciendo apuestas continuamente». El ritmo del mercado editorial es de frenesí y el fondo de El Aleph «ha sido inmenso, ahora va mermando», pero no alcanza a dar una cifra. «La librería es como un ser vivo, un árbol que se ramifica y brota y muchas veces dices ‘¿cómo es posible que pueda haber tanto libro?, ¿cómo han entrado?’». Y eso que Manuel era de los libreros capaz de memorizar cada título y en qué estante o pila aguardaba o dónde conseguirlo, antes de la conquista de los ordenadores.
«Ya me toca retirarme, tengo que aceptarlo, por mucho que me entusiasme y me apasione, pero sé que tengo que dar un paso al lado», comenta, y confiesa: «Mantener un negocio pequeño era más asequible que ahora». Pese a su situación céntrica y concurrida, entre la calle de Ferraz y la de Luisa Fernanda. «Hubo una época en la que los fines de semana esto era ebullición, la gente acostumbraba a venir a los cines, a los cafés de la zona, y eso también ha ido desapareciendo. Y el turista no suele ser la clientela que tengo, aunque viene gente de fuera». Marchará no sólo con la desazón del día después a su despedida, cuando ya no cruce la Rosaleda de camino al trabajo, sino también por otra pérdida: «Esos libros de los que ya no voy a saber de su existencia, porque muchas veces me llegan aquí libros de los que nadie habla y qué bello y qué interesante… Eso es lo que más me duele», confiesa Manuel, quien ya de niño recitaba los versos que encontraba en el periódico, y amante, a sus nueve años, de Platero y yo. «Para mí era todo esplendor la cantidad de palabras y el mundo que me iba abriendo». Después, estudió Filología y, ya en la universidad, comenzó a trabajar en librerías.
Pero el legado letrado de esta esquina precede, incluso, a la propia historia de su todavía dueño. Tras su reconstrucción por los bombardeos de la Guerra Civil, la ocupó la librería Neblí y, más tarde, la papelería Nobel. Hasta que Manuel y sus socios desembarcaron con su cosmos, en homenaje al relato de Borges. Comenzaron con una selección de los autores que el escritor marcó como imprescindibles, la trufaron con novedades y clásicos, hasta ampliar con esa literatura oriental que tanto fascinó al argentino, acrecentada por su matrimonio con María Kodama, y que en España era rara avis, con no más que Kawabata, Mishima o haikus. «El Aleph es la metáfora que usa Borges para hablar de la imaginación, porque para él lo más grande era la capacidad del hombre para crear historias, y eso nos sedujo», explica Manuel sobre el espíritu contenido tras las letras doradas del rótulo. «Me he dedicado a tratar de transmitir esa posibilidad».
Ahora, se trata de que no se extinga. Están recibiendo ofertas por el reducido espacio, «inclusive de gente de fuera», pero está a la venta junto al negocio. «Vamos a elegir siempre la que quiera continuar con los libros», avisa. Este ángulo no es cualquiera en la ciudad. Aunque Manuel, tipo humilde, sólo destaque de sí mismo que ha tratado de «mantener cierta cercanía con la clientela». De hecho, decidieron ubicar la puerta justo en el vértice, «para que no supusiera ningún temor traspasar el umbral y generar confianza». Funcionó. Le tutean por su nombre, recuerda gustos ajenos, le requieren hasta para títulos especialísimos -como un «¿Historia de Cádiz, por favor?»- y cuenta entre su parroquia con «escritores, actores y algún director de cine que vive en el barrio», responde discreto. Hay clientela que, incluso, ha rezado para que no se vaya nunca o políticos que eligieron la librería porque «quedaba bien para las fotos de una entrevista». Es su esquina en el mundo para muchos y, además, contiene el saber humano. No es poca cosa.
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