En su novela ‘Herscht 07769’, protagonizada por un huérfano de origen incierto que idolatra a Bach y coquetea con el neonazismo, el Nobel húngaro muestra con ácida y escalofriante claridad la rapidez con que una civilización puede derrumbarse Leer
En su novela ‘Herscht 07769’, protagonizada por un huérfano de origen incierto que idolatra a Bach y coquetea con el neonazismo, el Nobel húngaro muestra con ácida y escalofriante claridad la rapidez con que una civilización puede derrumbarse Leer
Las dos primeras páginas de Herscht 07769 -remite del protagonista (su apellido y código postal) en las cartas que dirige a Angela Merkel alertándola del fin del mundo- se miran de reojo. A la izquierda, el blanco del papel y cinco palabras: «La esperanza es un error». A la derecha, una frase a bocajarro ocupa todo el espacio y no encuentra su punto final (de hecho, es el único punto) hasta cuatrocientas páginas después. El contraste entre síntesis extrema y desbordamiento es abrumador.. László Krasznahorkai (Gyula, 1954) ha descrito su estilo así: «es como una criatura que corre desbocada, sin aliento, llevando en el alma cierto destino, huyendo de algo y al mismo tiempo hacia otro algo». La prosa del Nobel húngaro no avanza trazando una línea, sino que se disgrega en todas direcciones.. Utilizando un símil científico -dado que la física tiene un papel significativo en esta novela sobre la normalización del fascismo en un pequeño pueblo de Turingia-, se diría que su escritura es fractal: dentro de la frase única hay miles de microhistorias que se ramifican y regresan, temas que brotan en mitad de otro tema y se abandonan sin cerrarse, personajes que aparecen y desaparecen con la misma lógica que rige el conjunto. La frase nunca termina de agotar su mundo.. Traducción de Adan Kovacsics. Acantilado. 424 páginas. 28 €. Hay que tener cierto temperamento (o cierta nacionalidad) para abrir una novela afirmando que la esperanza es un error, pero viniendo de alguien nacido en un país que ha apostado sucesivamente por el imperio, la revolución, el fascismo, el comunismo y la democracia iliberal, es más una constatación que una boutade.. Lo que se hace en la novela es demostrar que la frase es cierta y, al mismo tiempo, insuficiente. Si la esperanza es un error, ¿qué nombre le damos a lo que sentimos al escuchar a Bach? El compositor alemán -con un lejano antepasado húngaro, como se recuerda- nació en Eisenach, en la antigua RDA, próxima a la ficticia Kana: un territorio donde la reunificación llegó como promesa y se quedó como resaca, donde las fachadas se renovaron con fondos federales pero las cabezas siguieron habitando un mundo de ayer.. En el pueblecito donde vive Florian Herscht, huérfano de origen incierto, hay un cuartel general (el Castillo) donde se reúne una célula neonazi local, una biblioteca cuya responsable defiende el valor de los libros con esmero, una orquesta de aficionados que ensaya Bach con más devoción que talento, un guardabosques que vende frascos de miel casera y una vecina que organiza un campeonato de crisantemos. Todo el mundo lo sabe todo de todos, lo cual no impide que nadie entienda nada de lo que realmente ocurre.. El apocalipsis que se avecina no tendrá su origen tanto en el fascismo asumido como inevitable que lidera el Jefe -un sucedáneo de Hitler que idolatra a Bach como «un fenómeno celestial, un profeta, un santo […] en cada una de sus notas registró el espíritu alemán»- como en la debilidad y la estupidez de los demás, que miran para otro lado hasta que ya es demasiado tarde.. Florian Herscht, ese «gigantesco bárbaro selvático», sigue al Jefe como su protegido y mascota. Este lo arrastra por Turingia en su Opel borrando grafitis de muros e iglesias y soltando discursos nacionalistas sobre la pureza de la tierra entre encargo y encargo. Bach es la quintaesencia de esa pureza. El Jefe convierte al compositor barroco en reivindicación étnica, en marcador identitario de clan.. La novela juega con esa apropiación mostrando cómo Florian, neófito de la música clásica, acaba sintiendo a Bach de forma más profunda y verdadera que el Jefe. Las clases de física cuántica del melancólico señor Köhler le habían revelado que el universo existe porque en el origen una sola partícula de materia sobrevivió sin su par -«como un exceso, como un plus, como un error»-, y desde entonces teme que una partícula desconocida devuelva el cosmos a la nada.. Por eso escribe a Merkel -física de formación-, quien nunca le contestará. Pero Bach le ofrecerá lo que la física le niega: «en Bach no cabía el azar, […] era una estructura estable y permanecería eternamente, era como el ideal, como un cristal salido de un cuento, como la superficie de una gota de agua».. Lo paradójico es que Florian teme más a la antimateria que a los neonazis con los que convive. Solo se le cae la venda de los ojos cuando descubre que la violencia del batallón fascista es la causa de la muerte de Rosauro y Nadir, el matrimonio que regentaba la gasolinera, a los que tenía en gran estima.. A partir de entonces, Florian se convierte en un ejecutor que reparte justicia a puñetazos. Krasznahorkai muestra con claridad escalofriante la rapidez con que una civilización puede derrumbarse. El miedo, que al principio era cósmico y abstracto, va filtrándose hasta volverse físico y municipal: miedo a los que patrullan de noche, miedo al vecino, miedo a involucrarse y plantar cara. Y la violencia llega al texto como llega a Kana: sin anuncio, con la misma cadencia con la que se narra un campeonato de crisantemos. Los asesinatos se suceden y la frase no se interrumpe, y el lector siente el vértigo de haber sido arrastrado por ese flujo que normaliza lo intolerable.. Krasznahorkai suprime los puntos, que funcionan como salidas de emergencia, y el efecto es el de habitar Kana sin la distancia que permitiría juzgar. Eso es exactamente lo que está ocurriendo en media Europa (y no solo ahí): la irrupción de un neofascismo que va enrareciendo la atmósfera lentamente. No aparece con la claridad de la sentencia inicial de cinco palabras, sino como una larga frase ante la que se baja la guardia.. La física revela que existimos por accidente. Bach, por su parte, revela que dentro de ese accidente alguien supo producir un orden perfecto. Y la novela hace chocar ambas realidades en el cuerpo de Florian. El criado manso que aceptaba manotazos en la nuca es el mismo hombre que mata el Jefe de un puñetazo. Florian recorre Turingia de noche con la Pasión según san Mateo, entre otras, en sus auriculares. La música más excelsa de la civilización europea viajando con un asesino.. Al final, herido junto al río Saale, acompañado por dos lobos ciegos («dos agujeros purulentos», en lugar de ojos), queda la sospecha de que la esperanza de que el arte nos aleje de la inhumanidad es también un error, como ya demostraron aquellos oficiales nazis que escuchaban música clásica después de una jornada en los campos de exterminio. Pero un error del que Krasznahorkai, después de cuatrocientas páginas, no está dispuesto a abandonar.
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